Poemas de Gabriela Clara Pignataro

Ilustración de Garbiel Carpita
Esta es la lanza

Ahora
que la riestra de pólvora enemiga
encarama la calle
como maleza rastrera
que cuartea los malvones, desangra
y la savia alimenta a las hormigas,
como diente de marfil
en el cuello del magnate
como naufragio anunciado
por el servicio meteorológico
ahora,
que nuestros nombres han sido cantados
(tarde o temprano),
que el milagro sólo ocurre
a los mártires siempre limpios
dignos de la clave de su dogma
los premios y las condecoraciones
cabezas brillantes laureadas
resplandecientes
faros de poder
en esta galaxia de hambreados.

Ahora, soñamos
toda Roma en llamas
los cascos como plumas enardecidas
en la cola de un dragón demente
el humo, balconada de una vera del río
toda Birmania elevada
una falla de la selva, marea
azafrán atestando la milicia,
toda sierra maestra
es una mujer zacateca clareando
la mañana más luminosa
pasando la montaña de trenzas
y tapices sagrados,
ahora, que sabemos
que ni origen ni pecado ni cadena
ni costilla ni moisés ni talón:
todo el peso de la historia
la fábula constrictora
en la nuca de los pueblos,
la fusta del amo autoproclamado
repica bífida y serpentea
los lobos pierden su olfato
la boca del bosque se confunde
en pozos ciegos
dónde refulgen metales asesinos,
los perros amordazados en las casas
son alejados de su ancestro.

Ahora,
ésta es la lanza
la lengua molotov
la pupila en la espalda
el mapa dónde cae el horizonte
la renuncia al espejismo
el puma siempre oculto
el aguará solitario y sediento
la guerra contra el designio:
las naciones-cuerpo alimentarán
las naciones-espíritu
y así será
la supura cristalizada de los tesoros
el progreso prístino de las ideas
intocables
exclusivas
adelantadas dis tan cia d a s
entonces lejos, atrás, cercado
el parque de los magnolios
que portan la insurgencia del verano
perseguida
la bacteria de lo popular
que crece y se hace fuerte
en la memoria residual, latente.

En un valle de diestros
usaremos al revés las armas:
el desprecio que nos regalan
será la distancia ganada,
el tiempo de ventaja
en el pecho de nuestros caballos
cruzando la línea de fuego
con las crines intactas

ésta es la lanza
una anémona de helio
cruzando la noche en destellos
el cadáver de un satélite que late
un buen augurio
un presagio
a la velocidad de luz
que aún no se ve.

Vendrán las lluvias suaves
alguna vez.

Esta es la lanza.

Dos poemas (Ediciones arrollo)

Lapa

Recién me despierto
no hay planes ni bolsillos
duermo desnuda
los documentos mojados
en la funda del colchón
transfieren huellas
a mi espalda
estoy marcada
como los primogénitos
de Egipto
aun no me levanto
y ya me acechó
la primera plaga
qué sigue, ¿qué llueve?
bajo techo
el aire no es impermeable
los radares fallan

—Voy para volver—

Voy a quedarme
fuera de todo
para estar
dentro de mi casa
un exilio temporario
la aduana
es mi cara tensándose
en el contacto
de la piel
con el aire frío
de la mañana
—de dónde venís y a dónde vas—
me pregunta
una chica en fastforward
da vueltas carnero
en el espejo

—Qué esperás—

pregunta el ombligo
tic obsesivo
pide que me deje ir
todo lo que el tsunami devora
vuelve después
no hay naufragio
que no se convierta en madera
que se pueda encender
de lo mojado a lo seco
soy el resto de la deriva
que habita en el eco

Soy mi propia terrorista
implosionando la caja negra
antes del mediodía
el accidente es no entender
que irme
es quedarme alguna vez
atravesándome los párpados
a la velocidad del silencio
contemplando el barrio
sin nombrarlo.

