Siete microrrelatos de Leandro Surce

Pintura de Erico Santos. Brasil 1952
CAMPO DE GIRASOLES

Viven los cuadros alojados en los marcos. Esa asociación de marco y cuadro no es accidental. El uno necesita del otro. Un cuadro sin marco tiene el aire de un hombre expoliado y desnudo. Su contenido parece derramarse por los cuatro lados del lienzo y deshacerse en la atmósfera.
José Ortega y Gasset

En el ángulo inferior derecho, a fuerza de pinceladas cortas y oscuras, dice que es un Marseyer. Es el cuadro más grande que tengo en casa. Mide aproximadamente un metro por un metro. Como no es el único cuadro que tengo, es, además, mi preferido. Aunque estrictamente han de ser más pequeños, la primera fila es la que me da la sensación de que esos girasoles son de tamaño natural. Milagros así sólo los produce la perspectiva. El cuadro es un verdadero ejército de girasoles. Van hundiéndose progresivamente en el horizonte. En el fondo son tan pequeños que apenas se distingue dónde empieza uno de dónde termina otro. No sé cuántas veces me tiré en el sillón a ver este cuadro. No sé por qué produce ese magnetismo tan especial. Si uno lo estudia con detenimiento, si se lo mira con cierto espíritu de penetración, les juro por mi madre que se pueden escuchar los graznidos de los pájaros negros que sobrevuelan el campo. Arriba, flotando sobre aquellas hileras interminables de botones dorados, las nubes dominan la escena. Espesas más que esponjosas, navegan preñadas de un lastre gris oscuro, inconfundible amenaza de lluvia. No he dicho aún que el cuadro tiene una particularidad: no tiene marco. Esta circunstancia lo dota de un aspecto misterioso, inconcluso. Con un cuadro sin marco una cosa es segura: hay que saber guardar las distancias. No me molesta que a determinada altura del año pierda sus pétalos cambiando de piel y color, los barro con la escoba y a otra cosa. Mi único temor es que algún día se desate la tormenta.

Al fondo a la derecha

A causa de la extrema paridad de sus fuerzas, el combate no hacía más que prolongarse. Así, mientras con su filosa espada Teseo buscaba la forma de cercenar la espantosa cabeza de su oponente, éste se limitaba a eludir grácilmente o a amortiguar con su grueso tirso los embates que aquel proyecto de héroe ático le propinaba una y otra vez. Ya ambos estaban exhaustos cuando, de un momento a otro, ocurrió lo impensado: a Teseo le dieron unas ganas irrefrenables de ir al baño (cierto es que al caer el sol le había agarrado un poco de frío en la panza). Repitiendo todavía el banquete que el rey Midas había ofrecido en honor al nuevo contingente de mártires ateniense la noche anterior a que se internaran en el laberinto, y recriminándose, bien que recién ahora, su falta de moderación tanto en el comer como en el beber, en una especie de rapto de lucidez, Teseo se preguntó: “Si mato al Minotauro, ¿quién podrá indicarme dónde quedan los baños en medio de esta intrincada telaraña de piedra?”. Hundiendo su espada en la tierra, Teseo propuso una tregua que el dueño de casa aceptó alegremente deponiendo su palo y respondiendo luego al angustiado pedido del joven ateniense:
‒Es sencillo. ¿Ves aquel pasillo que se abre entre aquellas dos paredes de piedra? ¡Sí, ése! Bueno, seguí por ahí hasta el fondo, hasta que choques con una pared cubierta por una enredadera. Una vez frente a la enredadera doblá a la derecha y proseguí hasta el final por la primera galería que se abre; si vas bien, vas a desembocar en un patio semicircular que gravita en torno de un pequeño aljibe. Una vez ahí vas a ver que se abren seis o siete pasadizos (no recuerdo bien): el que conduce más rápidamente al baño es el tercero contando hacia tu derecha. Una vez hayas entrado en ese pasadizo lo que sigue es más fácil aún: tenés que girar siempre hacia la derecha al llegar al fondo, no sabría decirte cuántas veces tenés que girar, pero vos doblá siempre hacia tu derecha y vas a andar bien. Entonces, el baño está allá, al fondo a la derecha. Andá tranquilo, yo te espero acá.
Ni bien terminó de dar estas indicaciones, Teseo salió disparado. Tanta prisa llevaba que olvidó su espada clavada en el suelo. Inmediatamente, el Minotauro procuró recogerla: tuvo en verdad que emplear todas sus fuerzas para lograr desenterrar la famosa espada de Egeo. Alzándola contra el sol matinal, el Minotauro percibió una suerte de destello provocado por un delgadísimo hilo blanco que se hallaba atado a la empuñadura de la espada.
A juzgar por el fulgor espectral que iluminó sus rojos ojos de toro, en ese preciso momento y a pesar de tantos años de extravío, el Minotauro comprendió qué hora era aquella.

