Poemas de Cecilia Romana

Niño-bosque (acrílico). De Daniel Mora

Selección de Callao 1824 (Leviatán, 2018)

Jornada de San Mateo

Marzo de 1824

Ciento cuatro soldados son conducidos desde las Casas Matas de El Callao (Perú) hacia la isla de Esteves, en el lago Titicaca. Son acusados de traición y rebeldía. Entre ellos hay argentinos, chilenos, peruanos, colombianos, un español y un montevideano.

La marcha es durísima: de Lima a Titicaca hay 1600 kilómetros. Los prisioneros hacen el trayecto a pie, con poca ropa, sometidos a castigos y privaciones.

En la isla de Esteves les espera algo peor. El presidio inhumano donde el gobernador realista Tadeo Gárate arma y desarma conspiraciones. Los ciento cuatro hombres están desalmados. Obedecen.

Durante lo que más tarde se denominará Jornada de San Mateo, después de 30 kilómetros de camino de ripio y a casi 5.000 metros de altura, dos prisioneros logran burlar la guardia y escapan zambulléndose en una acequia. Nadan. Se alejan.

Uno es argentino: Juan Pedro Luna, capitán. El otro, montevideano, se llama Ramón Bernabé Estomba y es sargento mayor.

Estomba y Luna

Me llevo

la memoria del tacto,

la que no se extingue

y demanda, y llamará.

           Rodolfo Godino

Estomba se acuerda de Gauna y Alderete

que lo salvaron en Ayohúma

Ni Torata ni Moquegua. Con una pierna menos, ni Torata

se agitó como esta agua endurecida

a cinco mil metros de altura. Porque eran jóvenes, tanto

que no tenían idea. Uno trató de alzar mis muslos,

la mancha del pantalón, mezcla de sangre,

polvo y sebo. Pero mi sombra quedó

quieta en la arena. Mediodía: solo un hoyo

marcaba el sitio de mi muerte.

Eran jóvenes: uno lloraba. El otro,

subió el bulto de mi cuerpo a su caballo.

Tengo dos o tres recuerdos: el aliento detrás de mi lengua, un sopor

Inexplicable y la vista enloquecedora de dos piernas rotas.

Aquel me consultaba: ¿así, señor, así?

Le duele, capitán, ¿a que le duele? El otro, en cambio:

cállese la boca, conserve la paz.

La primera idea ferviente de paz que tuve

en mi vida me llegó de un soldado. Me llegó de Alderete.

Una gota marrón moja el kepí.

Ni la vuelta de Sucre, ni la de Santa Cruz, insólita y torpe,

ni Macacona o las puertas de El Callao

talladas a uña y cobre, ninguna se agitó en mí como esta

agua endurecida que me espanta. Veo la fila

de ciento tres: los que mañana mismo pagarán mi huida.

Uno, el primero, insistió con apretar la cincha; el otro,

pegó dos tiros al aire. Eran jóvenes, yo también, no por eso

justifico el abandono, la pica en una plaza, el grito ahogado

de Alderete. Cállese, cierre la boca. Conserve la paz.

Porque ni Torata fue así. Con una pierna menos, ni Moquegua tuvo

el dolor profundo de esta agua endurecida, de la acequia que

me salva hoy y me condenará dentro de seis o

siete años. Es que sigo siendo joven, tanto que ni idea tengo.

El que lloraba se llamaba Gaona o Gauna.

Murió de pie, gritando: viva la patria, yo lo cubro,

capitán.

Juan Pedro Luna

piensa en el Rimac

Quisiera que oyeran mis pies

que son

ocho leguas hasta el Rimac.

Si a ella una línea le alcanzó

para explicar

lo inentendible,

tan hábil en decir,

en escribir,

siempre,

¿por qué serían poco dos

para entender

que son apenas ocho leguas

a la falda

de Mantaro?

