Ilustraciones de Mercedes Domínguez

Por la vuelta

Mi papá se quejaba por las calles inundadas cuando me llevaba a la escuela. Vivíamos en Caraza, una villa con pocos pasillos y un barrial permanente. Empecé la primaria en 1972 y siempre salía de casa con las botas negras, atropellaba dos cuadras de agua y me cambiaba con las zapatillas que llevaba en una bolsita. No faltaba nunca, ya me había perdido el jardín de infantes y ahora quería hacer amigos. Pero un día de noviembre llovió tanto que no me dejaron ir, y esa mañana vi algo que nunca más volví a ver.

Por Fabián Domínguez

 

─ Pensar que en una época los únicos privilegiados eran los niños… Ya va a volver.


Mi papá se quejaba por las calles inundadas cuando me llevaba a la escuela. Vivíamos en Caraza, una villa con pocos pasillos y un barrial permanente. Empecé la primaria en 1972 y siempre salía de casa con las botas negras, atropellaba dos cuadras de agua y me cambiaba con las zapatillas que llevaba en una bolsita. No faltaba nunca, ya me había perdido el jardín de infantes y ahora quería hacer amigos. Pero un día de noviembre llovió tanto que no me dejaron ir, y esa mañana vi algo que nunca más volví a ver.


Mi casa tenía una cocina-comedor y un dormitorio donde mi mamá armó un altar con la Virgen de Itatí, un retrato de mi abuela y un cuadro en miniatura de Evita. En la mesa de luz, una foto de papá cuando era chico, en Corrientes, abrazado a una pelota. No teníamos televisor, en los setenta eso era un lujo para Villa Caraza. Tuvimos piso de tierra mucho tiempo y cuando se ahorró un poco pusimos cemento alisado. Mi papá nunca habló de tener una tele, pero un día dijo de comprar una para ver a Carlos Monzón. Las peleas las veía en la casa de un amigo músico, donde siempre se armaba la fiesta con otros compañeros. Pero la última vez se frustró porque llegó y el otro ensayaba para un casamiento.

Como era vareador en Palermo siempre tenía alguna fija, pero los caballos lo traicionaban en la recta final. El día que se dio vuelta la taba y ganó algo de plata se compró el televisor. No fue fácil llevar el aparato a casa, por las calles anegadas. Con el fletero dejaron la camioneta a dos cuadras y juntos acarrearon el artefacto. Esa noche Monzón peleaba con no sé quien, así que enchufó la tele ahí mismo, pero al encenderla solo vio una lluvia gris, sin imagen. El fletero le explicó que sin antena no captaría la señal.

Desilusionado mi papá hizo un breve silencio, después pagó el flete y pidió que lo llevara a buscar la antena. Esa tarde no volvió y a la noche mi mamá supo que se fue a ver la pelea a otro lado. Pasaron los días y no se habló del triunfo de Monzón, ni del televisor. Mis padres eran callados, pero hubo una semana en la que hablaron mucho en guaraní y solo entendí que decían algo de una plaza, un aeropuerto y los milicos. Capté que mi papá insistía y ella decía que no.


El viernes a la madrugada se desató una tormenta y no fui a la escuela. Por la mañana miraba caer la lluvia desde la ventana, a veces en la vereda aparecía algún sapo, pero la cortina de agua no dejaba distinguir la casa de enfrente. De pronto vi a mi padre que cruzaba la calle bajo el torrente, protegido con piloto y una caja bajo el brazo.
─ Traje la antena ─ dijo contento y empapado. Se secó un poco con un toallón, desarmó rápido la caja y subió al techo. Mi mamá le dijo que lo dejara, que se iba a electrocutar. Papá respondió que la transmisión de ese día era muy importante y ella se fue al dormitorio, trajo el cuadrito de su altar, y lo puso en la mesa. Cuando todo estuvo conectado, una imagen se dibujó en la pantalla. Vi un avión rodeado de gente, ahí también llovía. Mi papá terminó de secarse con una sonrisa de oreja a oreja.


─ Los cagamos a los milicos. No nos quieren en Ezeiza, lo vemos desde Caraza. Y mañana a la Plaza.

Mi mamá dejó de cocinar y preguntó si ya llegó. No sé si papá se secó mal la cara o lagrimeaba, pero lo vi con una emoción luminosa. De la escalera del avión bajó un hombre de saco y corbata, mientras un paraguas buscaba protegerlo. Caminó, pasó entre los autos que lo buscaban, esquivo a los motociclistas de la policía y saludó a la gente con los brazos en alto. Estaba rodeado de otras personas, y su sonrisa contagiaba alegría. Mi papá trajo su foto abrazado con la pelota y la puso junto a Evita. Se sentó y me acerqué para que me subiera a sus rodillas.


─ ¿Quién es ese papi? ─ y él desvió su mirada para mirarme y mostrarme su foto.─ Ese hombre se acordó de mí cuando era un cunumí. Me regaló una pelota de cuero el día de Reyes, y todos los chicos de Santa Rosa recibieron sus regalos. En el resto del país pasaba lo mismo, y ahora… ahora está de vuelta.


No volvió a hablar. Creo que no podía. Trago saliva y miró la tele. Ahora sí vi que mi Viejo lloraba.