Moreno. Por Gonzalo Montenegro y Jerónimo Rodríguez

mORENO 1

Crónica del miedo a formarme
Gonzalo Montenegro

– ¿En qué pensás?
– En nada
– Todo esto es una cagada…
– Pienso en que estamos preparadxs. Que cuando la profesora hablaba, se me iban ocurriendo cosas que después ella misma, decía en voz alta
– Lo que nos espera, amiga
– Estamos preparados
– ¿Vos decís?
– Sí, relajá

El miedo de ser docente y tener que verse atravesado por cuestiones que exceden el enseñar porque, justamente, esos excedentes se les están escapando a alguien o a algo más. O quizás, para ese alguien, o algo más, esos excedentes que se escapan por todos lados, son vitales. Dan aire. Gustan. Quizás son uno de los tantos pasos necesarios para lograr el fin último… la destrucción completa de un modelo educativo particular para dar comienzo a otro, mucho más perverso y vacío, que enseñe lo lógico que puede ser el sometimiento y la costumbre de vivir en un mundo sometido.

En un mundo donde lo que excede al enseñar tiene lógica, está bien; es lo que corresponde.

El querer ser docente teniendo que lidiar con el miedo al ser docente.

Me vuelvo un intrépido, junto a mi amiga que me acompaña, cuando comparto ronda asamblearia con directivos y docentes de la escuela Marina Vilte. Gano coraje. Siento deseos de ser un par junto a ellos decidiendo si continúan con el cese de las actividades, o deciden recomenzar las clases.

Sandra y Rubén.

Sandra y Rubén y esos excedentes, que se escapan por todos lados.

Un excedente tan particular.

Que se escapa

por

todos

lados.

G A S.

Me vuelvo un intrépido, digo, al compartir con ellos su hambre de justicia. Pero no sólo por Sandra y Rubén. Se trata también, de una justicia histórica que proviene desde los pozos más profundos de la desidia y el abandono al que las escuelas en el distrito de Moreno se ven sometidas.

La Marina Vilte se encuentra a 6 km de la escuela 49 donde el excedente, que se escapa por todos lados, se llevó la vida de su vicedirectora y su auxiliar.
Al llegar, lo hacemos en medio de la asamblea (la Marina Vilte como todas las escuelas del distrito se encuentran en cese de actividades).

Durante el transcurso de la misma, mientras el director nos pone al tanto de la situación general, pienso en el barro en el que estoy metido.

¿Por qué?
¿Por qué quiero ser docente?
¿Por qué pasar por esto?
¿Por qué estudiar para bancarme el excedente?
¿Por qué estudiar para ser cocinero, remisero, gasista, psicólogo?
¿Por qué estudiar para ser pisoteado, ignorado y prejuzgado, no sólo por el estado sino también por aquellos que compartirán ese excedente conmigo?
¿Por qué estudiar para que mi excedente me haga volar por los aires?
Cuando la asamblea concluye salgo del colegio.
Giro la cabeza y la veo a mi compañera pensativa:
– Todo esto es una cagada – le digo
– Estamos preparados – me responde
Tomamos el micro.
Llegamos al acampe frente al consejo escolar.

Una bandera enorme de fondo dice:

‘‘¡¡SANDRA Y RUBÉN PRESENTES!!”

*

Que florezcan mil Vilte
Jerónimo Rodríguez

En el marco de la lucha que lleva adelante la comunidad educativa del popular distrito de Moreno, y debido a la conmemoración del día de maestros y maestras, hemos sido invitadxs a participar en una jornada de reflexión y lucha que se desarrolló, en primera instancia, en la escuela Marina Vilte, y luego en el consejo escolar del partido, en el que se encuentra un acampe luego del hecho trágico que terminó con la vida de Sandra Calamano y Rubén Rodríguez, dos trabajadorxs de la la escuela N° 49.

En un momento en que se profundiza el desánimo, que la situación socioeconómica resulta asfixiante para las mayorías populares, que los embates contra la educación pública son cotidianos, haber conocido la escuela Marina Vilte, a sus docentes y al centro de estudiantes –fundamentalmente– deja una profunda esperanza sobre nuestra comunidad educativa. Esta institución es también la realidad pero la que está en la vereda opuesta a la que se nos muestra en los medios de (des)información; la que se nos oculta adrede para quebrarnos anímicamente, para impedir que nos encontremos quienes seguimos creyendo en la potencialidad transformadora de la educación pública, quienes la entendemos como institución que debe crear sujetos críticxs que se cuestionen todo; por ejemplo, por qué Sandra y Rubén hoy no están físicamente.

