La burocracia de la muerte. La tarea del Equipo Argentino de Antropología Forense en las playas.

Por Fabián Domínguez

La avenida Rivadavia, en la ciudad de Buenos Aires, hace alarde de ser la más larga del mundo (aunque no lo sea). Nace en pleno microcentro, tiene 60 kilómetros, y llega a Luján transformada en ruta 7. Pero eso no nos interesa. En el barrio de Once, sobre la avenida más larga del mundo, están las oficinas del Equipo de Antropología Forense (EAAF), y Carlos Maco Somigliana nos recibe como en el living de su casa.

– ¿Querés mate o café?-, me pregunta con su aspecto de sabio bíblico, alto, de pelo entrecano largo y barba espesa. En invierno siempre se deja la barba.
– Mate…
– ¿Amargo?-, insiste con voz profunda.
– Sí, siempre tomo amargo.

Se va a preparar el agua y aparece con el termo en una mano y un mate de calabaza en la otra. Su andar lento, algo encorvado, le da un estilo. Nos preparamos para charlar sobre su trabajo como antropólogo forense en la Costa bonaerense y la identificación de desaparecidos en la última dictadura.


El EAAF tardó casi treinta años en identificar a las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo. La demora no fue por ocio, fue parte de un lento proceso de aprendizaje hasta llegar a Azucena Villaflor, Esther Ballestrino, Mari Ponce de Bianco, entre otras. El aprendizaje fue en el terreno, no hubo academia donde enseñaran a descifrar la tragedia que generaron los genocidas. Es cierto que los especialistas acercaron algunas teorías, pero el mejor aprendizaje lo aportó la experiencia. Durante más de dos décadas los antropólogos forenses caminaron al encuentro de las Madres fundadoras, pero ellos no lo sabían, estaban concentrados en identificar a otros cientos de argentinos. Cada nueva identificación fue un escalón, cada nueva técnica fue un paso más, y la ciencia ayudó, pero lo esencial fue el tesón, la persistencia, la paciencia y la sabiduría de trabajar en silencio.
La casa es un edificio antiguo, de dos plantas. En la planta baja está el sector de laboratorio, con las cajas con huesos, mesas amplias donde arman esqueletos, y mapas en los que marcan o rastrean secuestros, muertes y entierros. En el segundo piso están las oficinas, donde reciben a familiares de víctimas del terrorismo de Estado, están los archivos y un área con mesas largas, sillas, computadoras, biblioteca. En una de las paredes donde nos instalamos cuelgan distinciones, premios, diplomas, y una foto donde un grupo de jóvenes sonrientes rodean a un hombre mayor. Son los primeros integrantes del EAAF junto a Clyde Snow, el forense que llegó desde Estados Unidos a pedido de las Madres de Plaza de Mayo para tratar de identificar cuerpos enterrados en cementerios del Gran Buenos Aires.
Maco se sienta en la cabecera de una mesa amplia, para media docena de personas por lo menos. A su espalda está una computadora, y al lado un ventanal inmenso que da a la avenida, que entrega su sinfonía de ruidos propia de una gran ciudad.

– Es un ambiente demasiado agradable como para hablar sobre la muerte- insinúo.

La muerte está siempre presente en la vida, pero no siempre se habla de ella. Maco Somigliana habla siempre de la muerte. Junto a sus amigos del EAAF son los que, una vez recuperada la democracia, se dedicaron a identificar los cuerpos de desaparecidos que se encontraban en los cementerios del país, enterrados como NN. Los amigos que participan de la experiencia son personas que jamás soñaron con ser antropólogos forenses, algunos apenas desearon ser antropólogos. Una cadena de coincidencias y de relaciones generó que un puñado de universitarios se reuniera con Clyde Snow para colaborar con algunas exhumaciones. El trabajo era mucho, la paga casi nula y el aprendizaje de las técnicas de desentierro e identificación se hacían sobre el terreno, es decir dentro de las fosas.
Cuando el trabajo se sistematizó, la justicia requería de sus servicios y la democracia se consolidaba. Los que quedaron del primer grupo crearon hacia 1984 la organización EAAF, con personería jurídica. Los estudiosos de la Academia no sabían cómo catalogarlos, de hecho no siempre consideraban científicas las tareas que realizaban. Alguien definió al método de desaparición de personas, aplicado por la última dictadura militar, como la muerte argentina. Los jóvenes del EAAF se especializaron en indagar sobre la muerte argentina, y en devolverle la identidad a los restos humanos desperdigados por el país.


Los especialistas definieron al método como terrorismo de Estado. La justicia, en las sentencias del siglo XXI contra los militares, definió el caso como genocidio. Por su parte Maco prefiere hablar de la Campaña de Represión Clandestina.

El primer equipo de antropólogos forenses con Clyde Snow.

Las paredes de la habitación donde charlamos están llenas de cuadros. Una escultura que recibieron por parte de la revista Caras y Caretas; un bajo relieve de los docentes de Cetera; un diploma de la Fundación Konex; mandalas; agradecimientos de familias. Junto a un cuadro, un poema escrito de puño y letra por Juan Gelman que empieza diciendo: pecado es tirar el vino al suelo/ aunque lo beban nuestros antepasados. El Equipo identificó los restos de Marcelo, el hijo del poeta, quien estaba casado con María Claudia García, ambos secuestrados por la dictadura. En el caso de Claudia fue llevada a Uruguay, en el marco del Plan Cóndor, donde dio a luz una bebé antes de ser asesinada. El poeta recuperó a su nieta muchos años después; había sido criada por un comisario quien la anotó como propia.

Hay otros casos de identificación muy conocidos, y con repercusión internacional, pero entrado el siglo XXI los pueblos del partido de la Costa fueron foco de atención por parte del EAAF, y de manera especial el cementerio de Lavalle, donde había una serie de tumbas NN que muchos decían que eran de desaparecidos. En 2005 los pueblos balnearios se vieron sacudidos con la noticia de la identificación de las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo, una monja francesa y otras víctimas, halladas en las playas y enterradas en un cementerio cercano.

