Poemas de Osvaldo Bossi

Pintura de Daniel Mora

Estoy preparado para la caída,
el empujón que vendrá en cualquier momento
y me dejará tirado por ahí, tullido, la carne
rota contra la pared. Me espera la ambulancia,
los primeros auxilios en una sala de emergencia,
los parches y un circuito de lágrimas
que atravesaré resignado, tranquilo, como quien dice
“tenía que pasar”. Pero no más que eso.
Como un veterano de guerra
me prepararé un buen café a la mañana
y comprobaré que todo, en cierta forma, sigue igual.
La luz en la ventana, las hojas de los árboles
en los árboles, el dulce secreto de tu cuerpo
guardado en el mío. ¿Quién puede lamentarse
de eso? Si el francotirador que me tiene
desde hace años en la mira, dispara… que dispare.
Hay un brillo que baja de tus ojos hasta tus labios
y es solo para mí. Parece poco, pero si lo miramos
con atención, es una aurora adentro de otra aurora.
¿No es maravilloso?

De “31 poemas a Robin”, única Luz del mundo, poesía reunida (Caleta Olivia 2019)

El viejo bobo se acuerda de sus comienzos

En una cocina de ladrillos
sin revocar, sobre la mesa limpia
yo escribía mis versos.

Hiciera frío o calor, lloviera a cántaros
o no lloviera nunca. Allí estaba,
bajo una ventanita donde la luz

en vez de entrar, salía. Viajaba
de un país a otro, de un cuerpo
a otro. Apenas 15 años

y ya no había forma de detenerme.
Escribía, escribía, sin ocupar
toda la hoja. Alegre y triste, viendo

pasar la noche, el día, sobre un espejo.
Aún puedo verme: mamá se acerca
y me dice que salga al patio,

el día está tan lindo… Y yo le digo
que más tarde, que después.
Y me vuelvo enseguida

sobre las palabras. En una cocinita
de ladrillos sin revocar y techo de cartón.
Hacía un agujero en la pared.

Por fuera, parecía un prisionero
vietnamita, pero por dentro
las cosas eran diferentes. Andá

a encontrarme si podés. Sobre la mesa
está el libro de versos que escribí
en esa cocinita, con mi mamá en el patio

barriendo las hojas. Año tras año.
Más solo que ninguno, o para
no quedarme solo. Vaya uno a saber.

Dicen que ahí estoy yo.

El viejo bobo se hace estas preguntas

No soy tan viejo
pero tampoco joven.
Aun así, una famosa editorial

publicará mi poesía reunida.
Todos los libros, todos
los versos que escribí
en un solo volumen. ¿Oíste,
mamá? Tu niño miope, tu niño
solitario: ahí lo tenés…

¿Y vos papá?
¿Bajarás una noche de estas
a saludarme? ¿Palmada

en el hombro, cerveza
en la vereda? ¿Y vos Raulito
Lemos, hermoso como siempre,

con tu sonrisa
de oreja a oreja? ¿vendrás?
Por suerte estoy escribiendo

mucho y nada, con este libro
se termina, pero
¿a dónde iré? ¿Quién me abrazará?

Están mis nuevos amigos,
tan buenos y adorables
todos ellos, es cierto. Pero vos

tía Marta, lectora infatigable
¿calentarás la pava para el mate
y me dirás que tu deseo
de ser poeta, se cumplió
de alguna manera, en mí?
Ah, todos ustedes, todos ustedes

¿dónde están? ¿y vos
David, y vos Walter? ¿y vos, Beto
(te debo una dedicatoria)

dónde? Ah que no sea
un desierto ese día.
Que yo no esté solo

en la noche
con mi libro de versos.
Que no sea cierto

lo que dice Marguerite Duras,
y se pueda estar vivo
en dos lugares a vez.

De Agüita clara (Gog y Magog, 2020)

Anochecer de un día agitado

Señor, a ese chico
lo querían hacer
bolsa. Estaba ahí, perfecto
para que le patearan la cabeza
y el corazón. Los otros chicos
alcahuetes, los tíos y las tías,
las maestras, el cura, las canciones
de moda, el vecino de al lado, los
albañiles… No era una conspiración, era
otra cosa. ¿Era amor?

