Ilustraciones: Mercedes Domínguez

Los años del mayordomo

La infancia del escritor que fundó la crónica literaria en Argentina y el crack del ´29.

Por Fabian Domínguez

 

 

Miguel salió al patio de la casa roja, observó las ramas de los frutales y suspiró. El viento sur le golpeó el rostro pero no limpiaron las nubes negras de su pensamiento. Era el mejor momento de su vida y le acababan de dar un ultimátum. Esa felicidad de días mansos y tranquilos fueron arruinados unos meses antes por el fascista José Uriburu, quien decidió transformar el país en un cuartel. Ahora su propia esposa, esa mujer fina, culta y que tanto amaba, era quien lo instaba a quemar las naves para invertir en la educación de sus hijos. No iba a ser fácil dejar esa estancia en el mejor valle de la Patagonia para emprender una aventura con destino incierto. Miguel Esteban Walsh nació en Lobos, donde su papá tenía una estancia de 2500 hectáreas que perdió en apuestas. Al parecer el problema de la ludopatía siempre estuvo en los Walsh, su abuelo, su padre y uno de sus hermanos lo sufrieron, perdiendo sumas que les cambiaron la vida. Ahora él mismo era empujado a hacer una apuesta a todo o nada, dejar la administración de la estancia y largarse a la aventura de una chacra propia. Dora lo exigía, y sus cuatro hijos merecían algo mejor que la vida silvestre en una isla en medio del río Negro.


Rodolfo Jorge Walsh nació el 9 de enero de 1927, en Rio Negro, en la tierra más fértil de la Patagonia. Ya entrado el siglo XXI, el pueblo de Lamarque encaró la cruzada de proclamarse como lugar de nacimiento del escritor. En aquel año, ese espacio apenas era un caserío, conocido como pueblo nuevo, con algo más de 200 pobladores y con un personaje famoso por medir 2,46 metros: Noel Berthe. A Walsh lo anotaron en el registro civil de Choele Choel, a más de treinta kilómetros de la casa de sus padres, lugar donde nació. En 1942, cuando el autor ya tenía 15 años, el poblado natal recibió su nombre actual: Lamarque.

Pero no queremos hablar ni de la obra ni del autor de Operación Masacre, sino describir a su familia y esa época en la cual él vive en la Patagonia y, luego, se va a vivir a un pueblo bonaerense. Entender ese tiempo nos permite comprender la crisis del 30, la década infame y el destino al que son sometidos los pobres de nuestro pueblo cuando llegan a la pobreza más absoluta.

La casa de Walsh estaba en el establecimiento El Curundú, dedicada a la cría de ganado y producción de forraje. A diez kilómetros del centro del pueblo, la vivienda, pintada de rojo, hoy se encuentra en perfectas condiciones, a pesar de ser centenaria, dentro del predio de la empresa Expofrut. En aquella época la estancia se llamaba Santa Genevieve, tenía 15000 hectáreas y era propiedad de Víctor Manuel Molina, ministro de Hacienda del presidente Marcelo T. de Alvear. Molina visitó el lugar de manera asidua mientras vivió en la zona; al instalarse en Buenos Aires espació la visita una vez al año.

Lo cierto es que la familia Walsh, conformada por un matrimonio descendiente de irlandeses, tenía casa, comida y un sueldo para afrontar las necesidades básicas y algo más. No eran dueños, pero disfrutaban de un caserón grande, una arboleda destacada y extensiones de campos, donde pastaban caballos, vacas y ovejas. Con seis empleados a cargo y la incorporación en temporada de esquila de veinte esquiladores, la estancia tenía una dinámica propia y el mayordomo que gerenciaba el lugar era la persona más importante.


Miguel Walsh no termino el primario, apenas tenía tercer grado. Sabía jugar a las bochas, bolear avestruces y era muy buen jinete. Se dedicaba al arreo de ganado en el mismo frigorífico donde trabajaba Dora y allí se conocieron, al iniciarse la década de 1920. Ya casados se fueron a probar suerte a la Patagonia. Tuvieron dos hijos, Miguel y Carlos Washington. Al tercero la madre quería llamarlo Valentino, como el actor que tanto admiraba y que murió cuando ella estaba de cinco meses de embarazo. Miguel se opuso a ponerle un nombre italiano a un descendiente de irlandeses pero aceptó llamarlo Rodolfo, nombre de pila del actor. Dos años más tarde vendría Héctor y, ya mudados a la provincia de Buenos Aires, nacería Catalina.

Los empleados llamaban “Migüelche” a Miguel, juntando su nombre con el término “huelche”, un término mapuche, tal vez para designarlo tehuelche y no araucano. Hincha de River Plate, votaba por el partido radical, como su patrón. Todas las noches jugaba a las cartas con el comisario local, el médico del pueblo y el maquinista del ferrocarril. Nunca decía malas palabras delante de sus hijos hasta que se produjo el golpe de Estado de José Evaristo Uriburu, el militar criollo que imitaba a los alemanes y por eso lo llamaban General “von Pepe”. Desde entonces Uriburu pasó a ser sinónimo de mala palabra para los chicos Walsh.