Rastros en las dos costas

Uruguay es una arista dentro de los vuelos de la muerte. El tema de la aparición de cuerpos no era solo en las dunas junto al mar, sino en las orillas del río, a la vez que involucraba ambas costas: la argentina y la uruguaya. Tanto río como mar se fusionan por la forma de estuario del Río de la Plata, que desemboca en el océano. Según vientos, corrientes, mareas o caídas desde el avión los cuerpos derivaban a un lado u otro, entre Punta del Este y Punta Rasa. Y también más allá de ese límite, como los que ocurrieron en la Costa, Pinamar o Gessell, y en el caso uruguayo llegaron hasta Rocha.


Uno de los hallazgos más grandes de cuerpos en las costas fue en abril de 1976 en Rocha, en Uruguay. La zona de Laguna de Rocha casi 100 kilómetros al norte de Punta del Este, zona de mar pleno. Para explicarlo hay varios fenómenos meteorológicos, y ocurre lo mismo que en Argentina. La intervención burocrática de los uruguayos, que documentaron los hallazgos en aquel momento, ayudó a identificar cuerpos muchos años después. Uno de los presupuestos de toda investigación judicial, tanto en Uruguay como en la Argentina, era tratar de extraer huellas digitales de las personas que aparecían, esto se hizo muy bien. Incluso permitió identificaciones en ese mismo momento, identificaciones que no fueron dadas a conocer a los familiares.


Hubo restos hallados en las playas de Uruguay con monedas en los bolsillos, con hojas de afeitar industria argentina, que facilitaban identificar la nacionalidad, o el colmo del que fue arrojado con el documento en el bolsillo. Por eso empezaron a arrojarlos desnudos. En mayo de 1976 aparecieron dos cuerpos flotando cerca del puerto de Montevideo un hombre y una mujer, con diferencia de una semana. El hombre no fue identificado al principio. A la mujer le sacaron un buen juego de huellas dactilares, la policía uruguaya lo mando a Interpol, lo recibió la Policía Federal Argentina que identificó a esa persona como María Rosa Mora, secuestrada el 19 de abril de 1976 en el norte del Gran Buenos Aires. El muchacho, que apareció una semana después que ella, resulto ser el adolescente de 15 años Floreal Avellaneda, aunque en ese momento no fue identificado, pero luego se logró su identificación por un tatuaje: FA1. Ninguna de las dos familias fue informada, pero la documentación quedó asentada [2].


El modelo de trabajo de los antropólogos forenses no subestima ninguna información, no deja de lado ningún dato, suma cada papel que ayude armar el rompecabezas, casi saturando el campo de investigación. Cuando llegaron a la Costa supieron que los testigos eran muchos, pero no todos querían hablar y pocos tenían la memoria clara como para brindar información fehaciente. Lo cierto es que había testigos, como bañeros, bomberos o simples vecinos, que vieron cuerpos en estado de descomposición que el mar había dejado en las playas.

Croquis con las corrientes marítimas del río de la Plata.

La información burocrática fue esencial, y la dictadura dejó muchos documentos que, leídos de manera correcta, daban pistas, indicios, señales. Pudieron recuperar varias causas judiciales por los hallazgos, y de a poco se armó cada escalón de documentación. Ingresos a hospitales, documentos de morgues, actas de defunción, datos del registro civil, autopsias, cuadernos de guardia de los bomberos, libros de cementerios fueron parte de la documentación burocrática que brindaba información y permitía armar el rompecabezas. Se armó el mapa de los hallazgos, con la fecha en que se encontraban cuerpos, la playa, el lugar de entierro. Los hallazgos fueron en localidades del actual partido de la Costa, en Pinamar y Villa Gesell, y los entierros fueron en tres cementerios: Madariaga, Gesell y Lavalle.

Las huellas indelebles


Los primeros integrantes del EAAF no eran ni antropólogos, ni médicos, ni forenses. Eran jóvenes universitarios que se sumaron a la convocatoria de las Madres de Plaza de Mayo, que necesitaban que el forense Clyde Snow tuviera un grupo que lo ayudara a desenterrar y analizar los primeros huesos.

En la organización Abuelas de Plaza de Mayo supieron de un forense que identificó los huesos de Josef Menguele, y se les ocurrió invitarlo para dar una charla, a la vez de consultarlo si era posible identificar a sus hijos desaparecidos. Clyde Snow llegó al país sin hablar una sola palabra castellano. Fumador entusiasta y bebedor ídem, les dijo a esas mujeres que era posible identificar los huesos de desaparecidos. En realidad el viejo Snow pensó que eran dos o tres cadáveres, nunca se imaginó que un Estado eliminara a decenas, centenas, miles de hombres, mujeres, chicos, ancianos de su mismo pueblo. Luego de trabajar en uno o dos casos, hubo un juez que lo convocó a trabajar con siete cuerpos en un cementerio. Estaba solo, y pidió ayuda. Las Abuelas desconfiaban de cualquier agente del Estado, y un joven que las acompañaba dijo que tenía un grupo de amigos. Al otro día se reunieron en un hotel céntrico un puñado de estudiantes universitarios, sin saber qué había que hacer. Snow explicó la tarea del desentierro, de la identificación de huesos, del armado de los cadáveres, del lento proceso que llevaba a devolverle el nombre y apellido a una persona. Ninguno entendió el cien por ciento de lo que dijo el texano, incluso creyeron que estaba un poco loco, pero por ayudar a su amigo y dar una mano a las Abuelas aceptaron la tarea.

