Ilustración: Mercedes Domínguez

El largo brazo del cinismo

El policía avanza entre la multitud. Lleva anteojos oscuros, viste uniforme y va a ayudar a un compañero. Una mujer se lo cruza, le empieza a gritar y amenaza con pegarle. El oficial se saca los lentes, y cargado de furia no sabe si dar media vuelta y evadirla o pegarle un cachetazo para que se calme y pare de gritar. Alrededor otras mujeres se suman para increparle que no las dejan avanzar hasta su objetivo, y entre ellas un grupo de fotógrafos que no paran de disparar. Cuando la que le gritaba empieza a pegarle en el pecho, el uniformado decide abrazarla para inmovilizarla y neutralizar la agresión. Los fotógrafos inmortalizan el momento.

Por Fabián Domínguez


El policía avanza entre la multitud. Lleva anteojos oscuros, viste uniforme y va a ayudar a un compañero. Una mujer se lo cruza, le empieza a gritar y amenaza con pegarle. El oficial se saca los lentes, y cargado de furia no sabe si dar media vuelta y evadirla o pegarle un cachetazo para que se calme y pare de gritar. Alrededor otras mujeres se suman para increparle que no las dejan avanzar hasta su objetivo, y entre ellas un grupo de fotógrafos que no paran de disparar. Cuando la que le gritaba empieza a pegarle en el pecho, el uniformado decide abrazarla para inmovilizarla y neutralizar la agresión. Los fotógrafos inmortalizan el momento.

La foto del policía abrazando a una Madre de Plaza de Mayo fue tapa del diario Clarín del 6 de octubre de 1982, con una imagen en tamaño inusitado acompañada del título: “Pacífica concentración en el centro”. El día anterior, los diarios informaban que la Marcha por la Vida estaba prohibida por la dictadura y Clarín colocó, por primera vez en una volanta de tapa, la palabra desaparecidos. El 7 de octubre, el mismo diario, en el editorial que siempre es pura letras e ideas, llevaba en el centro la foto en cuestión bajo el título “Más allá de las palabras”. El escriba oficial del Gran Diario Argentino interpretó que el abrazo del oficial de la Federal era una mezcla de “acto de servicio y actitud humanitaria”. En realidad la foto hay que verla en la secuencia que sacó el fotógrafo Marcela Ranea, de la agencia DyN, donde se ve al policía peleándose con Nora Cortiñas, primero, y Susana de Leguía, después. Esta última es la que resulta abrazada para ahogar sus palabras, reclamos y reproches contra el oficial que no les permitía avanzar en la marcha.

─ Esta foto no fue trucada, pero no representa la realidad ─ nos dijo Cora Gamarnik a los cursantes de la Maestría en Historia Contemporánea de la Universidad Nacional General Sarmiento (UNGS). Ella me confirmó algo que intuía desde que trabajaba en el diario La Hoja de San Miguel: en la investigación, las fotos son tan valiosas como las palabras. Las imágenes no son meras ilustraciones distractivas; y Gamarnik venía a decir lo valiosas que son como método para registrar la historia. Con ella supe la historia detrás de la foto del policía y la Madre: en realidad era un abrazo cargado de cinismo, en el que la Madre no estaba siendo protegida ni había un rasgo humanitario en el gesto del oficial.


El 31 de mayo pasado, en plena cuarentena, se recordó la primera marcha de las Madres de Plaza de Mayo. Justo ese día estaba viendo el archivo de Clarín, las fotos de Raena y otras que reflejaban la Marcha por la Vida. Un compañero de Florencio Varela, Guillermo Cuco Ñañez, me contó que estuvo en esa marcha, que fue muy emotiva, que acompañaron todos los organismos de derechos humanos, que hubo mucha represión, con los caballos acechando en cada esquina.

─ Me impactó tanto marchar ese día que escribí un poema, y fray Antonio Puigjané se lo dio a Hebe de Bonafini. Se publicó en un libro que editaron las Madres ─ contó Ñañez.