El día estuvo cargado de emociones desde el minuto cero. Sobre todo, cruzado por sentimientos encontrados que oscilaban entre la felicidad –por conocer la escuela con su comunidad– y la tristeza, podríamos decir –por recordar los motivos que nos habían hecho encontrarnos–. Los momentos de reflexión interna mezclados con los sentimientos comenzaron antes de bajar del micro. Esto fue en la rotonda (o plaza) Fuentealba. Allí se encuentra un monumento a Carlos Fuentealba, docente asesinado por la espalda por Fuerzas de (in)seguridad de la provincia de Neuquén en el año 2007. Además, en todo el césped de esta rotonda se encuentran clavadas imágenes de Sandra y Rubén; lo que inmediatamente me llevó a trazar una línea entre estas tres víctimas y pensar sobre el destino común, salvando algunas diferencias obvias.

Lo primero que aparece en mi cabeza es la imagen de los responsables políticos de estos trágicos finales. Allí encuentro un hilo del que tirar. Ideas sueltas se vienen una tras otra: Eugenio Burzaco, asesor en materia de seguridad del gobernador de Neuquén, Sobisch, en 2007; Sobisch, quien es aliado de Macri desde que este asumió como Jefe de Gobierno porteño; Macri que, como presidente, nombró a Burzaco como Secretario de Seguridad de la Nación. “El ajuste no cierra sin represión”. Como dije, ideas sueltas en tan sólo unos segundos. Pensamientos que tal vez valga la pena ordenar en algún momento para comprender mejor algunas cosas. Solamente algo me quedó claro, para este gobierno la muerte es una variable que se puede discutir.

Lo que siguió a este momento amargo del viaje fue el descenso en la escuela Marina Vilte. Llegamos y vemos gente joven pintando. Inmediatamente nos enteramos que eran lxs pibxs del centro de estudiantes, lo cual me generó cierto entusiasmo. Es decir, pibxs que no iban a tener clases en un tarde soleada y que podían estar haciendo cualquier otra actividad, se encontraban pintando su escuela. Seguido a esto, entramos al establecimiento donde se encontraban autoridades y docentes en asamblea debatiendo sobre la avanzada del gobierno hacia la educación pública y las circunstancias particulares del distrito donde estábamos. Allí se habló un buen rato sobre diversas cuestiones de las cuales, en algunas, parecía haber un acuerdo –podría arriesgar– unánime. La defensa irrestricta de la educación pública, la importancia de estar en todos los espacios de lucha y reflexión, avanzar hacia la construcción de una unidad real de la comunidad educativa que incluya a las familias de lxs alumnxs, la necesidad de hacerse de la herramienta política como instrumento de transformación social que poseemos las clases subalternas, y otras que al día de hoy se me escapan. Pero hay una idea que fue planteada, la cual ya habíamos charlado en clase, y es la necesidad de pensar la política educativa en el marco de un proyecto político más amplio; la educación inexorablemente se enmarca en un modelo de país (¿o de colonia?) que lleva a cabo cada gobierno cuando le toca tomar las riendas del Estado. Es por ello que considero importante resaltar el carácter militante de los docentes allí presentes. Digo militantes en el sentido que Paulo Freire lo señalaba:

El maestro es, necesariamente, militante político. Su tarea no se agota en la enseñanza de las matemáticas o la geografía. Su tarea exige un compromiso y una actitud en contra de las injusticias sociales. Luchar contra el mundo que los más capaces organizan a su conveniencia y donde los menos capaces apenas sobreviven. Donde las injustas estructuras de una sociedad perversa empujan a los ‘expulsados de la vida’. El maestro debe caminar con una legítima rabia, con una justa ira, con una indignación necesaria, buscando transformaciones sociales

Todo esto quedaba plasmado de manera explícita cada vez que una persona tomaba la palabra en esa asamblea, que ahora se volvió más numerosa por nuestra participación.

