Rayo fuerza. Por Ezequiel Bados

Rayo fuerza
Me desintegro,
como una llovizna, diáspora;
como una selva sin dientes que se traga
al mono en su remolino.
¿Cómo le cuento a mi esperanza
que un rayo me alcanzó
en la calle de las fábricas
a las cinco de la tarde?
Pienso en cómo sostener un poco más el final de la risa
cuando el ladrido de los perros interrumpe el paseo con amigos.
No quiero ser libre
a costa del dolor de mis bueyes
ni un epitafio de laureles
ni el maullido que espera en la ventana de la noche
Quiero, como un borracho,
cantar canciones de cuna hasta quedarme dormido,
soplar de nuevo todas mis velitas de cumpleaños.
Toda poesía se escribe con la punta de un lanzallamas.
Quiero irme de viaje
a la costa de un balcón muy alto.
Sentir en los labios el beso salado del invierno,
las ganas de saltar;
sentir que no me duele nada.
El mundo está lleno de fósforos
encandilantes
y se apagan de golpe
como el fueguito de una hornalla inapetente
que te extraña.
Quiero reír como si la vida sólo fuese
tus ojazos chinescos,
donde somos personas vivas.
También hay velitas
que se ladean poco a poco
pelo por pelo
gota por gota
esperando el momento de volver a pescar
animalitos de juguete
en la cubeta de la infancia
y poner música fuerte
para que no los escuchen llorar
porque
boys
don’t
cry.

Rayo fuerza,
no quisiera morir un día
dándome cuenta de que soy esa parada de colectivo
a la que nadie quiere ir,
la que todos esquivan porque no tiene techo que los refugie
ni lámpara que los proteja;
ese poste enclenque que te recuerda
que la vida está llena de colectivos que no vienen.

Yo no tengo la culpa de ser un árbol cobarde en el bosque de los miedos
y no tener valor de hablarle.
¿Nunca te sentiste como el jorobado triste que habita en el sonido del
campanario?
¿Cómo esa canción en la radio que no es suficiente para comerse todo tu
dolor?
No quisiera llegar a viejo
dándome cuenta de que soy ese rompecabezas
con el que nadie quiere jugar
porque tiene una pieza perdida.
Yo no tengo la culpa de tener un lago adentro mío
en donde los pies ya no se besan,
donde ya no hay gatitos durmiendo la siesta en las ramas de los árboles.

¿Todavía sentís ese fueguito adentro tuyo
que te dice que brinques como un loco los canteros de los días?
¿Todavía sentís esa tristeza
de ser el último al que escogen para el partido de fútbol?

Rayo fuerza, no quisiera morir un día
dándome cuenta de que soy ese colectivo que no viene.
Sentir el gorgoteo de los gusanos
en el harapo de mis ojos.
Soy un río que corre desde tus cuencas vacías
y atropella
con el atolondro del camello
el tajo de la tarde;
un verbo
que se hamaca entre pupila y pupila,
como un gesto que dice que no.
Soy el hambre de las estrellas
que maúllan en la lengua de los tejados
para morder un poquito más
el borde de esa otra parte del mundo que nunca engullen.
Y me muero despacio
como un número telefónico en la guía,
como una palma que se abre,
como un departamento deshabitado.
Has dejado mi ataúd
sobre el aguacero.

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