Ilustraciones de Pablo Larroca

Una ratonera para el general Valle

El 9 de junio de 1956, una rebelión encabezada por el general Juan José Valle tuvo por objetivo recuperar el poder que la autodenominada Revolución Libertadora le quitó al pueblo al derrocar al presidente constitucional Juan Domingo Perón. Lo acompañaron el general Raúl Tanco, un grupo muy pequeño de coroneles, algunos oficiales, una mayor cantidad de suboficiales y numerosos civiles distribuidos por el Gran Buenos Aires. En el interior del país estaba armada la red en lugares como La Pampa, Córdoba, Salta, Rosario. En la provincia de Buenos Aires los ejes de la rebelión estuvieron en La Plata, Avellaneda, Lanús, La Tablada, Capital Federal y Campo de Mayo, la guarnición militar más grande del país, con un gran poder de fuego y clave para cualquier sublevación.
Los operativos en la guarnición de Campo de Mayo en contra de la dictadura de Aramburu *

Por Fabián Domínguez

Me impactó leer Operación Masacre, la obra más importante de Rodolfo Walsh. Cursé periodismo en un instituto católico de la diócesis de San Miguel, entre 1990 y 1993 y a ninguno de los profesores se le ocurrió recomendar a Walsh, así que descubrí el texto algo tarde, en 1995. La investigación es impecable, y su escritura graba a fuego el mensaje en la memoria. En 1996 entré a trabajar en el diario La Hoja de San Miguel, y en algún momento quise escribir sobre los fusilamientos en Campo de Mayo en 1956. Me di cuenta de que Walsh no hablaba de eso. Leí a Salvador Ferla en la revista Todo es Historia, y vi su libro sobre Valle por primera vez en unas vacaciones en San Clemente. La edición era antigua y me dio una visión global del suceso. En San Miguel varias personas sabían de mi búsqueda y me dijeron que el padre del doctor Eugeni había participado del levantamiento, y estuvo a horas de ser fusilado. Nunca encaré al médico, no sé la razón. A Beto Mendonça, uno de los responsables de personal en el municipio de José C. Paz, le pedí hablar sobre su padre pero nunca acordamos fecha. También me dijeron que el padre del poeta Elio Gerardi era un suboficial que participó de la revuelta junto a Eugeni. Fui a la casa de los Gerardi en José C. Paz, en el barrio El Ombú, y me recibió otro de los hijos quien me dijo que el viejo no quería recordar esa época, pero que me prestaba el libro de Oscar Burgos, un suboficial que puso por escrito su experiencia en aquellos días. Enrique Arrosagaray fue otro que escribió sobre Valle, con una investigación detallada. Nos motivan los mismos temas y el mismo entusiasmo por la historia local, en su caso centrado en la zona sur del Gran Buenos Aires, y de manera especial Avellaneda.

Cuando publiqué en La Hoja un artículo sobre el caso, alguien vinculado al Sindicato de Municipales de General Sarmiento me dijo que la hija del general Valle vivía en San Miguel, pero que no estaba bien de salud. Varias veces traté de entrevistarla, pero fue imposible acceder a ella, quien falleció poco tiempo después.

Los hechos

El 9 de junio de 1956, una rebelión encabezada por el general Juan José Valle tuvo por objetivo recuperar el poder que la autodenominada Revolución Libertadora le quitó al pueblo al derrocar al presidente constitucional Juan Domingo Perón. Lo acompañaron el general Raúl Tanco, un grupo muy pequeño de coroneles, algunos oficiales, una mayor cantidad de suboficiales y numerosos civiles distribuidos por el Gran Buenos Aires. En el interior del país estaba armada la red en lugares como La Pampa, Córdoba, Salta, Rosario. En la provincia de Buenos Aires los ejes de la rebelión estuvieron en La Plata, Avellaneda, Lanús, La Tablada, Capital Federal y Campo de Mayo, la guarnición militar más grande del país, con un gran poder de fuego y clave para cualquier sublevación.

La asonada falló y la jornada terminó en tragedia, con numerosos fusilamientos de militares y civiles en Capital Federal y Gran Buenos Aires. Campo de Mayo era un lugar clave para el levantamiento, pero la falta de coordinación, la incomunicación, las traiciones y las delaciones frustraron el copamiento de la unidad militar. El fracaso, con sabor a ratonera, costó la vida a dos coroneles y cuatro oficiales jóvenes, quienes fueron pasados por las armas por sus propios camaradas del Ejército. Muchos suboficiales salvaron sus vidas por una medida que llegó segundos antes que se gatillara contra sus pechos.

