Poemas de Juan Manuel Perez

Pintura: "El hombre metafísico", de Gabriel Carpita

Si Alejandro Rubio despertara


Si Alejandro Rubio despertara
de un sueño antibarroco, sediento,
para buscar esa imagen que perdió recién
de la que no quedara la semántica sino el ritmo,
de la que no quedara la gramática sino la rima
de la que no quedara la prosodia pero sí
el proscenio de su metro yámbico,
Si Alejandro Rubio despertara
de un sueño antibarroco, sediento,
con un solo apotegma en mente
¿dónde está? o ¡nos cagaron!
o “el realismo social nos cagó,
nos trató como tarados
y para realismo mágico,
bueno, en fin, mejor Guernica”
Si Alejandro Rubio despertara
para buscar esa imagen que perdió recién
deambularía, lo he visto, por entre los autos
por entre los tachos, preguntando sin dudas pero sin pausa
a los rollos de tela modal, a los negros
africanos, a sus relojes, a los guardaespaldas de los templos,
preguntaría para recuperarla, lo he visto, por entre los mercantes,
a los musulmanes, a los indios aceitunados, a sus tules,
a los servicios ocasionales de civil, a los pancheros, a esos,
a las chiquilinas haitianas que escupen en la fuente
de Plaza Miserere, a taximetreros, a fleteros,
a vendedores de tarjeta naranja,
repitiendo “dónde, dónde está” o “¡nos cagaron!”
o “¡adentro está la carne, en apariencia, aunque también
vague la pradera amarilla, o cascaritas de naranja o imágenes!”.

Allende los andes


Así la nieve caía  en Chile. Ella. Tan insigne para Rusia. 
Tan ajena, hostil, para los chilenos.
Junto a la Moneda se roían de frío los centinelas
Cubriéndose con lanas las orejas amoratadas por el frío.
Entonces, con sorna, El Mercurio: 
“Nos mandan desde el Kremlin esta nieve.”
-clara alusión al apoyo comunista de la Unidad Popular-
Sobre los sueños de los niños se derrumban
Tejados de madera, agobiados por la nieve.
-la nieve no es aquí la luminosa esperanza,
sino una fuerza aplastante-
Se hundían  autos en el océano blanco,
Furibundos de impotencia.
Por las carreteras paralizadas y las calles enterradas,
pálido y sin afeitar, Allende agarró una pala con sus torpes manos
y, tambaleándose, limpió el camino
mascándose furioso la nieve del bigote.
Abriéndose paso hacia adelante,
Desfallecido, estaba removiendo con su pala la basura política… 
“Anda, sigue escarbando… No quitarás toda esta mierda”…

Alarga, Mamerto, el epigrama y se queja


Alarga, Mamerto, el epigrama y se queja
de sus días como vocero del Pretor Cinna
pausando su obra y acelerando encargos ajenos:
ya borrando con piedra pómez, ya marcando con pulido cuerno
quisiera reescribir el libro de su presente.
Acude a su editor, Póstumo, y entrega injuriosos rollos
que, a dúo, reparten entre el conciliábulo.
Ahora ninguno de los dos vive para sí mismo y percibe
Este que huyen y se marchan los buenos soles
¿Quién es el que, si sabe vivir, tarda en hacerlo?

Marco Marcial vacila ante las magníficas bibliotecas

Marco Marcial vacila ante las magníficas bibliotecas,
Los jardines de los Liceos y la elegante erudición.
¿Qué sabía Máximo Valerio
acerca de las publicaciones no autorizadas
y de que todo comentario era asunto ilegal?
Las hermosas ediciones
Están llenas de eruditos comentarios.
Tres veces insultó Valerio al Senado
Y habló así para el escándalo público,
En plena borrachera y sin ninguna prevención.
La gente decente muere en su cama,
Los poetas sobreviven con canciones.
Piedad para los que lloran en las bibliotecas
Y a esta hora ambicionan el oscuro aguijón del poema
Piedad y amor para los uqe recitan
En los pasillos del Liceo
Y tienen nostalgia del fervor y deseos de la guerra
Los libros están fríos y el cuerpo se lamenta

Dentro del palacio, el Yugoslavo sueña ejércitos


Dentro del palacio, el Yugoslavo sueña ejércitos
desde que llegó el idus una música lo atormenta
una música que viene del bosque, de los árboles
Una música atormenta al César.
“los rostros que no soy
–dice en sueños-
cantan detrás de la alameda,
detrás de la muralla entonan”
El César manda a quemarlas,
quiere ver esa música extinta
ese fuego, el César lo sabe,
se volverá en su contra.
Una música atormenta lo atormenta
Una música atormenta al César
Una música que viene del bosque, de los árboles
I, II, III,
Así, Diocleciano cuenta los árboles
La última hilera queda en pie
“Solo quedan tres, César”
Dice Valerio “Uno
Solo vemos” contesta
“Si el César se acerca al fuego verá claro los tres”

Centauro


Caminábamos sobre el césped
Mojado por la lluvia.
Pisando un rocío dulce.
Pienso en eso y en el
Coro que formábamos los dos.
Me pregunto, pienso, qué nombres,
Qué sexo teníamos cuando
Éramos tres, o dos que eran
Uno, ensamblado.
¿Cómo enumerar nuestras eutonías?
¿Bajo qué pentagrama?
¿Qué extraño alfabeto formábamos,
letra por letra, a, alfa, aleph?
¿Qué extraño árbol genealógico del deseo
Eran nuestras ramas, enmarañadas?
Y a ese otro que éramos,
¿Qué sexo le hubiéramos puesto?
Era hembra, por cómo se contoneaba
espasmódica, orgásmica.
Una hembra que danzaba, frágil,
En la cornisa de su propio deseo,
Donde el dolor es una forma de la miel.
O era macho, por la fuerza con que se
Impulsaba, encerrado por años,
Desatado como un equus, un centauro.
¿O qué arma empuñada éramos?
El chasquido sordo de un arco tenso, decías,
Disparado hacia el abismo,
El zumbido silencioso
De la rápida zaeta, decía.
¿límpidos pájaros?
Golondrinas de cola recortada
Sin memoria,
Planeando en el enjambre del deseo
De mil abejas extraviadas
Así las formas que tomaban los recuerdos
Que como pájaros del néctar
Gustan de la sangre dulce,
Las heridas de mis flechas
Ellos van hacia ahí
¿los ves?

El Agua Decide


Nadábamos en el cardumen tibio
Del deseo que nos llevaba.
Ahí vi mi posible origen, en la
Danza de los cuerpos separados
Para siempre. Bajo cueros de un
Mitológico animal, tapados.
(¿oíste al mar alguna vez
por los conductos del oído,
el delirante sonido del mar,
la rompiente?)
El deseo siempre ha podido más
Que la piedad y el agua
Decide quién se salva. En la orilla
La lluvia borrará las marcas, huellas,
Del cuerpo del centauro,
Sacrificado en la escena final, muerto.
En su teatro una máscara ríe
Y la otra absorta
Se pregunta por aquel que
Empuñaba la madera de boj.
Ahora mis manos son la
madera de ese árbol parco
al fin de un año excepcionalmente
seco.

__________________________________

 Juan Manuel Pérez es docente de Lengua y Literatura, director de estudios de una escuela de fotografía, traductor y poeta. Ha publicado ensayos sobre didáctica y pedagogía de la imagen en el cruce con la literatura contemporánea.