Poemas de Alejandra Mendé

Ilustración de Daniel Mora
Selección de La huerta (inéditos)
FOGATA AL MARGEN

Proclives a perderlo todo,
como si no supieran hacer
más que atizar y quemar objetos
que hubieran servido el día anterior
o el que estaba por venir.
Bien sea,
una camisa, un cuaderno,
el papel pegado a la lata,
un reloj, un par de zapatos,
una silla, o lo que fuere.
Hasta las botellas de plástico tóxico,
arden en la fogata improvisada al atardecer,
entre el paredón y la vía.

Se deshacen de esas cosas
que llegan a sus manos,
sin otro porvenir que la ceniza,
porque no hay nada que tener
salvo ese poco de calor y de humos.

Acumulan cajones y maderas
que quiebran con los pies.
Mientras las mujeres,
atraídas como moscas.
revolotean sus siluetas
cerca de las llamas
para vociferar palabras agudas,
lejanas, risueñas, que estiran
los pertrechos de la vida.
Las llamas son altas

y ellas gritan con creces
la inconsistencia del pasaje
por la noche estéril.

A veces bailan en pareja,
a veces conversan, a sabiendas
que los drogones del lado oeste
pueden usar los fierros bajo la luz de la luna,
que los borrachos de la estación
se cuelgan sobre el ronquido del policía
que duerme en el patrullero,
estacionado frente a la barrera.
Toda noche dejan pasar sus zonas lúcidas
y pretenden calentar el mundo con la quema,
para cegar el estupor de los días hábiles
o la voracidad de los feriados.
Atraídos por las chispas
que suben haciendo serpentinas,
Enfrascados en las cuevas
que forman los leños crepitando.
Los cuerpos. se acarician al calor,
se mueven por la música,
atentan contra el cansancio,
en espasmos dispares y gestos,
que se desploman en esa práctica nocturna.

Así pasa, hasta que,
entre las ramas de los árboles,
los pájaros comienzan insolentes
a cantar su mañana de labores.
Entonces, la del vestido azul
se acurruca con una manta,

el de camisa gris se abraza
a la de remera floreada
y los demás se van o están yéndose.

Los pocos que quedan
para develar el misterio del día,
o sea, todo lo que no llega
después de la oscuridad,
se apropian del rescoldo
y hacen pobres infusiones
hasta ver pasar el primer tren
lleno de piernas y rostros
desplazados del mundo perfecto.

En el camino,
algún ladronzuelo ganará su cobre.
Un escolar vomitará su esperanza,
una anciana cabalgará su muerte,
un obrero sacudirá la cal de su ropa
y los últimos disparos de la pandilla
analfabeta trazarán el final de la noche.

Eso, sí…
Aún al calor del sol,
sobre las almohadas de verdín,
no lo dudes,
siempre se extrañan los fuegos.

A RIVE IN MEMORIAM

Cuadernos de rayas y cuadriculados
Llenos de murciélagos y terrazas,
con cuestiones de naufragios y maderas.
Cuántas preguntas sobre la geometría
del alma nos hicimos en la casa primera,
hasta las penas y las risas de los días finales.
Debimos hacer trazas para profundizar el fracaso
o mostrar a los muertos que aquí hay otro sol
y en vos, este amanecer inconcluso.

¡Tanto por hacer que hay tanto hecho!

Correr por el pliegue de tu saco hasta el cuello,
como volver a casa, una vez más, a mi refugio,
a ese lugar conocido dónde no existe la muerte
y ese es mi hogar como cuerpo, como estado,
como risa. Porque, no hay hogar en las paredes,
ni en los cajones de los armarios. No.
Se habita en una piel, en el gesto donde la vida calza
y la boca espera. Se habita en el entredós,
que los demás no presienten, ni condenan, ni saben.

Me deslizo por tu piel ausente y me interrogo
para entender a dónde está la memoria, la lucidez
la inquietud del poeta. Para saber, también,
qué cosa de tu muerte, me anticipa el misterio.
Levanto el brazo con mi copa y digo tu nombre,
Lo que nos queda es brindar, lo sabías, porque
sólo son números en la estrategia del tiempo
estas palabras dichas o leídas como señales.
Aquí y allá, las encuentro para aspirar esta máquina
de destinos y tragarme fragmentos desconsolados.

Mientras el mundo… el mundo cree que descansa
sobre tu palabra de fuego.

NOCTURNO

Tengo una noche entre manos
y escribo porque tengo miedo.
Hay ruidos en el parque,
hay ojos al acecho, ojos amarillos,
salvajes, desorbitados ojos…
Huelo la incidencia del otro en mi desasosiego.

Planté semillas y caen orquídeas
sobre el ventanal despejado
¿Quién estará ahí, detrás de la transparencia
de mi vida doméstica?
Crece el terror en la sospecha,
en la figura sin rostro,
en la mirada desangelada.

Y conmigo respiran los fantasmas,
los conozco tanto o más que a estas paredes
y rincones limpios y gastados.
A mí, no me molestan los ruidos,
ni los silbidos de éstas ánimas
porque algunas emanan de mi piel

y las otras dibujan sudarios en el techo.
Hay que saber convivir con los espíritus.

Pero éstos, ahí afuera… están armados,
vienen ya perdidos de otra forma.
Buscan cosas mudas y esta casa,
es un lugar de bibliotecas.
Llevaron cables, canillas, heladeras,
electrónicos, piletas, palas, cobres…
¿Por qué nunca se llevan los libros?
Me pregunto.

Se escabullen, se agazapan
rompen vidrios, fuerzan puertas,
queman madera y el tiempo los calla.
Apenas balbuceantes o mudos
se acercan a mi puerta y temo
por sus actos y por sus almas.

Me acerco, los miro sin resentimiento
para recordarles que tengo la edad
de su infancia y las promesas de un mundo
menos cortante, menos gélido.

Tienen la mirada seca de rayas,
pero aún me recuerdan
enseñando letras en las primeras hojas.
Me apuntan, quisiera temblar, pero no puedo,
Los miro a los ojos y corren…
También hay que saber convivir con los cuerpos en pena.

Tengo esta noche ente manos y escribo
porque tengo miedo de perder el sentido…
el sentido… El sentido de la ternura
y de lo verdadero.

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Alejandra Mendé Buenos Aires 1956.

Publicó teatro, poesía, narrativa y ensayo: Cuadro Conjetural (1997), Hebra Mojada (ediciones Rebus, 1997), La obra del Señor Joyce (Omero libros, 2012), Letra Cardinales (Omero libros, 2013), Vera Mística (Editorial La Porteña, 2015), Escritura (Editorial La Porteña, 2017).

Dirigió la revista “La Juntaluz letra y arte” (1997-2002). Fue miembro del consejo de redacción de Omero poesía (1999-2009) y jurado del Concurso de Bibliotecología Fernando Baez (2007).