Fui a los archivos y confirmé que se trató de impedir la movilización. Leí los nombres de quienes empujaron para que se realizara y los detalles de esa marcha por calles laterales, perseguida, reprimida, y con toda la voluntad castrense para que no se acercara a la Casa Rosada. El relato final de Cuco me permitió entender la emoción de mi amigo al finalizar aquella jornada. Ahora no solo sabía la historia de la foto, sino lo impactante que fue esa marcha de 1982.


Reynaldo Benito Bignone siempre quiso mostrarse democrático, aperturista y como “el último presidente de facto”. Sin embargo sus gestiones en distintos ámbitos estaban acorde al espíritu genocida de sus predecesores. Como cuando fue director del Colegio Militar, de donde desaparecieron soldados bajo su mando. Su gestión como dictador estuvo a la altura de los otros genocidas, por eso no sorprende su actitud en octubre de 1982.

El día anterior a la marcha convocada por organismos de derechos humanos, Bignone se reunió con el general Llamil Reston, Ministro del Interior. La decisión fue prohibir la Marcha por la Vida y un largo comunicado, firmado por Reston, no dudó en acusar a una de las entidades convocantes como de “madres de delincuentes terroristas”.
La marcha no se suspendió. A media tarde se reunieron algunos de los convocantes en Libertad al 200, sede del Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos. Sacerdotes tercermundistas, los obispos Jorge Novak y Jaime de Nevares, algunos pastores evangélicos como Federico Pagura estaban allí y salieron rumbo a avenida de Mayo, junto al premio Nobel de la Paz y titular del Serpaj, Adolfo Pérez Esquivel y algunas Madres de Plaza de Mayo. Caminaron 300 metros y, al doblar en la avenida de Mayo, desplegaron un largo cartel que decía “Marcha por la vida”; se sumaron más participantes. A las 17 hs. llegaron a Lima, cruzaron 9 de Julio y la manifestación superó los 3000 participantes. Restaba un trayecto de cinco cuadras para llegar a la Plaza de Mayo y desconcentrarse. Pero la caminata se transformó en una odisea de casi dos kilómetros, con manifestantes que no dudaron en empujar para llegar a la Plaza y 800 policías que, durante más de tres horas, trataron de impedir que la manifestación se acercara al centro histórico del país. “Con vida los llevaron, con vida los queremos”; “los desaparecidos, que digan donde están”; “a los presos, libertad”; “se va acabar, se va acabar, la dictadura militar”, eran algunos de los cantitos que retumbaban en las calles bordeadas de edificios.

En avenida de Mayo y Tacuarí, el comisario Humberto Domínguez se presentó a los organizadores y les dijo que, si doblaban por Tacuarí hasta Belgrano, no iban a reprimir y podía dejarlos entrar a la Plaza por una calle lateral. Los manifestantes no tuvieron opción porque la ruta de acceso estaba cortada con carros de asalto y un cuerpo de la policía montada. Mientras tanto la manifestación iba creciendo en cantidad, y ya sobre avenida Belgrano superaban las 5.000 personas. La tensión con la policía se sentía en el aire, y en la esquina de Diagonal Sur, los de uniforme azul se dieron el gusto de salir a golpear montados en sus caballos, reprimiendo el intento de algunos de encarar para llegar a la Plaza. Como era de rigor, los jinetes no temieron enfrentarse y topetear con sus caballos a las mujeres del pañuelo blanco que se juntaron para resistir la embestida de la caballería. Un grupo de jóvenes y algunos fotógrafos corrieron a auxiliarlas, con la multitud repudiando a los jinetes de bastones negros. La marcha siguió por Belgrano, y en cada esquina los manifestantes intentaban doblar a la izquierda para llegar al objetivo, a esa altura la multitud superaba los 10.000 manifestantes. Por fin llegaron a Paseo Colón y, al tratar de doblar a la izquierda, el oficial Domínguez se acerca a Pérez Esquivel para decirles que el Ministro del Interior le ordenó que no deje llegar a nadie a Plaza de Mayo.

