Rinocerontes. Por Andrés Pedro Alvarado

Ilustración de Federico Moriconi

Selección de poemas de Rinocerontes ( Kintsugi Editora, 2019).

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Ayer vi una escuadra de tractores, grúas, palas y aplanadoras mecánicas. Era de noche y
comenzaban su faena sobre una calle desolada. De pronto pensé que iba a ver rayos y
que aparecería frente a mí un hombre del futuro, como en Terminator.
Pero apareció mi padre, muerto entre los vivos.
Tenía el torso desnudo y una damajuana de vino.
Miraba lo incierto, el presente, con ojos que rasgaban el futuro.

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Una polvareda anaranjada se levanta a mis espaldas. Por todos lados corren
rinocerontes con su cuerno en punta.
Amanece.
Los rayos iluminan la botella de vino, un cenicero lleno, alguien semidormido que quizás
sea yo. Alguien, que es nadie, o quizás sea también yo, se levanta y vacía sus ojos en el
lavamanos. Por azar alza la vista y al verse en el espejo recuerda que todos estamos
muertos.

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Eso llamado vida no es más que una gran avería cuyos pequeños reparos son esos
relámpagos que llamamos felicidad.

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Eso llamado vida no es más que una gran avería cuyos pequeños reparos son esos
relámpagos que llamamos felicidad.

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Bruno:
de todos los poemas posibles
este es el más increíble
porque vio tus ojos.

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Encontrar muerta a mi madre abrió una grieta en la esfera del entendimiento. Entre su
cuerpo y el mío había un abismo en el que nos abrazábamos. Allí estábamos los cuatro:
ella, joven, trayendo un niño al mundo; yo, adulto, viéndola partir de su cuerpo
devastado.

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Todo animal domesticado contiene un instante de horror.

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a Andrés Fernández y Juan Pedro Iribarne

Trazo una línea naranja. Dolor y color son casi la misma cosa, basta trocar una letra.
Mis dedos, brazos y pies se dan a la fuga por una playa en la madrugada. Estoy frente al
muelle de San Bernardo. En el mar un barco que se hunde hace señas y pide salvación.
“¿A quién puedo salvar? ¿No ven que agonizo?”, grito haciendo cuenco con las manos. El
sol del amanecer le da de lleno y las velas se azotan por el rugido de mis gritos. Ebrio y
desubicado, en la playa de la frivolidad, escribo sobre la campera ajena que llevo puesta
y ruego que una mano me rescate. Unos pibes se acercan, tocan la guitarra y canto con
ellos, pero mi rotura es tan extrema que acabo por espantarlos.
Me deshago, pero no llego a fundirme con el mar: me absorbe la arena.

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Una mujer en bicicleta atraviesa el túnel. Su vestido floreado se contrapone al cemento.
De repente el campo viene como bala de goma disparada por escopeta de La Federal.
Tres patrulleros y tengo la retina de los ojos más partida que nunca. ¡Levantá eso!, grita
el rati alumbrando la tuca con la linterna. Lo miro con ojos de intuición perpetua, pero el
tipo me zamarrea: ¡Levantala, carajo! Al rato, esposado, viajo en patrullero y más tarde
miro Los Simpsons desde el calabozo.
Tengo ganas de mear, digo a uno que pasa. ¿Meo acá?, repregunto, seguro de que las
cosas son como en las películas. ¡Cómo vas a mear acá, sucio!, grita. Quiero acurrucarme
en los brazos de mamá pero está tan lejos. Al rato viene otro y rompe la inminencia del
llanto. ¿Vos querías mear? Vení por acá. Abre una puerta. Todo está oscuro. Me conduce
a un inodoro. Meo. Cuando voy hasta la puerta, me detiene: No, pibe. Ahora te quedás
acá. Ilumina un rincón de una celda oscura como el culo de un topo negro en la que hay
dos frazadas. Una para taparme y otra de almohada. No sé cuál tiene más piojos. Le pido
un pucho, me lo da y se va.
Desde ese día no volví a saber del niño que fui.

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A George Trakl

Mi dolor es tan real como esto { }
Cuidado, una sombra se acerca. Se escucha el vuelo de las aves, el crepúsculo.
Un pájaro verbal está parado ahí, desgraciado, al filo de todas las muertes.
¡Alguien que lo saque!
Ruego como condenado ante las puertas del { }

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Hormigas se deslizan hacia mi ombligo.
En el desierto se oye el crujido de un árbol que cae desde 1789.
Una soga cruza mi cuerpo, me parte en dos.
¿De qué estoy hecho?
Vean, aquella mujer de ojos desgarrados, parece mi madre.
Su lágrima cae hecha hielo.
No llore por mí, le digo. El muerto es mi victimario: un trozo de animal domesticado.

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Gala, niña mía, simple cosa. Te voy a herir con mis pasos imperfectos.
Te voy a abrigar con estos brazos, que al verte se desmesuran de sol.

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Un campo en llamas. El humo perturba los ojos de los animales. Un rinoceronte bufa y
tira el polvo de la derrota. El polvo es anaranjado, la derrota es anaranjada. Mejor
corramos: es que el fuego en nuestros brazos arde tanto.

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Andrés Pedro Alvarado. 1982, Buenos Aires. Publicó en poesía El día de la lluvia (Ed. Ruinas Circulares, 2012), Corporal Ciudad (Qué diría Victor Hugo, 2014) y Rinocerontes (Kintsugi Editora, 2019). E Licenciado en Ciencias Sociales y Humanidades (Universidad Nacional de Quilmes, 2018) y Guionista de radio y televisión (ISER, 2008). Ha trabajado como guionista en cine, radio y televisión; siendo estrenados más de veinte trabajos de su autoría o con su colaboración. Obtuvo en dos oportunidades el Premio Argentores al Mejor Radiodrama Unitario (2010, 2013). Actualmente trabaja en la corrección de La metamorfosis del chico faisán y otros relatos, su primer libro de narrativa, y en diversos proyectos audiovisuales. Es docente en la Materia Guión II en el ISER. Su hijo Bruno dice que juega en el Barcelona, pero no; será que lo confunde con Andrés Iniesta. Su hija Gala lo llama Superman, pero tampoco.