La última batalla del general Espejo. Por Fabián Domínguez

Ilustraciones de Pablo Andrés Larroca.

Algunos analistas literarios gozan de manera perversa al decir que la literatura argentina nació con una violación. Se refieren al grupo de mazorqueros que sodomizaron a un unitario en el cuento de Esteban Echeverría, El Matadero (1837), publicado post mortem. El que publicó Facundo (1845) en vida fue Domingo Faustino Sarmiento, mestizando géneros como biografía, ensayo y panfleto. En el campo de la crónica hay quienes dicen que Una excursión a los indios Ranqueles (1870) de Lucio V. Mansilla, funciona como un blog que relata las peripecias en territorio tehuelche. Lo que no se sabe mucho es que Gerónimo Espejo, un cadete mendocino, escribió día a día la experiencia del ejército que cruzó los Andes. El texto lo perdió en 1818, hace doscientos años, y no hay manera de confirmar la versión. De ser cierta aquel adolescente sería el primer cronista narrativo de estos pagos y su tema sería un acto heroico, no una situación humillante.

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Una maldición recorre el manuscrito del paso de la cordillera. La maldición de la bitácora de los Andes lo persiguió toda su vida. El general Gerónimo Espejo sabe que no existen las maldiciones, pero a la vez es víctima de una serie de circunstancias que impiden que dos textos salgan a la luz. Ambos relatan lo mismo. Ahora, con 75 años, sentado en su escritorio de madera, muy cerca de la salamandra que lo ayuda a enfrentar el frío, con una hoja de papel en blanco delante, un tintero a su lado y una pluma en su mano dubitativa, se dispone a escribir por tercera vez en su vida el hecho más importante de la historia de América. Lo acaban de ascender a general como integrante del cuerpo de Guerreros de la Independencia, pero sus principales combates en el campo de batalla los protagonizó entre los 15 y 30 años. Durante tres lustros cabalgó por América para abrir las puertas de la libertad, y luego decidió enredarse en el laberíntico mundo burocrático. En el escritorio tiene un retrato propio, pero no un óleo ni una acuarela, se trata de una técnica de moda: la fotografía. Le recomendaron ir a lo de Cristiano Junior, pero optó por otro lugar donde se sacó una foto de estudio, con uniforme de gala, tres condecoraciones en el pecho, otra colgada del cuello, un cortinado detrás, el casco sobre la mesa que lleva como mantel la bandera de Perú, y su mano izquierda apoyada sobre la espada recta que cuelga de su cintura.
Mendoza, Santiago de Chile, Lima, Guayaquil, Buenos Aires, Brasil, fueron los escenarios donde se movió pero siente que fue testigo, combatiente y cronista de una hazaña épica única al luchar contra los Andes. Si en el principio fue el Verbo, el verbo que dio inicio a la Argentina fue pelear, incluso contra la naturaleza. La cordillera fue el manantial de la libertad de los pueblos, y él derramó tinta para contar la hazaña a las nuevas generaciones. De aquella crónica no quedó nada. La escribió dos veces y las dos versiones las perdió en desbandadas, la primera ante enemigos y la segunda ante compatriotas. Ahora sonríe con amargura mientras entinta la pluma y recuerda. Sabe que no pasara a la historia por sus tácticas de guerra, pero aspira que al esgrimir la pluma perviva la memoria de la Patria.

