Poemas de Xenia Abad

Pintura de portada: Ezequiel Bados

¿Y entonces qué es la vida?
A ver si ustedes me entienden.
Si la vida no es eso que se esconde
en tu mirada cuando parloteas
horas enteras con las pupilas

que te estallan y con la purpurina
corriendo por tus pestañas.
Con una lágrima que repentinamente
cae, como una intrusa, en la escena

¿No es esa lágrima al final lo que es
el estar vivas. Esa pulsión de amor,
de felicidad que se te escapa y que se
escabulle de ese mundo que le ha sido
designado

para colarse en esta escena
en la que vos me contás
que otra vez podes gritar que amas la vida?

Y ahí me pregunto, ¿qué es eso de la vida?
No es también esa tristeza fantasmagórica
que refleja tu mirada cuando hablas
de lo perdido, de lo fallido y de toda
la mierda sobre la cual ya tengo escritos
algunos otros desastrosos poemas.

Entonces te reís a risa suelta
y arrastras las carcajada
por el valle de las sombras
obligándola a cambiar de forma

la convertís en refugio
de las penas y caés sobre ella,
esperando así de alguna forma
salvar tu vida.
Y yo me pregunto ¿qué es en verdad la vida?

Tal vez soy yo escuchando tus alegrías
y tus miserias, esperando aliviarte un poco
la carga que conlleva el estar vivas.
O tal vez es todo eso unido por una soga
que entrelaza los destinos.

Aun cuando no exista respuesta más vacía.
Aun cuando no cierra ni convence.
Prefiero por ahora quedarme con eso,
y mientras tanto que la vida sea
solo aquello que la vida quiera

*
Esto del encierro sería manejable
si mis vecinos no fuesen
dos nenes atolondrados
que juegan con su pelota
lloran por las mañanas,
pero sobre todas las cosas
salen corriendo al grito:
“papá volviste a casa”
“yo lo voy a saludar primero”.
Que suerte tienen estos niños
que no conocen ni por asomo
la sombra pesada de las tristezas.

*
Un señor con sus botas
sumergidas en un charquito
que cada tanto patalea,
salpicando con algunas gotas
la bermuda y las medias.

Y yo que no puedo parar
de mover los engranajes
de esta mente embarullada,

recuerdo cuantas veces
jugué con charcos de agua
sin saber cuán profundos eran
ni cuánto podían salpicar.

Cuántas veces metí la pata
hasta el fondo
mojando los jeenes y las botas.

Cómo fui consciente
tantas veces de estar arruinando
algo nuevo y aun así
salpicarme completa.

Pero cuando vuelvo y veo al hombre
que sin preocupación alguna
sus pies mueve en esa agua quieta,
me doy cuenta que cada vez
que me empape hasta el cuello
me pude secar y salir a jugar de vuelta.

*
Todos los días arranco tempranito
y salgo de mi casa a la par del sol.

Todas las mañanas me sorprenden
las primeras luces del alba
sobre el enorme arroyo de mi barrio.

Arroyito que nunca se inunda
gracias a las plegarias de doña Rosa
al, intocable y consagrado,
altar del gauchito.

Barricada de los pueblos
porque solo nosotros lo rodeamos.

Mi barrio es ladrillo pelado y casilla de chapa.
Es no haber estado nunca solas mi vieja y yo,
porque siempre una mano encontramos.

Los pibes, las pibas
y en las escuelas creciendo los wachines.
Las madres y las abuelas
y sobre todo el sol pegando fuerte cada mañana
y el 203 que un poco te espera y un poco se va.

*
El recuerdo claro
del cuerpo de un hombre
o tal vez miles
de hombres desnudos.
Solo eso me queda
de una noche con vos.

Son siempre los mismos
los hombres con los que duermo.

Siempre se parecen
a chicos asustados
que tengo que abrazar
y ocultarles el hecho
de estar igual de inquieta
que los sueños que los hacen
moverse por las noches
cuando reposan a mi lado.

*
El final es en donde partí,
no recuerdo donde fue aquello.
Creo que partí desde el momento
en el que me fue negado
el pecho materno.
Siento que el desarraigo
que tengo es milenario.

Los pasares de la historia
de inmigrantes en tierra propia,
de destinos siempre sujetos
al confuso azar de la vida.
Una historia de decisiones tempranas,
dolores intensos y alegrías magras.

Entonces entiendo que pertenezco
a esas manos y esos ojos
de madre buena,
que lucharon siempre con las penas
propias y el destrato ajeno.

A la incansable pregunta
que recorre mis poemas
sobre qué es la vida,

me respondo que la vida
es caminar hasta pertenecer
o caminar con el desarraigo a cuestas.

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Xenia Abad es oriunda de Malvinas Argentinas (GBA). Tiene 21 años y estudia Lengua y literatura en la Universidad Nacional de general Sarmiento. Publicó por primera vez sus poemas en +Poesía. En la actualidad forma parte del Colectivo Descolonizadx.