En 1984, con la intervención de un juez, trabajaron con los treinta masacrados en la localidad de Fátima, en agosto de 1976. El caso fue muy conocido, salió en los diarios de la época, y daba cuenta del fusilamiento de veinte varones y diez mujeres detenidos desaparecidos, que estaban en poder de la Policía Federal, quienes luego fueron dinamitados. Lograron alguna identificación, y el resto fue ubicado en un pequeño depósito del cementerio del pueblo de Derqui. Luego trabajaron con varias fosas en el cementerio de la localidad de Grand Bourg, y de manera especial con tres adolescentes fusilados en Del Viso, y lograron identificar a Leticia Ackselman [3]. El grupo se iba consolidando; la democracia se recuperó y los cementerios empezaron a levantar sus tumbas NN. El forense yanqui, que viajaba a su país y regresaba, no daba abasto en su tarea, pero era reconocido y fue convocado a declarar en el juicio a las Juntas de Comandantes. Maco Somigliana, que estudiaba derecho, colaboraba con el fiscal Julio César Strassera para investigar y armar la acusación contra los jefes militares. En 1987 los jóvenes universitarios decidieron crear el EAAF, organizarse, especializarse y colaborar con la justicia en la tarea de identificación, y al grupo se sumó Maco, que para entonces estaba estudiando antropología. El Cuerpo Médico Forense se mostró molesto en un primer momento, pues veían una competencia en su tarea, pero pronto entendieron que los antropólogos forenses hacían algo distinto y novedoso.
Somigliana habla con entusiasmo de técnicas forenses, que fue aprendiendo sobre la marcha, a medida que surgían desafíos. Los detalles de las solidificaciones de quebraduras de huesos en los cuerpos, las fichas dentales, las entradas de proyectiles en los cráneos, todo era información a leer. El método de las huellas dactilares se usa en todo el mundo, gracias al aporte del argentino Juan Vucetich, quien descubrió que las huellas digitales eran distintas en cada persona, que todos la tenían y que ninguna era igual, lo que era un método de identificación. El primer gabinete de identificación estuvo en la provincia de Buenos Aires, y en la policía bonaerense hay un gabinete específico que se llama gabinete de necrocoscopia. En ese lugar se trabaja para obtener datos de cuerpos muy deteriorados, ya sea por haber estado en el agua, por estar mucho tiempo expuesto a las condiciones climáticas, muy descompuesto, o por un incendio. Si el instructor nota que las manos no tienen datos en la epidermis de los dedos tiene la alternativa de cortar las manos, ponerlas en un frasco con formol y mandarla al laboratorio de investigaciones, en La Plata. El trabajo es parte de la burocracia, es de rigor. Cuando se reciben esas manos se cortan, a través de una técnica especial, lo que ellos llaman capuchones, es decir sacan la epidermis, y buscan obtener las huellas digitales en la dermis. Con algunos cuerpos de la Costa se hizo el procedimiento, y los datos obtenidos estaban archivados, con fecha y lugar.
El tema de la huella fue tomando mayor importancia y fue fácil acceder a la información a partir de 1998, con la intervención de la Dipba (Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires) por el ministerio de Justicia de la provincia de Buenos Aires, a cargo de León Arslanian. El EAAF pudo entrar al gabinete de los PC (Prontuarios de Cadáveres) que son todos los muertos en los que tuvo intervención la Provincia, a través de la policía. Estaban en la jefatura, la mayoría identificados, muchos otros sin identificar y además en el gabinete de laboratorio y de investigación microscópica donde estaban todos los resultados de los procesamientos de todas las manos que habían mandado. Al acceder a esa información y a información similar en la Policía Federal, permitió conocer la identificación de María Rosa Mora.


Los antropólogos dieron mayor importancia a la información dactiloscópica para hacer comparaciones y, por intermedio de la Cámara Federal de Capital, pidieron las huellas al Registro Nacional de las Personas, los formularios 1 de todas las personas denunciadas como desaparecidas. Fue un proceso lento porque el Registro entregaba 200 huellas por mes, que había que buscar, fotocopiar las 200, ingresar las 200 con su clasificación primaria y empezar a establecer las comparaciones correspondientes.

Carlos “Maco” Somigliana, integrante del EAAF.

Línea de caída

Maco Somigliana le da mucha importancia a la documentación, a las huellas dactilares, pero a su vez entiende que la línea de caída es clave para desentrañar algunas posibles identidades. El caso del hallazgo de cuerpos en tambores en la zona norte del Gran Buenos Aires se combinó con huellas digitales y el seguimiento de línea de caída. En el año 1989 se encontraron 8 personas en sendos tambores, en el canal San Fernando. Intervino la Prefectura, sacaron huellas a una de las dos mujeres del grupo, que estaba embarazada. El EAAF pidió al Registro Nacional de las Personas el formulario 1 de todas las mujeres denunciadas como desaparecidas antes del 13 de octubre del ’76 y que tuvieran un embarazo avanzado en ese momento. Así se llegó a la identificación de esa primera víctima que, a partir de saber que fue vista en el Centro Clandestino de Detención Orletti, se supo que el grupo de los tambores había salido de Orletti. Y el logro se hizo a través de línea de caída, que es cuando uno sabe donde desapareció una persona, y luego le confirman que fue vista en tal lugar y tal fecha, es factible que los que desaparecen por esa fecha, en esa zona hayan ido al mismo lugar que la primera.

El flujo y reflujo de personas tiene cierta lógica en la represión clandestina, y se considera muy raro que una persona que estuvo en la Escuela de Mecánica de la Armada aparezca fusilada en Fátima. Y más raro aún que una persona que estuvo en el centro clandestino El Vesubio aparezca en la Costa.

Recorrieron numerosos cementerios: Avellaneda, San Martín, Lomas de Zamora, La Plata. El que deja un sabor frustrante es el de Gran Bourg, donde hubo burócratas que sacaron huesos con palas mecánicas, y ellos llegaron sin ser el Equipo, con poca experiencia y lograron identificar uno o dos cuerpos [4]. Nadie sabe donde se volvieron a enterrar los casi 300 restos humanos que estaba en el sector NN. En Córdoba y Tucumán trabajaron en fosas comunes inmensas, donde había más huesos que tierra. Pero siempre supieron que el cementerio de Lavalle los esperaba, solo necesitaban tiempo.