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La fama de los Granaderos a Caballo se extendió por el país luego de la batalla de San Lorenzo, y él fue uno de los primeros que se acercó a la base El Plumerillo y pidió ser parte. No lo aceptaron por menor, pero se fue con la alegría de ver al Jefe montado y recorriendo el campo de entrenamiento. Con quince años, luego del primer fracaso, y la insistencia de su padre moribundo, le permitieron sumarse al Ejército de los Andes en el cuerpo de ingenieros. Ingresó como Cadete y todo le parecía grande: el fusil, el uniforme, el morrión, las botas. La salida al campo para entrenarse fue peor de lo que esperaba, entendió que la crueldad en el trato era una invitación a desertar. En menos de tres meses tenían que combatir en Chile, del otro lado de la montaña, pero antes se imponía cruzar la mole de piedra milenaria por lo que para escalar y combatir debía prepararse. En noviembre de 1816, cuando describió la jornada de entrenamiento en un papel, su mano era firme. No desertó, por las noches se desahogaba y asentaba todo en su diario, quería registrar el ritmo afiebrado del lugar.
No era un secreto, pero no quería difundir su actividad, hasta que su oficial a cargo lo vio escribiendo. El jefe leyó y se tentó de risa con los detalles del orden cerrado, las caminatas y las estocadas de espada, pero no le pareció mal que uno de sus soldados escribiera. Otros oficiales supieron del escribiente, y la novedad del hombre que llevaba un diario de campaña llegó a oídos del Jefe del Ejército, quien lo mandó a llamar:

Cuando entremos a Santiago quiero leer su apuntes- fue lo único que le dijo el Comandante. La primera noche de enero que pasó en la montaña, tuvo mucho frío. No estaban en una altura importante, el cielo se mantuvo puro de nubes y el viento se presentó apenas desapareció el sol. La compañía armó una fogata y en torno a ella los soldados entraron en calor. Gerónimo quiso escribir, pero sus manos temblaban de frío. Con el paso de las noches se habituó al clima y el texto creció: el cruce, las escaramuzas, la bajada, Chacabuco, la entrada a Santiago. El General nunca lo convocó. Pasaron las semanas, lo destinaron al sur, estuvo en Talcahuano, regresó y sucedió la desgracia: Cancha Rayada. Días más tarde, reorganizados, lo llamaron de Jefatura.

Perdí mis apuntes en la noche de Cancha Rayada – fue su excusa. El nuevo hombre fuerte de Santiago lo miró fijo un rato largo. Espejo no le pudo sostener la mirada, bajó la vista y la clavó en sus botas de montar. San Martín sabía del valor de aquel joven al que vio combatir en Chacabuco, y en pocos días confirmaría esas dotes al participar de Maipú, por lo que recibiría un cordón de plata honorífico por parte del gobierno de las Provincias Unidas. El Libertador, que lo tiene en sus planes para su próxima campaña, le entregó una medalla de plata.
Gerónimo Espejo fue ayudante en el Estado Mayor de la expedición al Perú. La orden específica fue llevar el diario de la campaña. Cada vez que el Jefe necesitaba escribir un parte, elevar un informe o completar una bitácora convocaba a su escribiente, que rondaba los veinte años. Leía su cuaderno, tomaba nota y se lo devolvía. Durante muchos años el soldado mendocino cargó el diario de la independencia del Perú. Su baúl se fue llenando de libros, documentos y los apuntes personales de experiencias vividas en tan poco tiempo.
A los veinte años, siendo teniente de artillería, sumó una nueva distinción, la medalla de oro del Ejército Libertador del Perú; y poco tiempo después, ya como capitán, recibió la Orden del Sol del Perú. Pero el oficial estaba concentrado en un trabajo secreto: la reescritura del Cruce de los Andes, aquel diario perdido en la batalla de la derrota. Lo fue haciendo de a poco, con su escaso tiempo libre, sumando información que aportaban otros soldados, guardando archivos, documentos oficiales y partes. Además de su experiencia sumaba la que pudo saber de los otros pasos cordilleranos. El combate por la memoria para que aquello no se transformara cascara del tiempo era difícil de ganar, y en su interior insistía en terminar el texto y publicarlo. Mientras tanto la vida seguía con ímpetu, con la creación de nuevos espacios políticos, se construían estados, unían naciones, defendían territorios y a veces guerreaban entre hermanos.
Estuvo en Guayaquil, como parte de la pequeña comitiva que acompañó al Jefe, y esa situación lo condenó a no encontrar un lugar en el ejército de Bolívar años más tarde, por lo que debió regresar a Buenos Aires en 1824. Espejo apenas tuvo tiempo de cambiar sus ropas y partir a una nueva guerra, esta vez con el grado de mayor, a combatir contra los brasileños recién declarados independientes. Martín Rodríguez, Carlos María de Alvear, Juan Galo Lavalle, José María Paz fueron algunos de sus generales jefes, todos con experiencia militar en las guerras por la independencia.