Poca pompa

Lo único que sabemos es lo que nos pasa a nosotros mismos. Pero no nos pasa gran cosa y eso excita todavía más nuestra innata curiosidad. Quienes creen que no nos importa lo que pasa allá afuera se equivocan de cabo a rabo. Nada nos gustaría más que salir a echar un vistazo. Lo que ocurre es que la sola idea de atravesar los elásticos muros de nuestra pequeña al­dea iridiscente nos paraliza por completo. Nada resultaría más peligroso. La más insignificante perforación haría colapsar estructural, globalmente nuestro hogar. Y si la burbuja explotara, si llegara a explotar… ¡¿qué sería entonces de nosotros?! Imposible saberlo. No tenemos ni la menor idea de lo que pasa allá afuera.

De lo que no se puede hablar mejor es callarse


Ludwig Wittgenstein, Tractatus Logico-Philosophicus.

‒ ¡¿Cómo carajo supieron lo de la entrega?! Alguien nos delató. ¡Y fue uno de nosotros!
Pegándole un puñetazo a la mesa, el Oso Tony se puso de pie saltando como un canguro. Caminaba enloquecido por todo el bar tratando de dominarse:
‒ A ver… Quiero que solucionemos esto rápido. Por eso, si de casualidad alguno de los que está acá es un maldito policía, apreciaría con todo mi corazón que tuviera la gentileza de decírmelo en este preciso y puto momento. ¡¿Me escucharon?! Quiero que me lo digan ahora, ahora y por las buenas. Y si nadie habla, SI NADIE HABLA… Entonces les juro que los voy a matar a uno por uno pero antes, ¡antes les voy a arrancar las pelotas con un cuchillo y los ojos con un tenedor!
Tony repasaba los rostros de sus muchachos con los ojos inyectados de sangre. El revolver le temblequeaba en una mano. Pese a que absolutamente todos se miraban entre sí con recelo, los más nuevos se llevaban la peor parte.
Al verse visto por tantos pares de ojos, el mudito Ramírez se sintió de golpe obligado a decir algo:
‒ Jefe, le juro que yo no tuve nada que ver.
“Qué grave y nítida era su voz. Podría haber sido un gran locutor”, comentaron los muchachos al salir de su asombro. Lástima que se dedicó a otra cosa.

La unión hace la fuerza

La última vez que se me quedó el auto me pasó más o menos esto que les voy a contar: El semáforo estaba en verde y el motor se me apagó de golpe. No hacía ni el amague de arrancar. A mis espaldas, las bocinas no hacían más que aturdirme y ponerme más nervioso. Orillé como puede el auto hacia un cordón hasta que conseguí liberar el tránsito. Estaba por llamar a la grúa cuando se me para un Fitito rojo al lado, se baja la ventanilla del acompañante y un tipo de rostro pálido y rasgos grotescos me pregunta: ¿Quiere que lo empujemos, jefe?
No sé cuántos eran, perdí la cuenta. Lo que sí sé es que tardaron como media hora en bajar: salían de las puertas, de las ventanillas, del capot. Automáticamente se pusieron en fila de modo tal que el que no empujaba directamente el baúl de mi auto (más de una docena de manos cubrían cada pedacito de espacio) empujaba al que empujaba el baúl y, para que se den una idea de cuántos eran: había los que empujaban a los que empujaban a los que empujaban el baúl y también, si no me falla la memoria, los que empujaban a los que empujaban a los que empujaban a los que empujaban concretamente el auto y había todavía muchos otros, estimo que los más perezosos, que rondaban por entre sus compañeros brincando, cantando y gritando cosas absurdas para darles ánimos.
El auto nunca arrancó, pero con el envión que agarré cuando me soltaron los payasos, llegué a casa sin problemas.