Finalizada esta charla/debate –que hubiera podido continuar durante horas pero que el cronograma nos obligaba a interrumpir– nuestra actividad continuaba a unas cuadras, en el acampe montado frente al Consejo Escolar. Mientras íbamos saliendo lentamente me dispuse a mirar con un poco más de atención lo que nos comunicaban las paredes del Vilte.

En la entrada, una pared tenía un dibujo de gran tamaño que llamó mucho mi atención debido a la conexión inmediata que pude hacer con el nombre de la institución. Este mural expresaba todo lo que estaba pasando en nuestro día, era el rostro de una mujer con el mapa de Nuestra América en forma de pañuelo que sentenciaba con letras enormes “Aquí se respira lucha”. Mi atención recae en la tez morena de esta mujer, lo que me hace volver sobre el nombre de la escuela, ya que en la asamblea nos habían contado el origen y quién había sido Marina Vilte, su militancia, su lucha, su encarcelamiento y posterior desaparición. Si bien desconocía la historia de esta enorme mujer (me reprocho por ello) había una serie de datos que no me resultaban para nada ajenos. Mujer, jujeña, luchadora, perseguida, encarcelada: Marina Vilte, en el primer desembarco neoliberal en el Estado; Milagro Sala, en el tercer –y actual– desembarco neoliberal. Como sostiene Ana María Ramb sobre Milagro, pero lo podemos hacer extensivo a Marina, “el avance de la criminalización de la protesta la tomó como un blanco favorito, acosándola con condenas persecutorias, carente de pruebas reales, con las que buscan disciplinar al conjunto social, mediante el hostigamiento y la humillación de una líder social por su género: es mujer; por su origen étnico: es coya; por su origen de clase: es proletaria. Y, sobre todo, porque demostró lo que pueden la organización y el trabajo solidario de los más desposeídos para construir poder popular”.

Última etapa de nuestra tarde. Llegamos al festival, nos acercamos al escenario, repartimos algunos escritos que se habían realizado para la ocasión, se toman entrevistas, se charla con quienes están bancando desde los primeros días, es un momento de mayor individualidad. Por mi parte, decido acercarme hacia donde está el puesto de comida del Centro de Estudiantes del Vilte. Quería ponerle rostro a lxs responsables de esos murales tan combativos que decoraban las paredes de la escuela. La composición etaria del festival tenía su correlato en el puesto: pibxs entre 14 y 17 años. Pibxs que estaban luchando para exigir justicia por Sandra y Rubén, por una educación pública en condiciones dignas y que, además, se encontraban juntando fondos para costearse un micro que los lleve a la movilización en conmemoración por “La Noche de los Lápices”. Otro hecho con el que se puede trazar un hilo conductor.

De esta forma fue concluyendo nuestra actividad como había comenzado al llegar al Vilte: mirando con admiración a lxs pibxs que se organizan y luchan.
Después de tantos sentimientos encontrados, la conclusión que me deja esta jornada –al igual que otras– es que debemos redoblar esfuerzos, debemos ser activos políticamente, porque esa es nuestra herramienta y porque si la política no la hacemos nosotrxs –lxs pobres, lxs trabajadorxs– la hacen ellxs, lxs CEO’s; y estamos viendo lo que pasa cuando ellxs la hacen.

Final del recorrido. Llegamos a la universidad. Miro el celular. Si no fuera ateo diría que fue una señal divina pero como lo soy diré que se debe al hecho de vivir en la era de las redes sociales y a mi ideología política. Unos días atrás había compartido en mi Facebook un dibujo del portal La Tinta, en el cual un hombre mayor exclama “la juventud está perdida”, a lo que una joven, mientras mira por la ventana una movilización estudiantil, responde “creo que la encontré”.

Yo esa tarde me terminé de convencer que también la había encontrado.

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Gonzalo Montenegro es estudiante del Profesorado de Lengua y Literatura en la Universidad Nacional General Sarmiento, radicada en el conurbano de la Provincia de Buenos Aires.
Fiel creyente en la educación pública, popular, gratuita y de calidad, y en la política como herramientas principales de transformación para vivir mejor.
También disfruta de escribir sandeces por las noches y las mañanas en su blog https://palomasyplazas.blogspot.com/


Jerónimo Rodríguez vive en San Miguel, tiene 27 años. Estudiante del Profesorado Universitario de Educación Superior en Historia (Universidad Nacional de General Sarmiento), y primera generación de universitarios en su familia.