Hasta que vos en tu infinita
misericordia, Señor, dijiste
que se haga la luz, y se hizo Santiago.
Alto y flaco como un palo
de escoba, ojitos de gato huraño, malo
y huraño cuando hacía falta, pero

bueno y alegre como un pajarito
conmigo. Me dijo un día
no le hagas caso a esos idiotas,
y mucho menos a tu papá, el más
idiota de todos, cabeza de cascote, zángano.
Lo dijo y me reí. Y al reír, yo no sé
qué pasó, pero en el acto, con su
vocecita desintegradora, se esfumó
la tristeza. La tarde era cálida, las nubes
daban vueltas carnero allá en el cielo,
los árboles me protegían. Como si
de Tu mano, Señor, hubiera recibido
esos dones contradictorios: el amor
de Santiago y el odio
del mundo, los dos al mismo tiempo
Aunque odio, odio, lo que se dice
odio, no era, y sí otra cosa. No importa.
yo te quería dar las gracias
por los ojos de Santiago, el pelo
y las rodillas de Santiago, por el papá
y por la mamá de Santiago, y por su perro, y
su piel transpirada después de jugar
a la pelota.

Y gracias, sobre todo por ese
anochecer en la esquina de casa
después de un día agitado, donde
Santiago me dijo No tengas miedo, Os.
Y yo no tuve miedo. Te lo juro, Señor,
no tuve miedo. No tuve miedo
nunca más.

Una luz cegadora, un disparo de nieve

Si mi corazón fuera una espada
y no esta tonta estela de humo
que te rodea y da brillo y tiembla y sueña.
O todo lo contrario. Si dejara de dar
batalla y pasara unos meses
tranquilo, en una playa solitaria
junto al mar. Y sin morir, muriera
un poco. Y sin querer, quisiera lo justo
y necesario, sin cumbres borrascosas
Atado al mástil, no oyera tu hermosa voz
de zángano rompiéndose contra las olas.
En fin: si se dejara de joder. Durmiera
unas horas a la noche. Hiciera deportes
y te olvidara. Sobre todo eso, borrara
hasta tus huellas digitales.

De Sin que me diera cuenta yo (Inédito)

VI

Hay muchas formas
de entrar en un cuerpo.

A veces por los ojos,
a veces por el corazón.

Por el estómago, por
los dedos de los pies. Ni

hablar de las orejas
(alvéolos que todo

lo cazan al vuelo, también
lo inaudible). La nariz

con su entrada gloriosa
es particularmente

propicia. Pero también
el cuello, los hombros, un

pequeño lunar perdido
por ahí. Los caminos

son muchos y todos
conducen al mismo

precipicio.. A veces,
un simple parpadeo

hace que nos caigamos
adentro. O la brisa

que sale de unos labios….
Antes del coito (mucho

antes, incluso después)
hay otras formas

de caer. Ahora, por ejemplo,
mientras cortás una cebolla

en tiernos cuadraditos,
yo llevo una aceituna

hasta tus labios. Sólo eso.
Y el milagro sucede

una vez más. ¿Te das cuenta?
Sarcófago de carne

y hueso, luminoso y oscuro
por donde se lo mire.

Pero antes (ay antes, antes)
un pequeño detalle: primero

hay que morir. Luego
se entra sin dificultad.

De Penumbras (inédito)

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Osvaldo Bossi nació en Buenos Aires (Argentina) en 1960. Es poeta y narrador. Publicó los siguientes libros: Tres (Bajo la luna, 1997), Fiel a una sombra (Siesta, 2001; Viajero insomne, 2014), El muchacho de los helados y otros poemas (Bajo la luna, 2006), Ruego por el tornado. Tres (Sigamos enamoradas, 2006), Del Coyote al Correcaminos (Huesos de Jibia, 2007; Editorial Folía 2010), Esto no puede seguir así (Letras Y Bibliotecas de Córdoba, 2010), Casa de viento, antología personal (Nudista, 2011), Ni la noche ni el frío (Textos intrusos, 2012), Chicos malos y otros libros (Editorial Conejos, 2012), Como si yo fuera su novia (Editorial Mágicas naranjas, 2013), Adoro (Bajo la luna, 2009; Modesto Rimba, 2017), Yo soy aquel (Editorial Nudista, 2014), A dónde vas con este frío (El ojo del mármol, 2016), Los poemas de amor que el Coyote le escribió al Correcaminos (Mágicas naranjas, 2018), Las estrellas celosas (Alción, 2018), Única luz del mundo, poesía reunida (Caleta Olivia 2019), Agüita clara (Gog y Magog, 2020) y Un tonto deseo de amor, antología poética (Aranga Ranga, 2021). Forma parte de diversas antologías de poesía argentina y latinoamericana. A su cargo está la coordinación del ciclo de lecturas El rayo verde. Encargado de la formación en el área de escritura, coordina talleres de poesía en forma grupal e individual.