Entrevista a Gabriela Cabezón Cámara

Entrevista a la escritora Gabriela Cabezón Cámara.

Por Ezequiel Fernandez Bados

 

Se ha publicado en varias instancias una caracterización de tu literatura como una literatura “marginal” o que presenta un enfoque “marginal”. ¿Estás de acuerdo con esa caracterización?

 

Me parece un enfoque re careta. Me parece que pensar en términos de marginalidad supone una centralidad… quisiera saber cuál es. Si yo te digo a vos “qué es una literatura central o canónica” ¿qué me respondes? Lo pensaría más en términos de hegemonía; y la hegemonía no es un centro sino una relación de poder: darle el centro a los poderosos me parece una pelotudez. No están en los centros. Están en el lado de la culata del arma, en todo caso, pero no en los centros. Y me parece que hoy por hoy no sé si existen tampoco… ¿quiénes serían los centrales en la literatura hoy?

Podría pensarse que la “centralidad” coincide un poco con el lugar que tiene la Ciudad de Buenos Aires como “centro”, al menos desde ciertas perspectivas.

 

En ese caso yo sería tan central como ellos. Vivo en San Telmo. Casi Constitución, eso le da un toque de borde. Si lo pensás como ubicación geográfica, sí. Sin embargo, entiendo que hay una diferencia pero me cuesta pensar tan separado el Gran Buenos Aires y Buenos Aires, por ejemplo; ahí veo una continuidad fuerte. No veo esa discontinuidad, de hecho nací en el conurbano y nunca la vi. Sí, claro, tenía que viajar dos horas en bondi y tomar dos trenes para llegar a cualquier parte. Pero fuera de esa incomodidad, la ciudad es una continuidad atroz, feroz, espantosa, es completamente inhumano vivir en una ciudad de estas dimensiones. La división es muy artificial, francamente. Pienso, a la hora de tener servicios, Capital es un desastre igual que allá. En términos de concentración… es cierto, hay una cierta concentración acá (la UBA, ponele), pero con las universidades del conurbano eso se rompió bastante. No veo esa distancia tan marcada. Sí la veo con gente del interior. La producción cultural de Jujuy es más difícil cruzártela. Pero que un autor de San Miguel, Hurlingham, o Moreno, edite en una editorial porteña es lo más común del mundo. Y con respecto a lo central o no, me parece que una cosa muy interesante que está pasando ahora es que se astilló el canon. Se rompió. No hay esos escritores que marcan como un imperativo de “esto se hace así”, “esto se hace asá”, que pasaba en los tiempos de Borges. Yo creo que el último de “Gran Padre”, en el sentido patriarcal (de una organización jerárquica donde había alguien en la cima) fue Borges. Después, hay otra gente, pero nadie tiene ese lugar de poder. A nadie se le otorga esa autoridad.

No hay un corrimiento sino una desintegración del canon, entonces.

 

Eso me parece interesante. La idea de canon es una idea total y absolutamente machista. Es una idea macho. Incluso esa idea de que existe una especie de parricidio, en donde el artista entra, imita, y después comete parricidio, está construida en paralelo a la idea de Freud sobre la construcción psíquica de un varón. No puede ser más patriarcal esa idea. Deja a mucha gente directamente afuera. Y a mí me interesa pensar la literatura más como redes, en función de lo que cada uno esté buscando, más como una deriva. De hecho, cuando te dedicas a estudiar posta y escribir posta vas haciendo derivas. Te encontrás con autores que nadie te contó que existían.

¿Qué lugar crees que tiene hoy en día la industria editorial sobre todo considerando que el 75% aproximadamente del mercado está ordenado por unos pocos monopolios editoriales?