Yepeto

En 2006 conocí a Yepeto, un viejo militante setentista que volvió del exilio y participó de la organización y marcha a Campo de Mayo al cumplirse 30 años de la dictadura. Estábamos en el Serpaj Zona-Norte y algunos decían que fue militante peronista, otro decían que era marxista, nadie lo podía enmarcar. Yepeto parecía el abuelo de Heidi, o el creador de Pinocho, no daba la imagen de un combatiente, y él guardaba silencio, no le gustaba hablar de su pasado. El trabajo en conjunto le hizo bajar algunas barreras, y de a poco contó cosas de su militancia, pero en tono de sorna, así que no todo parecía creíble. En realidad todo era verdad, pero su humor lo disfrazaba todo como si se tratara de la marcha de células guerrilleras locas, o de la Armada Brancaleone.

– A mí me gustaba la música, pero me hice guerrillero porque no me banco las injusticias. Estuve con Cacho El Kadri en la primera guerrilla peronista, después pasé a Montoneros y cuando perdí contacto con la orga, con los milicos pisándome los talones, un amigo me conectó con los perros (PRT-ERP).

Casi como una gracia cuenta que un día fue a panfletear a la vereda de la fábrica Ford.

– Los trabajadores nos evitaban, no agarraban los panfletos, pasaban a la vereda de enfrente. Al rato paró un auto, me subieron y me llevaron lejos y en el camino me dijeron que estaban secuestrando obreros, que en la fábrica había un centro clandestino con milicos torturando y que si seguía con los panfletos me iban a desaparecer. Me dejaron en estado de pánico en General Paz y Panamericana. Salí rajando y me metí en la primera embajada que encontré.

Las Naciones Unidas lograron ubicarlo en Suecia y no volvió más a la Argentina. Pero él no pudo resistirse a la revolución sandinista y fue a Nicaragua.

– Anduve por Paraguay en esa época, y después volví a Suecia. Me levantaron en peso, y para no perder mi condición de refugiado me mandaron a una morgue, a congelar cadáveres – contó muerto de risa.

Pocos días después, en la emotiva y multitudinaria marcha, con organizaciones, sindicatos, Madres, estudiantes y murgas, Yepeto entró con nosotros a Campo de Mayo. En el estacionamiento del Hospital Militar, donde terminó el acto, me abrazó y me dijo que en pocas cuadras se sintetizaba toda su vida.

– A mil metros de aquí, cruzando la ruta 8 está la parroquia Santa Ana, donde yo iba a la Acción Católica cuando era chico. Del otro lado, a dos kilómetros está el Campito, donde fusilaron a mis compañeros montoneros. Y acá nomás, a pocas cuadras, está el lugar donde fusilaron a mi tío cuando se levantó con el general Valle.

Pensé que me estaba cargando, lo miré sorprendido y vi que estaba emocionado, no se reía. Le pregunté quién era su tío. Me contó que era Néstor Videla, un correntino que llego al grado de teniente músico, pero que apenas sabía manejar armas porque siempre integró la banda del regimiento.

– Cuando tenía seis años me prometió que me iba enseñar a tocar el violín, pero después lo fusilaron y nunca más quise aprender a tocar ningún instrumento.

Campo de junio

Campo de Mayo reunía un poder de fuego importante por eso el comando del general Valle designó a tres coroneles para tomar la guarnición militar. Horas antes los que participarían de la sublevación en la guarnición militar recibieron la arenga de Juan José Valle junto al río Luján, en la Fábrica Militar de Pilar, donde se elaboraban explosivos para las detonaciones que hacía YPF en la búsqueda de petróleo. En esa reunión se dejó en claro que los operativos no serían a sangre y fuego, pues se buscaba provocar la menor cantidad de bajas posibles. Los coroneles Ricardo Santiago Ibazeta y Alcibíades Cortines encabezaron la revuelta, bajo el mando del coronel Berazay, quien tuvo una participación de pocos minutos en la intentona antes de alejarse del terreno de operaciones. Los lugares que se debía controlar en el primer golpe de mano eran la Escuela de Suboficiales Sargento Cabral, la Escuela de Comunicaciones, el Hospital Militar y la Usina, que proveía de luz a toda la guarnición.

En General Sarmiento, distrito lindero a la unidad militar, el cargo de intendente lo ocupaba el comisionado Santiago Gutiérrez. El nivel de precariedad de la movida era tal que entre los jefes no tenían contacto directo, muchos suboficiales fueron a copar los puestos en colectivo pues no contaban con movilidad propia y además no había contacto con el personal que estaba en el interior de la guarnición y apoyaban el golpe. A ello se agregaba un grado de infiltración que permitió que los altos mandos supieran con anterioridad todos los pasos y tomaran medidas.