Tundra (AñosLuz, 2018)

El lapacho es la imagen de la furia

El color de los perros ahorcados
se confunde
en el perfume del lapacho
desde el tren, el campo parece
santo de frente partida
contra el alambrado
—cuántos estigmas puede un cuerpo
cuántos cajones de fruta podrida
protegen los días de los culpables—
de púas que se doblan oxidadas
sobre las pasionarias, esperan
convertirse en lanzas
bajo una lluvia de meteoritos
que se anuncia para el final
del verano;
de noche se apagan
desvían los senderos los ciegos
doscientos gallos azules
pululan tiran a gracia
el maíz polvoriento sobre las crías
persiguen
la estela del tesoro prometido
lavando la sangre con los picos.

Las manos de las chicas
aparecen
entre las flores del lapacho
desplumadas en la tierra,
debajo los ojos ni recuerdan
que las últimas estrellas
se parecían al canto astillado
de las sirenas manchando
las sábanas tendidas en los patios,
lluvia de meteoritos
asteriscos rotos
el miedo es pestañeo del latido
animal,
cruzaré las vías, cruzaré el día
si me tocan
si me tocan
si me queman
no somos corderos
no somos corderos
no seremos res adormecida
en el postre de los asesinos
si me tocan
si me tocan
si me queman
cuento mis costillas:
hay balas para todos.

Tundra (AñosLuz, 2018)

ADN

Amaso pan
con mis torpes
y modernas manos
amaso el pan
como otros lo han hecho
Y otros lo harán
Hay algo en la repetición
que me cura
Amaso pan
me siento parte de algo
mucho más grande
mi nombre no se relame
Soy sustantivo
de lo que no puede apropiarse
una chica
con las manos llenas
de harina.

Tundra (AñosLuz, 2018)

Jabalí

Esta mañana impactó
contra mí
una jauría de jabalíes
siento el cuerpo hecho
polvo
adentro de los huesos
Camino
agito el movimiento del silencio:
tengo sonido
Esta mañana impactó
contra mí
una jauría de jabalíes,
y no tengo ni un rasguño.

Tundra (AñosLuz, 2018)

Mi siglo XIX

Barrio de sábado por la noche
cumbia
de familias enteras
descendiendo de los autos
comitivas reales sin plumas
visitando parientes
que no ven hace rato
bolsas de Coto repletas
pedidos de helado
chicos con ramos de flores.

Traspaso la escena
como la tercer ama de llaves:
invisible, tramando
                                dónde esconder la bomba
                                 cómo inyectar el veneno
                                 qué puerta cerrar
de una vez y para siempre.

Dejar los muebles tapados
llenos de polvo.
                                                                                    No volver.

Tundra (AñosLuz, 2018)

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Gabriela Clara Pignataro nació en el 85 , una noche calurosa de octubre, en un sanatorio con nombre de continente helado. De ojos orientales y sangre italiana, pasó su infancia en las horas lentas de un barrio de casa bajas y calles empedradas. La casa dónde creció en Floresta fue construida por su padre y su abuelo, así como los vestidos que llevaba y ensuciaba al trepar rampas eran cosidos por su madre. Algo de esa insistencia obrera, analógica, manual, persiste a la hora de tocar las cosas. De abstraer imágenes del mundo. La poesía apareció como una lanza, un experimento doloroso con el pasado, la muerte cercana. Una lanza de lado a lado, encendiendo la sangre también. Una pregunta sin respuesta a otras preguntas. Sólo imágenes de posibilidad. Hoy puede decir que es docente, que lleva una actriz y una fotógrafa dentro, y a veces salen a jugar. Estudia Artes y Pedagogía. Confía en trabajar por los derechos y la poesía. Publicó La última oleada se llevó todo menos esto (Editorial Subpoesía 2013), Eso que no se parte es una respuesta (Difusión Alterna, 2014), Muta (Nulu Bonsai, 2014), Floresta (LFS 2015), Esto pasa: Poesía en Buenos Aires (Llanto de Mudo 2015), Tundra (AñosLuz, 2018), Tranco cabelo, cai um raio (Benfazeja, 2018)