 

Ese porcentaje es entendible desde el punto de vista del mercado pero no desde el punto de vista de la literatura porque ese 75% del mercado que tienen las multinacionales no es literatura, es todo lo otro: “no ficción”, libros oportunistas, autoayuda, todo ese tipo de cosas. Si alguien se tomara el trabajo de ver ese número de libros que se editan por año y extraer de ahí lo que podría considerarse “literatura”, ficción, sin ponernos metafísicos en la definición del término, quedará un porcentaje pequeño. La miríada de editoriales, “micro”, pequeñas y medianas que hay están publicando cualquier cantidad también.

¿Cómo ves vos la cuestión de las editoriales independientes? Sobre todo con pensando en que, quizás, el mayor limite se encuentre en el momento de la distribución.

 

Ese es un problemón. Veo que muchas veces algunos se agrupan y lo hacen funcionar en cooperativa, como “La Coop”, y como seguramente debe estar haciendo más gente. Pero volviendo a las editoriales y las provincias; Buenos Aires es un monstruo. Buenos Aires, para el 2050, va a llegar casi sin continuidad hasta Rosario. Es una cosa horrorosa. Está todo acá, no es un problema editorial, sino un problema de toda índole, más grave: que vos no puedas vivir en otro lado porque no tenés de qué trabajar, que vos quieras escribir y vivas en un pueblito en la puna o en un pueblito en Córdoba o donde sea y tu acceso a la publicación sea mucho más difícil. De todas maneras, van surgiendo editoriales muy interesantes en todas partes, pero sí, en general van a las capitales: Rosario, Santa Fe, Córdoba. También por las posibilidades que te dan esos lugares, por ejemplo (esto yo no sé si está en las provincias) viste que vos podés imprimir “on demand”, entonces vos haces tiradas de cien ejemplares. En un lugar relativamente grande haces dos fiestas, vendés la birra vos, vendés las empanadas vos, y juntás la guita para hacer la tirada. Yo no sé si esta tecnología está en todas partes. Entonces, una vez más, tenés que ir a las capitales para poder hacerlo. Una cosa que me parece súper importante, y que pasó en la última crisis grande, la del 2001, fue el surgimiento de pequeñas editoriales que hacen a la salud de nuestra literatura. Es imposible conocer a todos los autores. Incluso saber de su existencia. Un día estaba yendo a otra parte y me encontré con una autora que no conocía, Jimena Schere; tiene un libro que se llama Una antología de la literatura argentina que es una genialidad y salió en Paradiso, que es una editorial chiquita.

En la crisis del 2001, por ejemplo, tenemos otro caso paradigmático en Eloisa Cartonera.

 

Bueno, ese fue uno de los casos. En esos años surgieron un montón de editoriales. Eloisa es un caso más extremo, es cuando ya estaba todo roto y tuvieron esa idea genial de laburar con los cartoneros, con el material que ellos juntaban.

Qué autores/as han sido para vos inspiradores/as, tanto antes como actualmente.

 

En este último tiempo… bueno, esta mujer, Jimena Schere, me pareció brillante. Se las recomiendo mucho. Inventa varias lenguas: inventa una literatura argentina antigua, una clásica, una medieval, una barroca, inventa cosas que no existieron y le empieza a modular una lengua a cada una. Es una locura, está buenísimo. Yo recuerdo impactos. La primera vez que alguien me pasó unas fotocopias en la facultad con Evita Vive y El niño proletario casi me muero. Yo no sabía que se podía escribir así. Fue como “vi la luz”. Cuando leí la parte de Pizarnik más chancho, más divertida y más zarpada me voló la cabeza también. Hay muchísimo.

Cómo pensás tu trabajo en otros medios, como por ejemplo diarios y revistas.

 

Mirá, ahora va a salir una columna que hice para Crítica. Y no es periodismo eso. No tuve que investigar nada. Ellos me tiran un concepto y yo construí algo alrededor de ese concepto. Tiene más que ver con una labor de escritora. Ahí no hay noticia, no hay información, no hay investigación… sí, es un artículo de opinión, de reflexión, pero muy volado.

Así como estás en el borde de San Telmo-Constitución, estás también en el borde de la literatura y el periodismo.