Una red de papeles

En la década de 1970 los primeros pueblos de la costa atlántica bonaerense no eran populares como Mar del Plata o Necochea, pero su cercanía con Capital Federal y Gran Buenos Aires los hacían atractivos para las escapadas y de a poco creció el turismo. La inauguración de la ruta 11 ayudó a ese crecimiento y, apenas terminaban las clases, llegaban los primeros turistas. En el año 1978 el gobierno de la provincia de Buenos Aires, a cargo del general Ibérico Saint Jean, creó tres nuevos municipios junto a la costa atlántica, tomando territorio de los distritos de General Lavalle y General Madariaga. Desde julio empezaron a funcionar los Municipios Urbanos de la Costa, Pinamar y Villa Gessell, con autoridades propias, organizadores nombrados para crear la nueva burocracia municipal. Seis meses después en las playas que van desde San Clemente hasta Villa Gesell, es decir más de cien kilómetros, aparecieron los cuerpos de quince personas en estado de descomposición. Once en el Municipio Urbano de la Costa (MUC), tres en Pinamar y uno en Gesell. Eran del grupo que permaneció en cautiverio en el centro clandestino El Olimpo.

Al finalizar 1978 la dictadura decidió desarmar el centro clandestino de detención conocido como El Olimpo, y los detenidos allí fueron trasladados a otros centros clandestinos, como el Pozo de Quilmes, o fueron derivados a vuelos de la muerte. Los cuerpos que en diciembre aparecieron en las playas eran del grupo del primer traslado grande relacionado con el cierre del Olimpo. Algunas estuvieron detenidas allí más de dos años. No se puede afirmar con certeza que todos pertenezcan a un mismo vuelo, pero por las fechas de las apariciones de quince cadáveres se puede deducir que sí. Las primeras once personas fueron inhumadas en el cementerio de Lavalle, las otra tres en Madariaga y la última persona en el cementerio de Villa Gesell, al lado del aeropuerto.

De todo quedó alguna pista burocrática. El régimen burocrático cada vez que se encuentra un cuerpo flotando ahogado es el mismo que se implementa en la actualidad. Hay una intervención judicial, el sumario en esa época lo hacia la policía, que redactaba un informe donde se mencionaba la circunstancia del caso, el hallazgo de la persona, el día, el nombre de la playa, un planito, un informe del médico, eventualmente una autopsia, a veces no hacía falta una autopsia, un informe visual y a partir de eso el médico firmaba un acta de defunción. Dicha acta quedaba en la causa, en jurisdicción policial, y después iba al juzgado, pero había un acta de defunción que a su vez iba al registro civil. Como parte de la intervención policial-judicial se intentaba sacar una huella digital a la persona, y si no se podía se recurría al departamento, que existe del principio del siglo pasado, donde se aplica un método para obtener las huellas.

El discurso del método

La dictadura tuvo un poder casi total de represión clandestina, aunque dejaron casi intacta la estructura burocrática, era muy complicado explicarle a un burócrata que en algunos casos tiene que hacer esto y en otros casos no. Dejaban que todo funcionara, pues si identificaban a alguien no pasaba nada, no se informaba a sus familiares y listo.

El gran problema del sistema de desaparición de personas era qué hacer con los cuerpos de los desaparecidos. Hubo tres maneras de resolver el problemita: tirarlos al mar; fusilarlos en un descampado y dejar los cuerpos; y la tercera opción era enterrarlos como NN o en fosas comunes.

Una vez que se decidía la eliminación, en algunos centros clandestinos sacaban la gente a la noche, la fusilaban, la dejaban tirada en las calles, los baldíos y se iban, se desentendían de la cuestión. ¿Quién se hacía cargo de esos cuerpos? El orden burocrático: llega la policía, manda el cuerpo a la morgue, se hace la ficha, se trata de identificar, y se lo entierra como NN en el cementerio local. Dejan la huella burocrática. Siempre hubo NN, pero en estos años los registros aumentaron en cantidad de entierros de personas no identificadas, y al analizar sus restos se descubría que eran personas jóvenes, cuando lo habitual eran restos de hombres mayores de 50 años. Los estados autoritarios controlan todo, pero a la vez usan mucho de la burocracia para ese control, y en la última dictadura la burocracia eso funcionó muy bien.

Cementerio de General Lavalle.

El caso de las fosas comunes fueron excepcionales en las zonas metropolitanas de Buenos Aires, y sí se destacaron Córdoba y el cementerio de San Vicente, o Tucumán con el Pozo de Vargas, que no tenían posibilidad de vuelos sobre el mar. Abrían inmensos pozos y allí arrojaban los cuerpos.

Los casos de vuelos de la muerte se hacía con un aeropuerto cerca del centro clandestino, como el caso de Aeroparque o Palomar que recibió gente de todo el circuito de Capital Federal, entre ellos la ESMA y Primer Cuerpo, que implicaba una cobertura de muchos centros clandestinos. Toda la zona norte del Gran Buenos Aires, bajo el control del Comando de Institutos usaba el aeropuerto interno de Campo de Mayo. Más de la mitad de los desaparecidos son de esas zonas, y el EAAF tiene apenas un fragmento, una porción del 1% como máximo, que son la gente que aparecieron en la costa atlántica. En realidad en la costa derivaron muchos cuerpos, pero pocos fueron encontrados. En invierno no hay gente circulando por las playas, por lo que hay restos que pudieron recalar en las arenas y vuelto a desaparecer porque nadie los encontró. Es notoria la mayor cantidad de apariciones en verano. Las dos grandes apariciones atlánticas en verano son las dos en diciembre, una en el ’77 y la otra en el ’78. En los dos casos se mencionan que en los días previos hubo una tremenda sudestada y que la sudestada trae todo, mete para adentro lo que en general sale son en ese sentido excepcionales y esas excepciones generaban hallazgos como este ahora volviendo a la tipología de los saltos. La investigación del Equipo confirmó que los cuerpos en la costa eran del centro clandestino El Olimpo, de la ESMA y también de Campo de Mayo, y los lugares de entierro fueron los cementerios de Lavalle, Madariaga y Gesell.