Arrosagaray cita en su investigación al suboficial Oscar Burgos para desglosar el personal que acompañaba al coronel Berazay en su estado mayor: “teniente coronel Franco, sargento Quiroga, tenientes Chescota y Aloe y otros; además contaban con la colaboración de los suboficiales Freyre, Larreyna, Cerminaro, Tristán, Eugeni y otros, y también con el apoyo de un reducido grupo de civiles”. El coronel debía tomar la Escuela de Suboficiales Sargento Cabral, mientras que Cortines, quien había salido de su casa de Villa del Parque el día anterior para ajustar los últimos detalles, debía tomar el batallón de Infantería de dicha Escuela, contando para ello con el mayor médico Pignataro y los capitanes Caro y Cano. Mientras tanto el coronel Ibazeta debía tomar la Agrupación Servicios de la división blindada Nº1, siendo acompañado por los suboficiales Marcelo, Stagno, Esnaola, Burgos, Monjes y Chotro.

Antes que nada debían copar la Usina, en el cruce de la ruta 8 con el río Reconquista, y cortar la luz en toda la guarnición y permitir una mayor libertad de movimiento de los rebeldes. Además el corte total de luz serviría de señal a los civiles apostados en torno a la guarnición, como para que iniciaran el avance hacia sus objetivos. Pero los suboficiales en actividad que debían estar adentro a esa hora fueron relevados de sus puestos durante la tarde por las autoridades nacionales, que ya sabían del levantamiento y reforzaron el lugar con tropa propia. Los civiles que llegaban a la vera de la guarnición para copar el espacio designado se encontraron desorientados ante la ausencia de los hombres afines, y antes de tomar el lugar por asalto decidieron retirarse, generando confusión en todo el dispositivo, que esperaba la señal para avanzar.

Ruta 8 y Senador Morón, la entrada al centro de Bella Vista, fue el lugar de reunión de otro grupo, que debía ser comandado por un teniente coronel de apellido Fernández, que nunca apareció. Los suboficiales Goicochea y Mendonça, junto a otros, decidieron continuar por su cuenta, ingresando al lugar, secuestrando un jeep y al oficial que circulaba en él recorriendo los puestos de guardia. El objetivo era la Escuela de Comunicaciones, así que hacia allá avanzaron, y se detuvieron en las proximidades esperando el corte de luz. Ante la ausencia del jefe, el retraso de la interrupción de energía eléctrica, el inicio de las acciones con disparos de armas de diverso calibre y el escaso poder de fuego que poseían (apenas sus pistolas y dos cargadores de repuesto cada uno, además de alguna que otra arma larga) el grupo decidió retroceder.

El coronel Cortines no esperó el corte de luz, sino que a la hora indicada avanzó junto a un grupo de suboficiales, tomó el batallón de infantería de la Escuela de Suboficiales, contando con la colaboración desde adentro de dos tenientes primero Jorge Noriega y el correntino Néstor Marcelo Videla, músico y buen violinista.

Por su parte el coronel Ibazeta, quien más allá de los inconvenientes de luz y poder de fuego había tomado su objetivo, buscó a Cortines para unir fuerzas y esperar a Berazay. Arrosagaray dice que los hombres del último tomaron Puerta 3 a las 23, pero el coronel Berazay dudó sobre los pasos siguientes, y luego de decidirse a ingresar a la guarnición avanzó cien metros, recordó que tenía que hacer un llamado telefónico, dio media vuelta, se alejó y no regresó.

Peronistas en la ruta

En 1995 pude charlar con el viejo Irusta, militante activo de la resistencia peronista, que en la intentona de Valle estuvo a la vera de la ruta 8. Fue delegado municipal de Bella Vista durante el gobierno peronista de Remigio López, después de 1983. Poco recordaba de esa gestión, pero podía explicar en detalle la noche del 9 de junio, cuando en cada entrada de Campo de Mayo había un grupo de civiles esperando las armas y la señal para copar la guarnición militar.

– Esa noche fue muy confusa. No teníamos buena comunicación, y algunos llevamos algún que otro revolver, pero esperábamos las armas que nos entregaran los suboficiales de guardia que estaban con Valle. Pero pasaba el tiempo y nadie salía, no traían información y la señal no llegaba.

En algún momento se escucharon disparos dentro de la guarnición, y eso decidió a los indecisos a alejarse del lugar. Los que permanecieron esperaban con ansiedad la llegada de un oficial que le diera la orden de copar la guarnición. La entrada y salida de jeeps, sumados a los disparos esporádicos hundía en la incertidumbre a los que esperaban.