Dorotea Gill nació en Junín, hablaba muy bien inglés y era telefonista en la empresa frigorífica Armour. Hacia 1915 su hermano William partió a sumarse a los irlandeses que buscaban liberarse del yugo de Inglaterra, cuando esta última estaba concentrada en la Gran Guerra pero a mitad de camino se arrepintió y se sumó a combatir con las fuerzas británicas. El 17 de agosto de 1925 llegó de visita a la Argentina el príncipe de Gales, Eduardo de Windsor, heredero de la corona británica, quien fue vitoreado por una multitud. Las crónicas de la época dan cuenta que visito la estancia Huetel de 25 de Mayo, donde comió asado con cuero; que en Buenos Aires escuchó al dúo Gardel-Razzano; y que al, asistir a una función en el teatro Colón, se quedó dormido. Entre las actividades protocolares entregó una medalla a la familia Gill por defender la libertad y el honor. William había muerto en la isla griega de Salónica al pisar una mina y volar por los aires. Esa heroica vida flotará en el recuerdo familiar y Rodolfo esbozará algunas líneas para contar las aventuras de su tío Willie.

Cuando el chofer de la estancia llevaba a Dorotea a Choele Choel, ella se sentía una persona importante aunque solo fuera una habitante más de Santa Genoveva. A ella no le gustaba para nada el campo, se sentía una extraña lejos de la ciudad, y se hacía traer cosas de la tienda Harrod´s, además de revistas extranjeras, para estar actualizada. Durante las visitas del patrón Molina venían otras personas, familiares o amigos, todos de clase alta, cosa que Dora disfrutaba; era como codearse con la alta sociedad. Es evidente que las charlas con Molina influyeron en la perspectiva de Dora sobre la educación, ya que el Ministro fue fundador de la Escuela Superior de Comercio Carlos Pellegrini, uno de los principales establecimientos de formación media del país, y director de la Revista de Ciencias Económicas. Molina era muy influyente en la política argentina, asumiendo como diputado el mismo año que eligieron presidente a Hipólito Yrigoyen, quien a su vez lo nombró como gobernador del Territorio Nacional de Rio Negro, cargo que ejerció entre 1920 y 1924.

En las afueras de Lamarque los chicos no paraban de jugar todo el día. Montaban a caballo, curioseaban la esquila de ovejas en temporada, asistían a la yerra del ganado, presenciaban el nacimiento de terneros o potros. De esa época viene la observación de los vuelos de los pájaros y la vocación de Rodolfo por volar. Al final será Carlos el aviador y a su hermano menor le quedarán los oficios terrestres. Imposible que cuatro niños no hicieran travesuras y si el padre se enteraba les daba un chicotazo con el rebenque para marcar algún límite, jamás una paliza. De eso se encargarían las monjas, más adelante.

Rodolfo Walsh recordó su terruño, pero no de manera nostálgica sino como escenario de alguno de sus cuentos. El lugar está rodeado de río, porque se trata de la isla grande de Choele Choel, con 35000 hectáreas, ubicada en el valle medio del rio Negro, que hoy tiene tres localidades: Pomona, Luis Beltrán y Lamarque. El río caudaloso se forma con el Limay y el Neuquén, en algún momento se abre en dos brazos, para formar la gran isla, para luego volver a ser un solo cauce.

“Lamarque era un pueblo de quinientas almas, sobre el Brazo Chico del río, en el sur de la isla, pero su relación obligada en tierra firme era Choele Choel, que estaba al norte, sobre el Brazo Grande, y ahora es ciudad y ha progresado mucho”, escribe en el cuento “Trasposición de jugadas”. Se trata de los casos del comisario Laurenzi, son tres cuentos, cada uno en un lugar distinto del país, uno de ellos en Lamarque. [1]

Rodolfo retrata a un comisario resolviendo un caso en Cholele Choel. Es posible que el comisario Laurenzi, buen jinete, peón de un ministro en su juventud y vecino de Lamarque, esté inspirado en su propio padre. Sobre el destacamento policial de Lamarque dice que “la gente lo llamaba comisaría pero que, en realidad, era un rancho con una pieza y la cocina”.
En aquella época se pasaba el Brazo Grande en balsa. “Se manejaba a pulso desde arriba, con una especie de cabrestante y una maroma que atravesaba el río y estaba sujeta a un poste en la otra orilla. En el verano, cuando había bajante, solía quedarse varada en el barro, o a lo mejor había que ir a tomarla en el centro del río”, describe Walsh.