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Formó parte del estado mayor que logró el triunfo en Ituzaingó, y con apenas 26 años fue distinguido con nuevas condecoraciones y el ascenso a teniente coronel. Festejó las otras victorias, aunque al final la posesión de la Banda Oriental terminó de manera dramática, con la creación de un nuevo país que tomó su nombre del río que lo contornea. Luego vino el fusilamiento de un rebelde, un caudillo, un carismático guerrero por la independencia: Manuel Dorrego. Los baúles con los documentos y diarios fueron resguardados en la casa de un amigo y él viajó al interior ante la atomización política de la Argentina. La segunda versión sobre el Cruce de los Andes estaba casi completa, solo faltaban algunos detalles. Cuando se volviera a reunir con su archivo, le daría la estocada final.
Se instaló en Córdoba, colaboró con el gobernador José María Paz, y combatió en Oncativo. Un cañonazo mató a su caballo y él rodó por el suelo. Pidió otro corcel, se reintegró a la batalla y un balazo certero hirió al segundo corcel. Volvió a su pago chico: Mendoza. La mitad de su vida había guerreado, y no sería diferente en su tierra. Después de pelear contra enemigos externos por la independencia, se mezcló en la guerra entre hermanos, y en su tierra le tocó pelear y ganar en el Totoral, contra montoneras pehuenches. Otra vez le tocó vivir una derrota, esta vez en Rodeo de Chacón contra las tropas de Juan Facundo Quiroga. Caído el gobernador de Mendoza y alejado del de Córdoba, combatió en la batalla de Ciudadela siendo coronel, y la derrota le valió el exilio, por ser un salvaje unitario.
En Bolivia lo recibió el mariscal Andrés Santa Cruz y eso le permitió dedicarse a la escritura. En 1839 recibió la carta del amigo que guardaba su material. El rostro serio se Espejo se puso sombrío, una mala noticia lo golpeó. Los cambios políticos hicieron entrar en desgracia a su amigo, a quien le confiscaron propiedades, entre ellos los baúles con toda la documentación del militar historiador. La segunda versión del Cruce de los Andes se perdió en la confiscación.

Convencido de que el texto del cruce de los Andes estaba maldito, se dedicó a otros temas.
Regresó en 1853, cuando la Argentina ya tenía Constitución y se intentaba armar el Estado. Tareas menos castrenses lo ocuparon durante varios años, como ser legislador, administrador en algún ministerio o inspector del Ejército. Mientras tanto seguía escribiendo las crónicas de la independencia. Aunque su principal obra esperaba ser reescrita él decidió que esa moneda de mil caras llamada memoria cayera de cualquier lado. Con más de medio siglo carcomiendo sus huesos, decidió que el relato del Cruce cargaba con una sombra y no valía la pena esforzarse para contar aquella experiencia. La tarea burocrática fue su vida desde entonces, entre la función pública y los libros. Entre los hechos trascendentes que ocuparon su tiempo libre de investigación y su escritura estuvieron Maipú, Monteagudo, Guayaquil, la sublevación de El Callao, la independencia del Perú. Mientras tanto le llegaban versiones sobre el Cruce escrita por otros autores. Algunas falaces, otras fantasiosas, otras eran copias de las anteriores. La batalla por la memoria la estaba perdiendo.
Muy entrado en años, todavía no contrajo matrimonio. Ya podemos decir que el amor no fue culpable de su muerte, como ocurrió con Ramírez por Delfina, o Lavalle por Damasita. En cuestiones del corazón su trazo fue similar al de Paz, que se casó con su sobrina, en su caso con Carolina Espejo.

