TELAS, por Graciela Batticuore

Marea (Editorial Cateverna, de Graciela Batticuore se presenta el sábado 1 de junio a las 19 hs en la librería Caburé, México 620. Comentan Cristina Iglesia y Gloria Peirano.

Se las regalaba un amigo del padre que trabajaba en la fábrica textil de la vuelta de la casa, justo doblando la esquina. Pascual, se llamaba, y una vez al año las llenaba de retazos de sedas que le habían dado a él, también de regalo, en cantidades, por ser un buen obrero decía su mamá. Antes de Navidad solían ir a saludarlo a la casa, que estaba en San Martín, pasaban juntos un buen rato, en familia. Acostumbraban llevarle otro obsequio típico: una bebida, un pan dulce, algunas frutas secas. Después del café y de la charla compartida, Franca las llevaba a su mamá y a ella al cuartito del fondo donde guardaba las telas. Abría las puertas de un viejo ropero colmado de géneros, los esparcía sobre la mesa y las invitaba a elegir: podían llevarse los retazos que quisieran, todos los que les gustaran, decía, era lo mismo dos, tres, seis o siete piezas de género. A la señora le daba igual porque tenía demasiadas pero para ellas era día de fiesta.
Volvían a casa con un stock variado de telas de colores a rayas, lunares o estampados como para hacerse envidiar. Casi llenaban con ellas un placar, más módico que el de la señora Franca en el fondo de su casa pero sustancioso. Después, durante el año venía el tiempo de aprovecharlo: su mamá se aplicaba a coser unos cuantos vestidos; a veces cosía para ella, también para su hermana y para sí misma. En el transcurso de un año podían ser tres o cuatro, al menos, los vestidos que le hacía: compraba los figurines de moda con modelos de la temporada y elegían juntas: me gusta este, a mí me gusta aquél…miraban, opinaban, se enteraban de lo que se usaba y encontraban en seguida sus preferencias. El único problema era que su mamá no sabía interpretar para nada los moldes, no sabía tampoco leer las indicaciones –la madre no sabía leer- y entonces no se animaba a cortar ella sola las telas sobre las revistas.
Temía estropearlas. Así que iban para eso, cada tanto, a casa de doña Celia, la peluquera del barrio que además de peinar y cortarle el pelo a su mamá y a ella, era modista y cobraba bastante más barato que Tita, la otra modista del barrio, la más “fina”, a la que acudían solamente para ocasiones importantes: el vestido de una fiesta, una vez cada tanto, el trajecito de terciopelo azul para el viaje al exterior (lo encargaron para ir a Canadá sin pensar que era pleno verano allá… a su mamá la climatología la tenía sin el menor cuidado). Celia era modista barata porque aceptaba cobrar sólo el corte, sin costura, sin la confección completa de la prenda. Ella cortaba e hilvanaba, no tenía problemas de caché. Así que volvían de su casa con la tela sujeta por muchos alfileres sin hilos, marcada del revés con la tiza blanca chatita que a Celia le había servido para delinear. La madre le daba el figurín que le gustaba y la mujer se lo devolvía con una silueta en tela, hecha a medida de quien la iba a usar. Ya en casa la madre pespunteaba a mano y después cosía el vestido en la Singer, la máquina a pedal que descollaba en la piecita del fondo como si fuera un altar.
Siempre a la tarde del día en que volvían de lo de doña Celia, la madre levantaba la tapa de madera de la máquina, la sacaba del lado de afuera y empezaba a escucharse la música del pedaleo justo después de la pequeña ceremonia en la que desovillaba el hilo fino del carretel que estaba en la guía, sobre la parte alta de la máquina. Desde allá arriba recorría el hilo un camino delgado y aéreo hasta el ojo de la aguja que subía y bajaba sobre la tela de seda. A veces se le resbalaba de las manos y se quejaba la madre. Ella la observaba sin más: la encandilaba algunos días el traqueteo, la detenía y se quedaba mirando con los ojos fijos el pie bailador; arriba los dedos flexionados de las manos con un índice hundido en el dedal calado de puntitos de acero. Un escudo, una armadura contra la muerte era el dedal. O al menos ella se lo imaginaba así: que los dedos de la mano emprendían una cruzada contra los alfileres, y gracias a ese escudo, el índice salía casi siempre ileso como un gladiador. Esa clase de asociaciones establecía ella; de igual modo miraba la mancha de humedad esparcida sobre el techo en la piecita del fondo (ya había leído a Juana de Ibarbourou), la miraba y reconocía en esas órbitas toda clase de historias y de personajes en conflicto.
