Poemas de Carola Rotondaro

Ilustración de Yasmin Herrera Agued

Oficios remotos 

I

Si alguien merece 

ser salvada es la que soy en sueños, 

en este oficio remoto 

de escribir mientras duermo.

II 

Como una apátrida 

huyendo de mí misma, 

buscaba renacer 

ceniza entre cenizas. 

¿En dónde se busca la palabra 

(Animal herido de sangre) 

cuando se oculta?

En las cenizas 

revuelvo una sentencia: 

la patria es la palabra. 

Manteles al sol

Puse los manteles 

al sol 

luego de refregar. 

Y estas manchas 

círculos de vino viejo 

que no se borran 

hermosas en su color morado

hermanan con otros 

que luchan con las huellas 

de celebraciones que persisten 

impresas sobre la tela. 

Mantel al sol 

punto vainilla surca mis bordes 

amarillean mis puntillas. 

Joven aún me conmovía 

el Santo Sudario

en su Misterio 

Cristo mirándome desde allí. 

Mantel al sol 

me agita el viento 

vuelvo, soy 

la gota que corrió lenta, furiosa,

    inexorable 

hacia la tela 

me bebo la gota , que se demora, 

impregna en mi trama 

y en cada ojo 

abierto, circular, 

trazo un mapa de mi Destino.

Mantel al sol 

manchas nuevas 

me brotan en el pecho 

luego serán tercamente refregadas. 

Cubro la masa con mi calor 

para que leude, 

las manos de los chicos, 

risas de pan y barro 

me descuelgan de la soga.

Mantel al sol 

pienso en el destino 

de otras telas: 

¿Qué jerarquías determinan

   quién está destinado a ser 

sudario, 

ajuar,

primera sabanita…?

¿Y yo, acaso, soy?

Mantel al sol 

una rosa bordada, 

en punto cruz 

rojo 

confunde mi dolor con el suyo 

verde 

imita las hojas recién nacidas. 

En la siesta interminable, 

el hilo perlé matizado me cruzaba 

de lado a lado, 

sentí cada herida de la aguja.

Mantel al sol 

en cada pliegue, empecinado 

me resisto al planchado 

algo hilado en mí, dicen,

algodón del bueno. 

Me trazaron espigas doradas 

de trigo en punto cadena 

en consecuencia,

no dejo de soñar con los campos.

Mantel al sol 

me ocultan el desgarro 

con un florero. 

Pero recuerdo 

qué ocurrió al partir el pan: 

un filo descuidado 

me enfrentó a la herida 

el corte y la Cicatriz del cuchillo

fueron presagios 

de oscuras temporadas 

en el armario. 

Puse los manteles al sol

―Las manchas de vino tinto

salen con vino blanco, 

decían las abuelas, 

así, en el viento soleado

un destino cubre a otro: 

las presencias, 

las bodas, 

los funerales, 

se cubren en la cadencia 

de los barcos de mi infancia 

vino sobre vino. 

Puse los manteles 

al sol 

pronto florecerán 

manchas de vinos nuevos. 

Habrá un bautismo, 

una comunión 

con la tarde y los pájaros 

en este jazmín

      abierto sobre mi pecho.

El juego de la espera 

Amarte era la enumeración más hostil

de la fiebre y los pesares. 

Con aquellas pálidas lunas en las 

      manos

con aquel aire fugitivo en el acento

creías salvarme

del tumulto, de la sombra y de las

piedras.

En aquel momento 

Dios era una pandemia,

los lirios marchitos

quebraban los balcones.

¿Dónde me estabas buscando?

Si te arrojé mi chalina

en la boca del subte

y no podías pensarte solo y loco

en aquel andamio,

recortado en la demencia

sediento de voces

en la costanera del mundo

Vos, que creías

en la aparición real de los fantasmas

te compraste un reloj de arena

para contar historias sin saberlas,

me iniciaste en el juego de la espera.

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Carola Rotondaro: Nació en San Martín, Pcia. de Buenos Aires, el 3 de enero de 1970.
Su última infancia transcurrió en varios países limítrofes (Uruguay y Paraguay). Desde 1983, reside en diversas localidades del conurbano bonaerense. Ejerció distintos oficios desde la adolescencia. Artesana y profesora de Lengua y Literatura.