Suena el teléfono en otra habitación. Le avisan a Maco que es para él. Se disculpa y se levanta para atender. Las llamadas pueden ser desde cualquier lugar del mundo, el prestigio que adquirió el Equipo es tan grande que son convocados desde los territorios menos imaginables. Trabajaron en identificar a las víctimas del terrorismo de Estado en El Salvador, a los masacrados de Ruanda, a las víctimas de la lucha del Estado peruano contra la guerrilla de Sendero Luminoso, a los estudiantes secuestrados en Ayotzinapa, México. Ya eran conocidos por su calidad de trabajos cuando fueron convocados para tratar de encontrar los restos de Ernesto Che Guevara, en Bolivia. Levantaron tierra en varios lugares, siempre con resultados negativos, y la tardanza disipó esperanzas, hasta que dieron con un lugar donde había algunos restos óseos. La identificación confirmó que se trataba de guerrilleros cubanos, y entre ellos el revolucionario argentino.

Además el EAAF hizo escuela, y mientras viajaban por el mundo formaron nuevos antropólogos forenses, como para que en ese país donde trabajaban funcionara un equipo similar para realizar la tarea que ellos habían inaugurado en la década de 1980.

Mostrar el horror

Apenas recuperada la democracia, las nuevas autoridades provinciales y municipales intentaron encontrar restos de desaparecidos en sus territorios, muchas veces basados en rumores y otras en base a la larga lista de entierros NN en los cementerios locales. En Lavalle el nuevo intendente era radical, y no solo le llegaron los rumores de entierros de cuerpos NN, sino que sabía que en las playas se levantaron cuerpos y fueron enterrados en el cementerio de Lavalle. La apertura de fosas y el hallazgo de huesos fue importante, incluso detectar que fueron víctimas de la represión clandestinas, por las heridas de balas en la cabeza en algunos casos, pero las condiciones en ese momento no permitieron avanzar más allá de de eso.
Los cuerpos exhumados fueron a La Plata, a la oficina pericial de la Corte Suprema de la justicia, fueron individualizados como podrían haber sido en ese momento. Se fotografiaron las arcadas para ver la cuestión odontológica y luego los metieron en las bolsas y vueltos a inhumar en esas bolsas en el cementerio de Lavalle. En ese momento no existía la comparación genética y con el tiempo se fue consolidando un protocolo de investigación para la identificación, y como parte de ese protocolo se confirmó la importancia de las huellas digitales.

– ¿La tarea en el cementerio de Lavalle fue verificar el libro y las huellas?
– Ese proceso de incorporación de lo que sería los datos premorten, constituido con la huella dactilares, fue un proceso larguísimo que hicimos mucho tiempo que implico en el medio hacer comparaciones. Mientras tanto sabíamos que los cuerpos de las personas que habían aparecidos en la Costa seguían en un cementerio cercano. Había para ceñirnos a los dos episodios más grandes de lo que hace el Municipio Urbano de la Costa: las desapariciones de diciembre de 1977 y las desapariciones de diciembre de 1978. Las apariciones del ’77, de acuerdo con el libro del cementerio de Lavalle, fueron inhumadas en pauta individual, no así las del 78. Pero las del78, aparte de ser inhumadas todas juntas en una gran fosa, después del episodio de la denuncia del Intendente habían sido exhumados.

Lo anterior sirve para entender que llegaron a deducir el nombre de los que estaban allí por el antiguo método de la huella digital y la línea de caída y no por ADN.

-Sabíamos es que en algún lugar del cementerio de Lavalle estaban las victimas de 1977 y en otro lugar, todas juntas, las de 1978, que habían sido exhumadas y vueltas a inhumar. Esa era la situación mientras se seguían cargando huellas. Corría el año 2004, es decir ya entrado el siglo XXI sin haber tocado Lavalle, ni el cementerio de Madariaga, donde también hubo exhumaciones y re inhumaciones, cosa que en Gessell no pasó-. Maco llega al nudo del tema que nos interesa, pero consideraba esencial tener un cuadro de situación para comprender cómo el Equipo llegó a Lavalle.

General Lavalle es el pueblo cabecera del municipio de nombre homónimo. El tamaño del pueblo es ínfimo, no llega a veinte cuadras de largo por seis cuadras de ancho. Su acceso principal es la avenida Mitre, que conecta la ruta provincial 11 con el pueblo, y termina en el río Ajó. Lavalle está a orillas de un río, y a fines del siglo XIX fue un puerto importante, por la gran producción de los saladeros de Pedro Luro, pero el empresario dejó de invertir cuando surgieron los barcos frigoríficos y puso su capital económico en una ciudad nueva: Mar del Plata. Hoy el puerto de Lavalle se reactivó, con una pequeña flota de barcos pesqueros. Durante la dictadura no fue un municipio importante, pero desde la gobernación se fijaron en él para amputarle los pueblos de la playa, y crear el Municipio Urbano de la Costa (MUC). Además de la historia en común, ambos municipios siguieron compartiendo el cementerio, ubicado a pocos metros de la ruta 11, alejado del centro de Lavalle. Por eso cuando se encontraban cuerpos en las playas, se lo enterraba allí, a 50 kilómetros.

El EAAF con sus herramientas en el cementerio de General Lavalle.

En 1984 hubo exhumación de cuerpos, donde el juez a cargo estuvo junto al intendente Eladio Zueta. La experiencia no fue exitosa, pues se enviaron los huesos a La Plata y no se pudo realizar ninguna identificación, por lo que el juez de Dolores ordenó que los enterraran otra vez en Lavalle.
Maco recuerda otro caso de restos que fueron derivados a La Plata y nunca se enterraron en el lugar de exhumación, con el agravante que esos huesos se perdieron, fue la experiencia del cementerio de Grand Bourg.

La aparición de Ángela

– Voy a ceñirme a lo que nos interesa, que es la Costa, sino me voy al re carajo, y tengo cierta habilidad para eso. Se seguían cargando huellas, por eso te insistí con lo de la huellas, porque en algún momento pudimos saber, por una comparación que pedimos, que la huella de una de las mujeres que habían aparecido en diciembre del ’77… Vamos hacerlo con suspenso…

Se frena de golpe, en el momento justo en que va contar la primera identificación. Siempre se habla de Azucena Villaflor y una monja francesa, pero casi siempre se deja de lado a los otros identificados en Lavalle. Y Maco quiere poner de relieve esa primera identificación.