– Estábamos todos cagados hasta las patas, y mienten si dicen que en la ruta 8 hubo un líder o alguien que se destacaba del resto. Si uno fue más valiente que otro seguro que fue fusilado, y entre nosotros salimos todos vivos. Ahora hay viejos que dicen que estuvieron con Valle, que acompañaron a Ibazeta o a Cortines, o que vieron todo desde el Hospital Militar. Mentira, porque si fuera cierto estarían muertos. La sed de sangre de esos tipos no la vi nunca. En la dictadura secuestraban y torturaban pero siempre a escondidas, los de la fusiladora te mataban con ganas de que se supiera.

Fracaso y fusilamientos

Antes de la medianoche el general Valle debía leer la proclama de los rebeldes a través de una radio, para eso se tenían que tomar una antena transmisora, cosa que falló en Avellaneda y marcó el inicio del fin. En la ruta 8 el grupo empezó a dispersarse a la 1 mientras se escuchaban más tiros en la guarnición. Los pocos que quedaron se fueron a sus casas después de las 3 de la mañana. Esperarían nuevas órdenes, tal vez una nueva fecha para intentar el golpe. Los diarios de la mañana siguiente no dejaron lugar a dudas sobre el fracaso de la movida y la noticia de fusilamientos hizo entrar en pánico a más de uno. Algunos delegados de las fábricas de Bella Vista tuvieron que esconderse en casas seguras durante algún tiempo. Hubo allanamientos, pero sin mayores consecuencias.

Solo en La Pampa se leyó la proclama pero al movimiento sedicioso, que tomó la ciudad de Santa Rosa, lo truncó el Ejército y la Aviación. En La Plata, con una intensa refriega, tomaron el Regimiento de Infantería 7, bajo el mando del coronel Cogorno, y recién al día siguiente la intentona fue ofuscada. Los otros puestos tampoco se consolidaron, en algunos casos ni siquiera entraron al cuartel, por las traiciones evidentes. En los lugares los esperaban otros militares para atraparlos.

En Campo de Mayo las fuerzas que toman algunas unidades fueron insuficientes para controlar la inmensa guarnición, y los rebeldes fueron detenidos durante la represión que encabezó el general Lorio. De inmediato se armó un Consejo de Guerra para los oficiales, el cual determinó castigar a los complotados, aunque no se llega al extremo de pretender fusilarlos. Desde la superioridad, es decir desde Presidencia, envían órdenes que hacen caso omiso la determinación del Consejo, y a primera hora del 11 de junio se determina fusilar a los rebeldes. Para entonces se fusiló en distintos lugares del Gran Buenos Aires, y en la madrugada de aquel día se sumaron a la lista de fusilados los coroneles Cortines e Ibazeta, los capitanes Cano y Caro, y los tenientes primero Noriega y Videla (el tío de Yepeto).

Los suboficiales, detenidos en el microcine, estaban custodiados con guardia reforzada durante el juicio militar. Horas antes escucharon los disparos de los fusilamientos, y no todos comprendieron de qué se trataba. Cuando el Tribunal Militar los condenó a muerte entendieron que los disparos fueron de ejecuciones. Pero la orden de la superioridad fue que cesaran las muertes, y los suboficiales salvaron su vida a escasas horas de enfrentarse al pelotón.

Si durante los siguientes días de junio no hubo nuevos fusilamientos fue porque el general Juan José Valle se entregó voluntariamente, bajo la promesa de no ser fusilado y el compromiso que se detendría la matanza. Se cumplió lo segundo, a él lo fusilaron el martes 12 de junio, luego de escribir algunas cartas. Los detenidos quedarían en esa condición hasta la llegada al poder del presidente constitucional Arturo Frondizi. El presidente radical asumió en 1958 con votos peronistas, traicionando luego los acuerdos que había hecho con Perón.


  • De libro Tierra de sombras. Postales de Campo de Mayo y el terrorismo de Estado. Del Viso. Colección Memoria. 2019.

Fabián Domínguez es docente y escritor. En 1997 público la primera biografía de Rodolfo Walsh: Bitácora de un clandestino. Publico en colaboración con Alfredo Sayus La sombra de Campo de Mayo y Apuntes del Horror. Dos libros que se ambientan en el la costa bonaerense: Historia del Partido de la Costa y Los aviones negros. Su último libro es Tierra de Sombras, una serie de historias sobre militantes secuestrados en la zona de Campo de Mayo.