Reseña de “Lo que golpea los cuerpos”, de Diego Domínguez

Por Estefanía Maggiore y Violeta Geréz

 

Dejo atrás las calles de mi infancia,
las lámparas dicen que me vaya,
imagino el sabor de la iluminación barata.
Duelen las tardes de balón descosido
¿seré ajeno a este tiempo?
otro recuerdo me espera en la esquina,
mis ojos se cristalizan y desprenden
unas gotitas saladas que caen
en mis zapatos gastados por la nostalgia.

 

El fanzine Lo que golpea los cuerpos (Revista Descolonizadx, 2019) de Diego Domínguez recorre espacios, sucesos y ambientes familiares que nos permiten descubrir los momentos simples de la vida pero, al mismo tiempo, nos empuja a interrogarnos: quiénes somos, cómo nos miramos, qué sentimos cuando sentimos. Sus versos nos invitan a reconocernos así como a su yo poético: niñxs, adultxs, frágiles, valientes. En este tiempo y en otros que parecen prestados, como de otra época, cada uno de sus poemas nos arrastran con calidez hacia imágenes retrospectivas: la letra de un tango, la orilla de un río, los amores: “un trabajador recuerda sus años de belleza absoluta / como dejó ir al amor de su vida”.

Dar vuelta la página para siempre volver a ella, así podría resumirse la poética de Diego Domínguez. Realizar un recorrido por su fanzine nos invoca a conmovernos por voces bohemias perdidas en cada esquina dolorosa, las cuales toman protagonismo dentro de un Yo poético resquebrajado por las memorias de su juventud: Vi a una chica igual a vos. Idéntica. / Le pregunté ¿por qué me dijiste eso/ la noche de lluvia en la esquina de/ San Juan y Boedo? De esta manera, es posible reconocer que el tópico de la melancolía aparece en forma recurrente acompañado del dolor, el desamparo y el recuerdo. Todo ello parece enfatizarse en un verso sentenciado del poema justamente nombrado “Melancolía”: “tu angustia, nene, parece un perfume”.

Esas rememoraciones solo sobreviven en los sueños de un sujeto que evoca momentos tristes y felices de su trayectoria por la vida: la naturaleza, los colores, la amistad, el perdón. Así, en algunos de sus versos podemos encontrar múltiples realidades que nos permiten viajar hacia las interioridades más desesperantes de lo humano: la tristeza, la reflexión y el apego hacia tiempos pasados. La extrema sensibilidad del poeta del conurbano nos invita a encontrarnos con recuerdos que construyen un yo poético sólido, pero a la vez, golpeado por las sombras de la soledad. Por ejemplo, en el poema “Reencuentro” se expresa el vaivén de una voz que, por un lado, reafirma su identidad, pero que, por otro, no logra ser reconocida como tal debido a que se encuentra deteriorada por un exterior que lo excluye de los espacios propios del presente. Esta voz está representada en imágenes de cuerpos golpeados que logran fusionarse en un mismo yo lírico, cuerpos que se escapan de la realidad misma y se esconden en las calles, en objetos cotidianos o en su propia memoria.

Es así como me entrego a la tormenta a buscarme,
A mí, al verdadero.
No el que se resguarda de la tormenta,
ni el que reniega de sus recuerdos,
el que nunca tocó una taza,
el que se sienta en la tormenta y en cada esquina
observa con una pupila rasgada de nacimiento.
Ese otro que está golpeado por la exclusión que crean
las figuras ideales que no entiendo.

Signos de desgaste, cansancio y nostalgia; zapatos arruinados por el llanto y el rencor de un yo poético aislado que solo se sustenta en un verso triste: “Es feo no tener amigos, / pero más feo es sentirse solo / aún cuando estás rodeado de ellos”. La melancolía nos permite ingresar a un pasado que intenta ser dejado atrás, pero que siempre reaparece. Por eso, no se necesita nada para escribir poesía, tan solo soledad, memoria, un simple cigarrillo y una “terraza” que nos permita desarrollar nuestra imaginación:

Esos días subo a mi terraza de nubes
y me tomo un cometa expreso que me deja
a dos estrellas de distancia.
El paisaje espacioso trae a mi memoria
un dibujo que nunca terminé.

El autor de Lo que golpea los cuerpos recorre con sensibilidad extrema todas las esferas de lo humano. Esto lo logra a través de los tópicos de la melancolía y la soledad que se ven representados en cada imagen visual, en cada sueño y en cada recuerdo de un Yo poético resquebrajado. Leer a Diego Domínguez es como sentirse bien acompañadx luego de una larga jornada. Pero su literatura es fundamentalmente, una cita a la que nunca podemos dejar de asistir: un encuentro con los recuerdos de nuestra infancia, con las tardecitas en el barrio y con el dolor que nos depara leer el último verso de cada libro de poesía.

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