– La clasificación primaria de la mujer que le habían sacado a una de las mujeres que había aparecido en diciembre del ’77 en la costa era similar a la clasificación primaria de Ángela Aguad. Entonces le pedimos a la Cámara Federal que le pidiera a un perito que comparara esas huellas para ver si se trataba de la misma persona. Personal específico certificó lo que el Equipo determinó en una clasificación primaria y nos dicen que tiene las 14, 15 coincidencias, que es la misma persona. Ahí tenés un vínculo de identificación certera, así que confirmamos que es una de las víctimas de diciembre del ’77: Ángela Aguad [5].

Lo meritorio es que no se recurrió a la comparación genética del ADN, que en ese momento no se hacía de manera masiva sino en comparaciones uno por uno.

-Si en ese episodio hay por lo menos 3 mujeres, y una de esas mujeres es Ángela Aguad, estamos hablando de la gente secuestrada en la iglesia de la Santa Cruz, por la línea de caída. Ahí fuimos a Lavalle a exhumar, y teníamos las tumbas 16, 17, 18, 19, 20, 21, 23 y 24; fuimos a exhumar a ese grupo [6].

Terminaba 2004, fueron al cementerio, y apuntaron al sector B, que según el libro del lugar allí fueron enterrados de manera individual. Los datos indicaban que los cuerpos fueron enterrados entre el 20 de diciembre de 1977 y el 3 de enero de 1978. La mayoría de los cuerpos habían aparecido en torno al 20 de diciembre, pero hubo restos como el de la tumba enterrados el 26 de diciembre y otra el 2 de enero.

Encontrar la tumba 17 no fue fácil, así que empezaron a contar desde el foso 1, que era del año 1976, otras de 1974, otras más recientes, muchos más recientes que en los libros aparecían con una nomenclatura distinta. No resultaba fácil la tarea y el personal del cementerio de aquella época no aportaba demasiado, se desentendía, no recordaba, no sabía, no se hacía cargo de nada. El pueblo de Lavalle siempre entendió que el caso de los cuerpos que aparecieron en las playas no era un problema de ellos, a lo sumo era un problema de los pueblos costeros. En la costa se desentendieron de los casos y todo fue cubierto por un manto de olvido, con un rumor en voz muy baja, sin querer levantar la perdiz.

La identidad de los huesos

Mientras recuerda el rastreo de las tumbas, Somigliana menciona el caso de un cuerpo hallado a más de dos kilómetros de la playa, un adolescente cuyos restos se encontraron en febrero de 1978.

– Hay un caso muy raro, creo que es de la tumba creo, un pibe de 15, 16 años secuestrado con su mamá en enero del ’78, estuvo muy poquito en cautiverio porque apareció en febrero del ’78. Lo raro es que aparece en la rotonda de entrada a Las Toninas, envuelto en una lona amarilla, pero con todos los signos de asfixia por inmersión. Supongo que apareció en la costa y alguien, que no quiso que apareciera donde apareció, lo envolvió y lo tiro ahí. Son los obreros municipales que están cambiando el alumbrado a la entrada a Las Toninas quienes huelen y lo encuentran. En cuanto a las desapariciones es el más raro de todos, los otros aparecen en la costa aunque también decían que había gente enterrada directamente en la costa, pero de eso no tenemos nada.

Las madres fundadoras: tiradas al mar, aparecidas en la costa e identificadas en Lavalle.

Maco pudo acceder a las autopsias de los médicos forenses de la Costa, algunas firmadas por Roberto Dios y otras por Roberto Bertolotti, quienes eran parte del aparato burocrático. El antropólogo analizó la tarea de los profesionales con los cuerpos hallados en las playas.

– Se habla de la actuación buena o mala de los médicos, pero hoy vemos que hicieron su tarea como médicos, el resto escapaba a su posibilidad de comprensión y a su posibilidad de explicación. Uno advierte la eficiencia o la ineficiencia de un profesional, y Dios dijo como causa de muerte choque objeto contundente contra un objeto duro, eso es lo que había pasado y eso porque era buen médico. Y otro dijo asfixiado por inmersión, cosa que también es cierta porque la causa de muerte está en la inmediata pero Dios se dio cuenta que no solo tenía los pulmones llenos de agua por ende había asfixia, y a la vez tenían traumatismo previo a la asfixia muy severos. Eso lo escribió, lo puso por escrito y lo firmó, y eso indica que es un buen profesional, hizo su trabajo bien. El doctor Dios era un ejemplo de burócrata que hacia su trabajo bien y que facilito las cosas en el necropapiloscópico que trabajo con las manos de Ángela Aguad. Es un ejemplo de un burócrata que hizo las cosas bien.

La coincidencia de fechas genera confusión. El EAAF buscaba en diciembre de 2004 los restos hallados en las playas y enterrados en Lavalle en diciembre de 1977. Las tumbas 21 y 22 pertenecían a gente de Lavalle, fallecida por esos días, tal vez en Navidad, así que descartaron la exhumación. Cuando encontraron el lugar exacto de la fosa 20 dedujeron que era la de Ángela Aguad, pues coincidía con las fechas de las apariciones en las playas, y tenían sus huellas dactilares, por lo que se suponía que al cavar iban a encontrar el cuerpo de una mujer sin manos. De ahí pasaron a la 23 y 24, que eran de la misma fecha y podían ser del grupo de la iglesia de la Santa Cruz. Decidieron exhumar, sacar los huesos y llevarlos al laboratorio a analizarlos. Huesos de las piernas quebrados, ropa en descomposición, calzados intactos.

Terminaba diciembre de 2004, y el país se enlutó con el recital de Callejeros en el boliche República Cromagnon, que se incendió e intoxicó hasta la muerte a casi 200 adolescentes.