En algún tramo del cuento el comisario dice: “a veces me pregunto cómo sería si me hubiera quedado. A lo mejor tendría una estancia, o por lo menos una chacra y un caballo”. Con el tiempo una de las parejas de Walsh, Poupée Blanchard, escucho varias veces hacerse esa misma pregunta al propio escritor.

En esa región sudeste de la isla está la estancia Santa Genoveva, donde Walsh se enamoró del agua. De adulto tendrá una casa en el Delta del Tigre y, ya clandestino y perseguido, busca la ruta de los lagos bonaerenses, por eso se instala en San Vicente, cerca de las lagunas de Lobos, San Miguel del Monte, el mismo San Vicente, y algo más al sur Chascomús.

 


 

En Lamarque la madre se dedicaba a la formación de sus hijos, y les leía todas las noches algún clásico, entre ellos Los Miserables, de Víctor Hugo. Cuando entraron a la edad escolar la preocupación de ella creció. Los establecimientos de la región no eran de la calidad que aspiraba. Los Walsh deciden dar un golpe de timón, dejan la Patagonia y se lanzan a probar suerte en la llanura bonaerense.

Miguel Walsh arrendó pocas hectáreas en Benito Juárez, con la intención de sembrar trigo, cebada, maíz, en definitiva ser un chacarero. Rodolfo cumplió 6 años antes de mudarse a la nueva casa, ubicada en el pueblo. Pronto nació la hermana menor. Los varones van a una escuela religiosa de monjas italianas, privada y paga. Además tienen campo para correr y, como la zona forma parte del complejo serrano de Tandilia, hay elevaciones como El Sombrerito para escalar y la laguna San Antonio para nadar y pescar- [2]

El sabor amargo que Miguel siente en la boca es el sabor de la década infame, con corrupción política y castigo a los pobres. Los resultados del campo no son los mejores, la cosecha es buena pero la crisis económica internacional, desatada con el crack de la bolsa de Nueva York en 1929, tendrá repercusión en la década de 1930 con el derrumbe de los precios de granos. La apuesta de Miguel salió mal y, para peor, el antiguo patrón que podía darle una mano, Víctor Molina, murió en octubre de 1933.

La quiebra de chacareros se repetía mes a mes. Los Walsh soportaron chubascos financieros hasta que un temporal de lluvia en 1936 fue el golpe definitivo para que la economía familiar se derrumbara. Perdieron el campo, se mudaron por poco tiempo a Azul, donde les remataron lo último de valor: los muebles, el piano y el auto. El descenso social era una realidad. La familia se separa y nunca más volverán a estar bajo un mismo techo, aunque en ese momento no lo saben. Los hermanos mayores fueron a la casa de una abuela, en Buenos Aires, para continuar sus estudios. El 5 de abril de 1937 Rodolfo y Héctor, con 10 y 8 años, entraron en un colegio irlandés de Capilla del Señor, regenteado por unas monjas muy violentas a la hora de educar niños. Era para hijos de chacareros y huérfanos, y Miguel se conformaba con que los menores comieran todos los días y tuvieran abrigo. Pero las monjas eran capaces de ejercer presión psicológica y recurrir a la violencia física más cruel y sádica, obviando el cariño o la ternura, tal como las recuerda el propio Rodolfo.

Miguel y Dora fue la cuarta generación de irlandeses casándose con irlandeses. Sus cinco hijos quebrarán esa tradición. En algún momento, sus ancestros fueron la nobleza del campo, luego las generaciones venideras vivieron crisis que los hicieron descender sin comprender las razones, formando parte de la clase media más desorientada. Walsh sostiene en su diario que en su mayoría esos desclasados “serán reaccionarios, apolíticos, mediocres, adheridos a valores ya inalcanzables”.

El matrimonio se instaló en una pensión de la calle Moreno, junto a la niña. Dora odia el campo y, ahora, en plena ciudad, odiaba ser pobre. Miguel camina todos los días el puerto de Buenos Aires, lejos de los caballos, del campo y los amigos de Lamarque. Llega a la madrugada, cuando la neblina gris del río marrón empieza a disiparse y el viento húmedo y frío se pega en su cuerpo. Se instala en la entrada de uno de los galpones portuarios y, cuando el sol aún no asoma, sale el capataz para contratar estibadores. Cientos de manos se estiran para mendigar un puesto. Sabe que los años del mayordomo no volverán, y que la aventura de la chacra propia fracasó. Cuando no logra ganar el jornal hombreando bolsas se amarga: ese día, sin un solo mendrugo de pan, en su casa pasarán hambre.


NOTAS

[1] Se puede ver la adaptación de este cuento para televisión en la serie Variaciones Walsh, en el sitio
https://www.youtube.com/watch?v=9GHzboHJU10&t=193s

[2] Recomendamos el documental de Luciano Zito, Walsh, reconstrucción de un hombre, el cual se divide en cuatro capítulos de 30 minutos cada uno:
https://www.youtube.com/watch?v=gW3r78G3WG4&t=1078s