LA PARADOJA. Breve recorrido por la poesía de Carlos Héctor Trejos Reyes

Ilustración de Gabriel Carpita

Por Antonella I. Vulcano

No me volveré a armar
Contra los espejos oscuros de la poesía,
No me volveré a enfrentar contra mí mismo
[1]

Carlos Héctor Trejos Reyes

Carlos Héctor Trejos Reyes (Riosucio, Caldas, 1969), hijo de Esteban Alonso Trejos y Lilia Miriam Reyes. El menor de 12 hijos, al igual que Gonzalo Arango, de quien hereda acertada y peligrosamente la misión nadaísta de “no dejar una fe intacta ni un ídolo en su sitio”[2]. El único ídolo que, tal vez, conservó Trejos Reyes en su corta vida fue su madre, quien acompañó y padeció su oficio de poeta y renuente de todas las instituciones que procuraron ser parte de su vida. Ni jardín de infantes, ni bachillerato, ni universidad, ni orquesta; poeta y nada más. Así vivió, y al morir toda su historia quedó fragmentada, sólo dejó un nombre, tal vez una queja: Ahasverus.

En 1994 Trejos Reyes publica su primer libro de poesía, Poemas de Amor y Desamor, de donde, entre tantos otros, se puede rescatar un elemento inherente al poeta: el confinamiento. El desaparecido que encuentra su extensión sólo en el cuerpo de quien le da asilo. Los cuerpos en su estado más terrenal resguardando lo que a simple vista parece extinguido. Cuerpos como bibliotecas, como filmotecas de la historia de la poesía-desaparición, como si pudiese escucharse aún el eco de “yo sé que existo porque tú me imaginas/ soy alto porque tú me crees alto/ y limpio porque tú me miras con buenos ojos/ con mirada limpia […] pero si tú me olvidas / quedaré muerto sin que nadie lo sepa”[3].

En tus ojos me llevas a todas partes
Pero yo no me hallo en ningún lado.
Dónde estaré -me pregunto-
Ahora que nadie me reconoce, ni me escucha.
Ni siquiera me señalan los espejos.
Soy un desaparecido.
Sólo existo en ti, ojos adentro
Como un sueño.

En el poema “Abril 15 de 1938”[4] agoniza 56 años después, nuevamente, Cesar Vallejo, “su alma bruja baila la danza india”. Trejos Reyes, construye una bitácora de pronósticos de muerte, en la que no faltan palabras, augurios. No hay poetas suicidas mudos:

Sus pronósticos empiezan a encasillar
Letra a letra,
“Me moriré en París con aguacero
“.

Podemos animarnos a leer sus primeros poemas como iniciadores del mito construido alrededor de su muerte. El poeta suicida escribe sobre sogas y armas, el poeta suicida muere dos veces, una en la literatura y otra en la habitación de la niñez. Esta verdad es tan limpia y tan pura que sólo tiene un posible final: la sospecha. La literatura es una sospecha. La literatura de Trejos Reyes es una sospecha sobre la palabra, sin esta elección, hoy sería un nombre suicida en un cementerio de Riosucio y nada más.

Excepción

En casa de este suicida
Está permitido hablar de sogas,
De armas, de venenos, de precipicios,
De aguas profundas, de todo que a bien
Sirva para consumar una existencia,
Menos de amor.
Alguien podría incomodarse
Desde mi adentro.

El poema “Ahasverus” es la declaración del perdido, del que parado ante las bifurcaciones elige no elegir. Del que no tiene padre en la poesía. Del que es hijo de la madre que sigue viva muchos años después de él, en el mismo pueblo y en la misma casa, cocinando las mismas comidas, conversando con los mismos viejos vecinos, los que quedan. De la muerte que el poeta esquiva pero no niega. Rememorando tal vez lo que ya había escrito Arango en Muerte no seas mujer “miedo de mi vida algo fugitiva entre estas cosas menos importantes que yo, pero más imperecederas”[5])

Inclusive el abismo le será poco.
No será huésped en ninguna región,
Sólo será un viento acosado.
No tendrá padres, ni nombre común.
Su sombra apenas lo podrá seguir.
La posada siempre estará más adelante,
En dirección del nunca, del jamás,
Para él, no habrá paraíso,
No habrá infierno; ambas moradas
Serán despreciadas por su andar.
Ni siquiera lo detendrá la muerte.
Debe seguir hacia su desencuentro
.