Edipo güey

Ya divisaba las siete puertas de Tebas cuando la Esfinge se interpuso en su camino obstruyéndole el paso y retándolo a que descifrara el siguiente enigma:
‒Dime, errabundo jovenzuelo, ¿cuál es el ser que con una sola voz tiene cuatro patas, dos patas y tres patas?
‒A ver… ¿El elefante? Porque si se para de manos tiene dos patas pero, si contamos la trompa y sigue parado en dos patas, serían tres. Qué fácil, ¿es el elefante, no?
‒No.
‒Entonces… ¡El pato! Un pato bastante pícaro, pero pato al fin.
‒No ‒dijo el monstruo ahogando una carcajada‒ Piensa mejor. Recuerda que si fallas ahogaré con mis garras tu ignorancia‒ Edipo no recordaba aquello. Se sentó sobre una roca y se puso a pensar con todas sus fuerzas.
‒¿Me podrías repetir la pregunta por favor?
‒No.
‒Okey. Así que tiene cuatro, tres patas. ¿Valen cosas? ¿Quizá una silla rota?
‒¡¿Y la voz?! Último intento. Te repito el enigma. Abre bien las orejas: ¿cuál es el ser que con una sola voz tiene cuatro patas, dos patas y tres patas?
‒¡Ya sé, el chimpancé! ‒gritó parándose de un salto‒. Porque a veces emplea las manos como patas, otras sólo una de ellas, arrastrándola como un bastón, y otras camina igualito a los hombres. ¡¿Gané?!
La Esfinge meneó la cabeza. Como Edipo le resultó simpático le perdonó la vida a condición de que jamás regresara a Tebas.
Y así Edipo, sus allegados y descendientes, vivieron felices para siempre.

A la caza

La técnica, forjada en el medioevo, no ha variado con el correr de los años. Para cazar unicornios se emplea una doncella a modo de señuelo. Por lo general, descalza y vestida de blanco (al parecer esto los atrae aún más), la joven se interna en el bosque y los cazadores la siguen a cierta distancia, ocultándose entre los árboles. Justo cuando la doncella comienza a sentirse fatigada a causa de la prolongada caminata, el unicornio se presenta, blanco y majestuoso, blandiendo aquel altivo cuerno tan caro a la ambición de los cazadores. Lo que la doncella no sabe es cómo prosigue la historia. El unicornio se le acerca mansamente. La joven acaricia el sedoso pelaje del animal y juega a enlazar y desenlazar sus delgados dedos en sus largas y ligeras crines. Entonces, ni bien el unicornio sabe ganada la confianza de la muchacha, retrocede un poco para tomar carrera, baja la cabeza y luego avanza sin pausa hasta hundir por entero su cuerno en el vientre de la pobre víctima, quien, atravesada de lado a lado, muere desconcertada y desangrada al cabo de un rato.
No esperaban otra cosa. La técnica es infalible: mientras el unicornio lucha engorrosamente a fin de sacarse de encima el cuerpo exánime de la joven, los cazadores lo rodean y reducen con facilidad.

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Leandro Surce es Licenciado en Ciencia Política (FCS-UBA), estudiante de la carrera de Filosofía (FFyL-UBA) y editor. Mención en el certamen de cuentos Vicente López, ciudad fantástica por su cuento “Limbos” (2012). Primer premio certamen de microcuentos revista Crac!-Literatura (2013). Participó del cicloImagen te leo por invitación de la Municipalidad de Vicente López (2014). Algunos de sus microcuentos han sido publicados en las revistas Minificción (México, 2016; número 7), Plesiosaurio, primera revista de ficción breve peruana (2017) y Brevilla (Chile, 2017; “Antología de microrrelatos policiales”). Obtuvo, dentro de la categoría estudiantes, el segundo premio del I Certamen de Ensayo Filosófico organizado por el Departamento de Filosofía (FFyL-UBA, 2017) gracias a su ensayo “Intemperies: Las vacaciones de Nietzsche o cómo se filosofa sin abrir el paraguas”. Pormenores (Kintsugi Editora, 2016) es su primer libro de cuentos publicado hasta el momento. Desde 2017 colabora como reseñador en Liberoamérica – Plataforma Literaria.