Las costuras que la madre sabía hacer eran simples, nunca complicadas: jamás un ribete sobre escote o cuello ni una aplicación sobre tela y ni siquiera un bordado, pese a que sabía bordar, había aprendido de joven y esa fue la época de los manteles con flores de colores que ella ahora despliega sobre la mesa, en la casa, para recibir amigos o disponer cualquier ceremonia cotidiana e íntima. Después de que su mamá cosía un vestido volvían juntas, incondicionalmente, a lo de doña Celia, para probarlo y ajustarlo, si hacía falta, porque la precisión no era el mayor arte de su mamá y a veces el modelo le quedaba suelto o abultado sobre la cintura o la sisa. Celia sabía probar, decía, conocía mejor las contorsiones del cuerpo, sus secretos y caprichos imprevisibles, y ajustaba cuando hacía falta los hilos sobre ese cuerpito de ella que cambiaba, crecía, se ensanchaba en las caderas y se hacía grande en las tetas, cada vez más. Lo que no sabía doña Celia era ceñirse con criterio estético al formato de una cara: hubo una vez en que le cortó tanto el flequillo, que lo tuvo que llevar casi dos meses agarrado sobre un costado con hebillas. Se miraba en el espejo y lloraba. Y le reprochaba a su mamá que la hubiera sometido a la tortura de aquellas manos de Celia que, ya lo sabían, cortando el pelo era peor que su papá con los rosales en el invierno: “¡la época de podas!”, insistía él, y dejaba el parque seco de verdes, sembrado de palos altos y espinas que se levantaban al ras de la tierra, igual que los postes de luz en los campos, al costado de las rutas. Nadie apostaba dos pesos a que volverían a florecer otra vez los rosales pero milagrosamente florecían, sí, y perfumaban la casa en los floreros, donde asomaban despampanantes las rosas que traían de la quinta los domingos. En febrero ese perfume se mezclaba con el aroma de la albahaca que plantaba su mamá en las macetas del patio, para usar en salsas y estofados que en verano abundaban en la casa, porque era época de tomates. Cortaba unas ramitas de albahaca su mamá y las ponía en agua, en algún vaso alto, para tener a mano, en la cocina. La combinación extravagante de rosas y albahacas formaba un aroma de pura cosecha italiana, imposible de olvidar.
No sabe cuándo fue que se cortó el pelo con Celia por última vez. Ni cuándo cortó el molde del último vestido que cosió su mamá. Se acuerda, sí, de aquel pelo entrecano, los ojos claros y la piel muy blanca que hacían eco en el color bien lechoso de la piel del hijo, que cada tanto irrumpía desaliñado y distendido en el salón de la peluquería, como si se hubiera levantado recién de la cama. Era gordito y se notaba, en el contraste con Celia, que ella lo criaba como solían criar muchas madres en aquella época al hijo varón: con excesivo empeño, casi como a un amo, un señor, un ser en cierta manera superior. Más todavía cuando ese hijo era el único. No sabe si en este caso había padre, si había marido. No se acuerda o no se hizo de chica esa pregunta pero a Celia la recuerda siempre así: trabajando, sola, en el salón. En el lenguaje y la mentalidad de la madre venía a ser como una obrera doña Celia, mucho más sacrificada que Pascual, que trabajaba en una fábrica, porque ella era mujer. Su trabajo se desarrollaba, sin solución de continuidad, del interior de la casa donde cocinaba, limpiaba y hacía las camas, al salón de la peluquería donde cortaba el pelo de día y cosía por las noches para las clientas. Ella la miraba, de chica, a esa mujer, la sigue mirando a través del tiempo. Piensa, de repente, en todas las otras mujeres del pasado a las que interpretó, de grande, cuando encontró su propio oficio. Como Celia (y como Charly, los parecidos a veces sorprenden), ella también va de la cama al living.
Lee, escribe, estudia libretos, trabaja en el mismo lugar donde cocina y pasa la vida. Mira al otro lado del vidrio de esas ventanas que dan al patio de su casa en las mañanas, ve el muro alto, repleto de verdes. Por abajo los canteros con plantas y flores: alegrías del hogar, geranios, azaleas, en invierno violetas de los Alpes y prímulas. No hay espacio para un rosal pero tiene que plantar urgente una albahaca, se dice, qué es lo que está esperando.

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Graciela Batticuore es escritora y docente. Trabaja en la Universidad de Buenos Aires como Profesora Asociada de Literatura Argentina I y en CONICET como Investigadora Independiente. Es autora de ensayos críticos: Lectoras del siglo XIX. Imaginarios y prácticas en la Argentina (2017, Ampersand); Mariquita Sánchez. Bajo el signo de la revolución (2011, Edhasa); La mujer romántica. Lectoras, autoras y escritores en la Argentina: 1830-1870 (2005, Edhasa); El taller de la escritora. Veladas Literarias de Juana Manuela Gorriti. Lima- Buenos Aires (1999, Beatriz Viterbo) y otras obras en colaboración. Publicó los libros de poesía: Cuaderno de espera (2014, del pétalo), Sol de enero (2015), La noche (2016) y El fin de la noche (2018). Dirige la colección Lector&s en la editorial Ampersand y forma parte del comité editorial de Mora. Revista Interdisciplinaria de estudios de género. El sábado primero de junio (2019) presenta Marea, su último libro.