Ya anciano, volvió a intentarlo. Ahora, sentado en su escritorio de madera, con 75 años, muy cerca de la salamandra que lo ayuda a enfrentar el frío, con un tintero a su lado, una pluma en su mano y una hoja blanca delante, se dispone a escribir sobre el hecho más importante de la historia de América. Carolina, su sobrina, o su esposa, o quien sea esa chica, le alcanzó un poncho para abrigarse. No era la primera vez que lo intentaba, era la tercera. No era fácil empezar, pues había construido una montaña de olvido. La tarea de la desmemoria no fue tan eficiente, por eso tenía chispazos de imágenes de aquello que fue testigo. En su biblioteca estaban los libros de consulta de Mitre, Barros Arana, Domínguez, Vicente López entre otros; en una mesa vecina archivos y periódicos; en un baúl resguardaba cartas y asientos contables.
Ha llegado por fin la ocasión, anunciada en otros fragmentos históricos que han visto la luz, de contraerme a demostrar este gran episodio de la historia argentina: el Paso de los Andes. No es la Introducción de la obra. Espejo decidió llamarla Advertencia. Desde que ingresó al Ejército pasaron seis décadas que cambiaron al mundo. España dejó de ser un imperio poderoso y era una potencia en decadencia; Francia dominó Europa, después su comuna parisina fue asediada y Napoleón revivió en una mala copia con su sobrino; Inglaterra entró a la época victoriana; y nuevos países como Alemania o Italia se consolidaron. Europa tuvo nuevos imperios, pero a la vez expulsó a sus clases bajas, quienes migraron a América. El niño Gerónimo salió de su casa a pie, cruzó los Andes en mula, cabalgó por los nuevos países americanos y, ya de grande, dejo de lado las viejas carretas para viajar en tren. En mayo de 1876 se rompió la maldición y el militar que cruzó la cordillera junto a José de San Martín para liberar naciones puso punto final a su testimonio bajo el título El Paso de los Andes.

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Los críticos literarios no se van a poner de acuerdo sobre la trascendencia del texto. Espejo no figura en ninguna lista de cronistas literarios, no es habitual tener militares escritores. Cuando terminé de escribir estas líneas descubrí el Compendio de las Campañas del Ejército de los Andes, firmado por un anónimo jefe amante de las glorias de su patria, publicado en 1825. Espejo conoció el escrito de apenas 20 páginas, lo corrigió, le agregó algunas escuetas anotaciones y confirmó que lo redactó el coronel José María Aguirre, tal vez el primer cronista narrativo argentino.

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Fabián Domínguez nació hace medio siglo en Santa Rosa (Corrientes), pero fue malcriado en el Gran Buenos Aires (Lanús, Martínez, San Miguel, Del Viso). Estudió varias carreras, pero terminó la de profesor de Historia, aunque antes ejerció el periodismo, oficio en el que descubrió su pasión por la investigación. Publicó en 1997 la primera biografía de Rodolfo Walsh (Bitácora de un clandestino), premiado por el Senado de la Nación; al año siguiente, en co-autoría con Alfredo Sayus, publicó sobre el principal centro clandestino de detención del Ejército durante la dictadura (La sombra de Campo de Mayo), y en 1999 dio a conocer una investigación sobre la década de 1970 en el distrito de Hurlingham (Apuntes del horror). Tiene un libro inédito sobre la el puerto de Buenos Aires, y sobre el primer apogeo del rock nacional. Está en proceso de escritura de su tesis de maestría en la Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS), a la vez que termina los últimos capítulos de una historia del partido de la Costa.Contacto: [email protected]