En plena búsqueda se acercó una familia que estaba buscando los restos de una persona enterrado allí, muerto en otras circunstancias. La familia Córdoba tenía un familiar en la comisaría de Lavalle, y de golpe aparece muerto en circunstancias extrañas. A mediados de la década de 1990 la familia se mudó a Mercedes, y pidieron llevarse los restos de su familiar, y le entregaron unos huesos que ellos sabían que no era los que correspondían. Cuando la familia se enteró la tarea del EAAF se acercó al cementerio y le dieron los detalles que tenían, y al final los antropólogos hallaron, identificaron y devolvieron a su familia los restos de Córdoba.
Para el EAAF quedaba sin develar donde estaban la 17, la 18 y 19, y en enero de 2005 las pudieron encontrar. Sospechaban que las fosas estaban entre medio de las otras ya exhumadas, y así fue como siguieron cavando en el mismo lugar y encontraron los restos.

Ya en el laboratorio salieron los primeros resultados. La tumba 20 era Ángela Aguad, tal como lo dedujeron, confirmado por genética. El 16 de abril de 2005 se confirmó que la 23 era Esther Ballestrino de Careaga7 y la 19 era María Eugenia Ponce de Bianco.

En mayo se confirmó que la 18 pertenecía a Azucena Villaflor y un par de meses más tarde se identificó a la monja Leonie Duquet [8].

El caso del secuestro masivo fue bien definido por la justicia mucho tiempo antes de la identificación, y se sabe que fueron entregadas por el marino Alfredo Astiz, quien se había infiltrado en el grupo, y que fueron llevados a la ESMA (Escuela Superior de Mecánica de la Armada), donde además de ser torturados, algunos fueron fotografiados, como la hermana Leonie.
Maco Somigliana vuelve a insistir en la tarea burocrática, en este por parte de la policía Bonaerense.

– Por suerte la policía hizo lo que hizo, por suerte tuvimos esas huellas digitales que fueron esenciales para todo el episodio en el caso de los 11 hallados en las playas en de 1978. La dinámica fue muy parecida porque en realidad se identifico por sus huellas dactilares a uno de los once que se llamaba Jesús Peña, quien estuvo en el Olimpo, nos permitió suponer que la gente que fue enterrada con él debía ser de Olimpo. Fuimos a buscar las bolsas, y eso fue clave. En esos momentos no existía la posibilidad de hacer pruebas de ADN masivo, había que establecer una posible comparación 1 a 1, pero al saber que estuvieron en un centro era más fácil la comparación. Y así se identificó a los que fueron arrojados al mar cuando El Olimpo cerraba sus puertas.

Las monjas francesas. Leonie fue identificada en Lavalle.

Dos meses después de la aparición de los cuerpos que se identificaron como el grupo de la Santa Cruz, el 18 de febrero de 1978, apareció en Las Toninas el cuerpo de un hombre, al que enterraron como NN en el cementerio de Lavalle. Más de tres décadas se logró la identificación, siendo Roberto Ramón Arancibia, ex miembro del comité central del Partido Revolucionario de los Trabajadores y fundador del Ejército Revolucionario del Pueblo. Se sabe que fue secuestrado en mayo de 1977, y la principal hipótesis de los investigadores es que permaneció en cautiverio en Campo de Mayo, en el centro clandestino de detención conocido como El Campito, ubicado en la cabecera de la pista de aviones con que cuenta la unidad militar. La estratégica ubicación permitía librarse de los cuerpos luego de aplicarles un tranquilizante, haciéndolos caminar algunos metros, subirlos a los aviones y luego arrojarlos al mar, en estado de semi-inconciencia.
En los cementerios de la costa como Lavalle, Gesell y Madariaga aún hay restos sin identificar pues están faltando muestra de sangre de sus familiares, por eso el EAAF lanzó después de 2008 la Iniciativa Latinoamericana por la Identidad, para identificar víctimas, por lo que se convocó a familiares a acercarse a dejar su información de ADN para cruzarla con todos los restos que habían hallado. La tarea aún no terminó.


Bibliografía

-Annichiarico, Ciro (2014). El horror en el banquillo. Anales del genocidio argentino. 1.Campo de Mayo (juicios I a IX). Buenos Aires. Editorial Colihue.

-Arrosagaray, Enrique (1997). Biografía de Azucena Villaflor. Creadora del Movimiento Madres de Plaza de Mayo. Avellaneda. Edición del autor.

-Dominguez, Fabián –Sayus, Alfredo (2001) Apuntes del horror. Los años setenta en Hurlingham y su influencia en la vida nacional. Buenos Aires. Ediciones del Pilar.

-Feld, Claudia – Franco, Marina (2015). Democracia, hora cero. Actores, políticas y debates en los inicios de la posdictadura. Buenos Aires. Fondo de Cultura Económica.

-Goñi, Uki. Judas. La verdadera historia de Alfredo Astiz, el infiltrado (1996). Buenos Aires. Editorial Sudamericana.

-Salama, Mauricio Cohen (1992). Tumbas anónimas. Informe sobre la identificación de víctimas de la represión ilegal. Buenos Aires. Catálogos Editora. EAAF.

-Jelin, Elizabeth – Da Silva Catella, Ludmila (compiladoras) (2002). Los archivos de la represión: documentos, memoria y verdad. Madrid. Siglo XXI Editores.


NOTAS

1 Se puede leer una entrevista a Iris Avellaneda, mamá de Floreal, en Domínguez, Fabián – Alfredo,Sayus (2001) Apuntes del horror. Los años setenta en Hurlingham y su influencia en la vida nacional. Buenos Aires. Ediciones del Pilar.

2 Se puede consultar la sentencia del juicio por el Negrito Floreal Avellaneda en Annichiarico, Ciro (2014). El horror en el banquillo. Anales del genocidio argentino. 1.Campo de Mayo (juicios I a IX). Buenos Aires. Editorial Colihue.

3 La historia de los tres adolescentes se puede ver en el documental Fusilados en Del Viso, realizado por alumnos de una escuela secundaria de la localidad: https://www.youtube.com/watch?v=k03_Zh_BaBM

4 El historiador Juan Gandulfo hizo una profunda investigación sobre los cuerpos NN en Grand Bourg y la intervención de la justicia, publicado en la compilación de Feld, Claudia y Franco, Marina (2015). Democracia, hora cero. Actores, políticas y debates en los inicios de la posdictadura. Buenos Aires. Fondo de Cultura Económica.