 

En ese caso sí. Y después en general no hago más periodismo, o casi nada, porque te pagan muy poco y seis meses después, siete meses después. Inclusive, por ejemplo, tuve que trabajar cuatro días para una nota que me van a pagar (bien pagada, 4 mil pesos) pero ¿qué me queda? ¿con qué pago todas las cuentas? ¿vivo? ¿escribo? Se volvió una cosa bastante miserable el periodismo. Es más difícil de sostener. La gente que lo sostiene tiene una pasión y un deseo puestos que es alucinante y que yo ya no tengo. Me interesan algunas cosas, algunos temas, pero además lo que me interesa tiene que coincidir con algo que yo estoy trabajando porque si no, no me queda tiempo. Yo nunca hice periodismo de investigación, o ninguna de esas cosas, que son fascinantes y que tampoco entiendo cómo se financian la vida.

¿Actualmente estás trabajando en algún libro nuevo?

 

Sí. Estoy laburando en una novela. Es algo que sucede en el siglo XVII entre España y Latinoamérica.

¿Cómo se te ocurrió la idea para Las Aventuras de la China Iron?

 

Mirá, una vez en el 2013 tuve un golpe de suerte y me invitaron a hacer una residencia en la Universidad de Berkeley, en California. La única contraprestación que yo tenía que hacer era dar un taller de algo y a mí se me ocurrió dar uno de narrativa en verso(que me gusta en general); pero bueno, desde Argentina la narrativa en verso es la gauchesca. Entonces leí mucha gauchesca. Pensé mucho en ese corpus y estaba muy divertida. Te pagan muy bien en esas becas. Y salía a caminar en un lugar verde, hermoso, en el que los autos paran para que crucen las ardillas. Es como muy flashero; es gente de todo el mundo, que pinta todo el tiempo, los árboles son increíbles, altísimos, el cielo es muy celeste muy limpio todo el tiempo, cerca está el mar, cerca hay un valle como con sierras, está lleno de bodegas de vino. La pase bomba. Y ahí se me ocurrió esta idea de “ah, bueno, pero esto lo tiene que contar una mujer”. Lo que siguió en mi vida después de eso fue bastante complicado. Mi papa tenía Parkinson y empezó todo el proceso final de la enfermedad, que es atroz, y mi viejo era sano como un roble; esto del Parkinson duró como dos años, llegó hasta la última instancia de la enfermedad. Es algo… no sé. Son cuerpos que van perdiendo la forma humana mientras van sintiendo todo el dolor que conlleva eso. Una cosa horrorosa. Así que no fue para mí un tiempo muy fácil ese. Mientras pasaba todo eso, entre otras cosas más, yo fui escribiendo esa novela. Y yo quería, sobre todo, que la China no se pareciera nada a Martín Fierro, en el sentido de lo infeliz que es Martín Fierro, lo quebrado que termina, de lo humillado que es, de lo maltratado, lo roto que queda. Yo quería que ella fuera algo hermoso, feliz, que la pasara bomba. Como agarrar ese paradigma de héroe nacional y darlo vuelta fuerte, en muchos sentidos. También en el sentido de su posibilidad de ser libre.

Gabriela Cabezón Cámara nació en San Isidro (Buenos Aires) en 1968. Estudió Letras en la Universidad de Buenos Aires (UBA). En 2013 fue becada como Resident Writer en la Universidad de Berkeley, California. Trabajó como editora del suplemento Cultura de Clarín, colabora con medios como Crisis, Página/12, Fierro, Eterna Cadencia y la revista Anfibia. Es autora de las novelas Las aventuras de la China Iron (2017) y La Virgen Cabeza (2009); de las nouvelles Romance de la negra rubia (2014) y Le viste la cara a Dios(2011); de las novelas gráficas Y su despojo fue una muchedumbre (2015) y Beya (Le viste la cara a Dios) (2011) y de los relatos Sacrificios (2015).