Manos ineptas (1995) es tal vez uno de los libros más cargado de destrucción, mala suerte y dulzura que el poeta dejó. Trampas, infancia, la caza como oficio poético. El abandono y negación de todo lo que no se parece a la literatura y al mismo tiempo la consciencia de que todo puede ser literatura.

Trampas

La poesía tal vez la deba
A mis años de infancia.
Yo de pequeño, en vez de cazar pájaros,
Construía jaulas para atrapar nubes.
Las observaba en el cielo
Y me parecían aves más exóticas;
Porque podían de un momento a otro
Transformarse en más animales
O tomar diferentes formas.
Ahora que sé que no hay musas o hadas
Construyo palabras, para atrapar del aire
Lo que dice el silencio.

Manos ineptas, la imposibilidad de hacer, escribir o tocar algo que no sea poesía. La elección de negar todo lo demás (disfrazada de destino) es, en Trejos Reyes, un hilo conductor de toda su obra. La palabra en permanente lucha con el deseo, el deseo de la muerte en disonancia con las posibilidades literarias. El cuerpo del poeta que nunca responde a verdades establecidas, que respira como el desaparecido: desde la boca de otro.

Manos ineptas

Me acuerdo que alguien decía
Que en nuestras propias manos está el fin.
Yo busco las mías y me desconsuelo
Al ver lo que hacen.
Me dan pena. Son tan ineptas
Que hasta para consumar mi vida
No atinan en el blanco.
Ni siquiera saben empuñar un cuchillo.
Si jamás han acariciado un rostro,
Cómo pedirles que me dejen acariciar la muerte.
Son unas inútiles; semejan aburridas alumnas
Esperando el dictado; porque sólo para eso sirven
Para escribir palabras y voltear páginas.
Dichoso me sentiría si tuviera
Mis manos metidas en el fuego,
Pero para mi mala suerte
Las llevo metidas en la poesía.

Su amigo Conrado Alzate Valencia lo describe como un hombre de extrema lucidez, alegre, incapaz de elegir la muerte. Que su poesía hable o calle para siempre, pero lo último que hizo Trejos Reyes antes de morir, el 11 de septiembre de 1999, fue ir al dentista. Todo puede ser literatura. No había flores en su tumba.
Entonces, y sólo a modo de introducción, ¿cómo leer Trejos Reyes sin caer en la trampa de pensar su cuerpo como prueba poética de esa bitácora suicida? La inutilidad del verso, la imposibilidad de nombrar todo: Trejos Reyes, nos avisa -en su poesía- que su poesía no sirve para entender su vida. Una paradoja, un acertijo terrible que solo un poeta ingenioso y lúcido puede crear.

Verso inútil e incesante

Sólo un verso mal aprendido,
Que no sabré si es mío o ajeno,
Quedará como resumen de mi extravío
Y de mi merodeo en la poesía.
No será útil como epígrafe
Para saber de mi vida,
Ni servirá de epitafio
Para cuando me llegue la muerte.
Sólo será un verso que a cada rato olvido
Y que a cada instante recupero más maltrecho,
Sugiriéndome siempre otro dueño.
Verso que no hará parte de ninguna antología,
Y con el que no ganaré
Una palmada en el hombro, un corazón o un premio.
No servirá para nada.
No valdrá siquiera de contraseña
Para entrar al infierno.
Sólo unas cuantas palabras
Que incesantemente pierdo y encuentro.

(Obra inédita, 2006)


Notas

[1] “Ahasverus”, Ahasverus, 1995.
[2] Primer Manifiesto nadaísta, 1938.
[3] Ángel González. “Muerte en el olvido”, Áspero mundo ,1956.
[4] Ahasverus, 1995.
[5] “Muerte no seas mujer”, Amor sin manzana.


Material consultado

Arango, Gonzalo. Obra Negra, 1974.
González, Ángel. Áspero mundo, 1956. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2014.
Montoya Guiral, Albeiro, Carlos Héctor Trejos Reyes, antología poética. Santa Rosa de Cabal, 2011.

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