5 Ángela Aguad de Genovés: “Ángela nació en Jujuy el 19 de febrero de 1945. Comenzó sus estudios universitarios en la ciudad de Córdoba, pero después ingresó a la facultad de Psicología en la Universidad de Tucumán. Allí conoció a Roberto Genovés, un muchacho de Buenos Aires que había emigrado al interior y que estudiaba la misma carrera. El padre de Roberto era italiano y la madre judía. El 28 de julio de 1972 se casaron. No hubo tiempo para hijos. Ángela fue arrestada en octubre de 1974 durante una reunión de estudiantes en la Universidad de Tucumán…” (Goñi: 1996, 119)

6 “El diario Buenos Aires Herald en su edición del 10 de diciembre se refiere al hecho bajo un título claro y estremecedor: ´15 personas secuestradas´. Y en el interior de la edición afirma: ´Un grupo de 15 a 25 personas fueron secuestradas por hombres vestidos de civil, quienes se identificaron como policías…, llegaron en 5 Renault 12 y en un Ford Falcon, todos sin patente… Una de las hermanas desparecidas es la misionera Hermana Alicia, miembro de un grupo interdisciplinario de la iglesia, conocido como Movimiento Ecuménico… Otra de las personas tomadas ha sido identificada como Esther Carriaga, una de las Locas Madres de la Plaza de Mayo´” (Arrosagaray, 1997: 252)

7 El caso de Esther Ballestrino no deja de sorprender, combatió dictaduras desde su adolescencia. Nació en Uruguay el 20 de enero de 1918, allí pasó su infancia, hasta que se fue a Paraguay 1932, cuando su padre, nacido allí, se alistó para participar de la guerra contra Bolivia, conocida como la guerra del Chaco. Ella se recibió de maestra normal, y luego pasó por la universidad para recibirse de bioquímica en una época convulsionada para Paraguay, a la vez que militaba en diversas organizaciones, entre ellas el Movimiento Femenino del Paraguay. Integró el Partido Febrerista y participó en la campaña de 1946, acompañando al coronel Rafael Franco. La presencia del general Higinio Morinigo primero, y luego la dictadura del general Alfredo Stroessner, obligaron a Ballestrino a exiliarse en la Argentina en 1947, donde se casó con Jesús Careaga. Ballestrino regresó pocas veces al Paraguay, de incógnito y para colaborar con la resistencia al dictador. En la Argentina no militó, se dedicó a trabajar en un laboratorio de Azcuénaga y Santa Fe, y a educar a sus tres hijas. Treinta años después de alojarse en el río de la Plata fue provocada a militar, con la desaparición de sus yernos Carlos Cuevas e Yves Domergue en 1976, y su propia hija Ana María, embarazada de tres meses, en 1977. Esther empezó a organizarse con otras mujeres, que tenían a sus hijos desaparecidos, dando origen a la organización Madres de Plaza de Mayo. En octubre Ana María fue liberada, y la familia Careaga se exilió breve tiempo en Brasil y luego en Suecia. No terminó de instalarse que regresó a la Argentina para seguir luchando por la aparición de los otros desaparecidos. Nadie pudo convencerla irse, de lo peligroso que resultaba volver. El 8 de diciembre colaboró con la colecta en la Iglesia de la Santa Cruz para recaudar dinero para una solicitada para reclamar la aparición de los desaparecidos. Caís la noche cuando el grupo de tareas de la ESMA irrumpió en la Iglesia y secuestró una docena de personas. Esther estaba entre ellas.

8 El biógrafo de Azucena Villaflor es Enrique Arrosagaray, quien citó en su obra la lista de secuestrados en la Iglesia de la Santa Cruz que brindó el diario La Prensa, más de una semana después del secuestro. “´Denúnciase la presunta detención de un grupo en un templo católico´, titula sobre de los hechos ocurridos al anochecer del día 8. ´La detención de ocho personas, entre quienes se encontraban una religiosa católica, fue denunciado telegráficamente al presidente de la Nación y a otros funcionarios oficiales, según señaló un pariente de los mismos´. El pariente era una tal Alicia Dellepiane. ´El grupo fue llevado – continua la información- el 8 del corriente a las 21, de la iglesia de la Santa Cruz, Estados Unidos 3150, por personas que se identificaron como pertenecientes a la Policía Federal y que vestían de civil, movilizándose en cinco automóviles Reanult 12. Añadió que el grupo está integrado por parientes de presos y desaparecidos que se encontraban en el patio de salida de ese templo, donde se encontraban reuniendo fondos destinados a una solicitada por los presos y desaparecidos. La denunciante identificó a los presuntos detenidos como Esther Cariaga, María Ponce de Bianco, Patricia Oviedo, José Fondovila, Horacio Aníbal Elbert, Eduardo Gabriel Hrane, Raquel Bulit y la hermana Alicia, una religiosa misionera del movimiento Ecuénico. Señaló que la denuncia cablegráfica al presidente Videla se realizó el viernes y que las autoridades eclesiásticas que se interesaron por la hermana Alicia, no recibieron aun respuesta satisfactoria a sus requerimientos, por la Policía Federal´”. (Arrosagaray, 1997: 252)

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Fabián Domínguez nació hace medio siglo en Santa Rosa (Corrientes), pero fue malcriado en el Gran Buenos Aires (Lanús, Martínez, San Miguel, Del Viso). Estudió varias carreras, pero terminó la de profesor de Historia, aunque antes ejerció el periodismo, oficio en el que descubrió su pasión por la investigación. Publicó en 1997 la primera biografía de Rodolfo Walsh (Bitácora de un clandestino), premiado por el Senado de la Nación; al año siguiente, en co-autoría con Alfredo Sayus, publicó sobre el principal centro clandestino de detención del Ejército durante la dictadura (La sombra de Campo de Mayo), y en 1999 dio a conocer una investigación sobre la década de 1970 en el distrito de Hurlingham (Apuntes del horror). Tiene un libro inédito sobre el puerto de Buenos Aires, y sobre el primer apogeo del rock nacional. Está en proceso de escritura de su tesis de maestría en la Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS), a la vez que termina los últimos capítulos de una historia del partido de la Costa.