Ocho leguas

y casi la mitad

en ripio,

sobre azufre

que mana la tierra

por los que somos solitarios, por los

que hacemos todo de una forma

apagada y distante. Porque ella

no ha vuelto a escribirme

y qué importan las letras,

las medidas de longitud,

si de todos modos…

La fila allá

muy alto

Cumbres que sobrenadan como islas

Alejandro Nicotra

Se despierta. Ve a un hombre.

No he soñado, piensa.

El hombre

pone un dedo en alto.

Se le antoja

la cruz de un candado,

el quicio mohoso

de su puerta en Jáchal.

Solo porque es capitán lo cargan.

Si fuera raso, caminaría.

Pero esa lona

no puede ser tumba para él.

A Reaño le espera

algo peor.

Solo porque es

capitán va en andas.

Si no fuera, caminaría.

Algunos que iban de las Casas Matas

a la isla de Esteves

No saben leer. El viejo

se llama Vivero. Castillo tuvo

familia en Mendoza.

Escolástico Magán

vino del sur: treinta y siete años,

mala dentadura, pies redondos.

Ni cadenas llevan:

no hay metal en el país que no se emplee

en hoja o collar.

Qué será de ellos. Qué será

de quien escapa en la noche, de Manuel López,

Pedro José Díaz. Qué será de Lista.

Los de El Callao no han leído nada. Me consta.

Difícilmente distingan la C de la I,

el apellido materno,

de cualquier palabra. No saben

dónde nacieron, a qué tierra

deberían remitir sus huesos en caso

de que correspondiera.

La primera vez que usó

anteojos

Recordé,

con esa manía que tengo

de pensar en cualquier cosa

cuando pienso en él, recordé

la parábola de Kant y,

casi enseguida,

el tablón que pisamos

camino al bulevar Caseros.

Maipú, Ituzaingó, Orden del Sol,

Sipe Sipe, un bar tan triste

una mañana luminosa.

Las cosas por su nombre, pensé.

Sus anteojos, fuera de moda,

lo mostraban lo intuitivo

que jamás fue.

Yo era demasiado joven y él,

igual que siempre,

dio vuelta la página.

Luna piensa

en qué será mañana

Alguien dijo que la línea de esta mano

termina en un año incierto. Yo digo

que conozco a los que andan conmigo y sé

de buena fuente que no vamos a las maniobras.

El padre de mi hija murió

una tarde sin nubes. De ahí en más,

veo con desconfianza el día límpido,

el corral abierto, la mujer delgada.

Alguien dijo que tengo buen ojo para la ocasión.

Sin embargo, aquí me encuentro,

mis días están contados, ¿los de quién no?

Pero de noche siento algo,

la impresión de que me toca un puño.

Y sé que debo irme, aunque no me haya ido.

Y sé, porque alguien lo dijo,

que la línea de esta mano acaba en un año impar.

No será el de este, entonces.

Entonces no.

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Cecilia Romana nació en Buenos Aires. Es escritora y licenciada en Artes y Ciencias del Teatro. Publicó ocho libros de poesía, entre ellos Aviso de obra, con el que obtuvo el Premio de Poesía Iberoamericana Sor Juana Inés de la Cruz 2006 (México, 2008) y No lo conozcas, Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 2006 (México, 2007), El libro de los celos, Segundo Premio Poesía Fondo Nacional de las Artes 2009 (Buenos Aires, 2010) y Los que fueron, Segundo Premio Poesía Fondo Nacional de las Artes 2011 (Buenos Aires, 2013). Asimismo es autora de cuatro volúmenes de relatos infanto-juveniles (Norma) y varios libros escolares para nivel inicial, primario y secundario en Kapelusz y Santillana. Realizó el estudio preliminar de la edición de El salar de Fausto Burgos para la colección Los Raros de la Biblioteca Nacional en 2010. Sus poemas han sido traducidos al francés, al italiano, inglés, portugués y polaco y forman parte de antologías argentinas, latinoamericanas y estadounidenses. Es trabajadora de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno desde 2014 en el área de Cultura.