El comisario Domínguez ofreció dejar pasar una delegación de las Madres y otras organizaciones para que entreguen el petitorio en Casa de Gobierno.

─ No tenemos ningún petitorio. No podemos parar a la gente. Si no vamos todos, no va nadie ─ le responde una de las Madres. En eso, apareció el comisario Carlos Enrique Gallone, con uniforme y anteojos oscuros, que quiere dispersar la marcha en medio de la tensión. El premio Nobel se da cuenta que la represión es inminente, que los caballos y las tanquetas están por todas partes, que hay muchos policías de civil infiltrados, que puede haber muchos detenidos, heridos y hasta muertos. Pero a su vez ve muchos periodistas y sabe que ya son noticia, y lograron el objetivo a pesar que no los dejan avanzar más.

─ La marcha estaba prohibida y salió en todos los diario. Tuvimos mucha tolerancia. No quisiera cargar con mis efectivos ─ amenazó Domínguez.

─ ¿Tolerancia? Esperamos seis años y nunca recibimos respuestas sobre nuestros desaparecidos ─ reclamó una Madre. Al lado, Nora Cortiñas estaba discutiendo con Gallone quien se sacó los anteojos ante el diálogo tan ríspido. Otra Madre, Susana de Leguía, se le puso enfrente al policía, le gritó con angustia, se largó a llorar y le golpeó el pecho. El fotógrafo Jorge Sánchez captó la escena de los golpes y la ira contenida del oficial, quien no sabe si golpearla o salir del centro de la escena. Por fin optó por abrazarla para ahogar los gritos de la mujer. Al lado, Nora Cortiñas lo putea y le ordena que la suelte. La escena no es solitaria sino que hay otras madres, manifestantes y fotógrafos que observan todo con atención. Marcelo Ranea, que siguió y fotografió la secuencia, estaba seguro que ya tenía la foto del día y se fue a la agencia DyN.

En eso, Pérez Esquivel, con un megáfono y en andas de un manifestante, habló a la multitud. Explicó que no podían avanzar. Propuso hacer una sentada y cantar el Himno, antes de desconcentrarse. De a poco se calmaron los ánimos. Muchos se sentaron, otros permanecieron de pie, cantaron el himno y empezó la desconcentración custodiada por policías a caballo, con carros de asalto en cada esquina.

Al otro día, el diario Clarín publicó por primera vez en tapa una foto de las Madres de Plaza de Mayo. La imagen ocupa más de un cuarto de tapa, y aparece Gallone abrazando a una mujer con su pañuelo blanco, bajo el título: “Pacífica concentración en el centro”.

La foto de Raena fue tapa de diarios internacionales como El País de España o El Excelsior de México, New York Times de EE.UU., y ganó el premio Rey de España. Hasta ese momento nadie sabía de la participación del comisario Gallone en la Masacre de Fátima y el mismo oficial estaba tranquilo porque el expediente estaba archivado desde marzo de 1977. La matanza ocurrió el 20 de junio de 1976 cuando, desde Coordinación Federal. Un grupo de oficiales llevaron treinta detenidos-desaparecidos a un descampado del distrito de Pilar, los ejecutaron con un tiro en la cabeza y los dinamitaron. Los cuerpos fueron enterrados en el cementerio de Derqui y muchos años mas tarde el Equipo Argentino de Antropología Forense logró la identificación de veinticinco de esos restos.

Un mes después de la Marcha por la Vida, el 10 de noviembre de 1982, el juez federal Orlando Gallo reabrió la causa a pedido de la madre de un soldado desaparecido. El efecto dominó se activo, las piezas cayeron de a poco, se derrumbó el gobierno militar, pasaron más de media docena de gobiernos civiles, el calendario desgranó tres décadas y por fin el Comisario que apretó contra su pecho a una Madre de Plaza de Mayo se sentó en el banquillo de los acusados.

─ Me acusan, culpa de la foto que salió en el diario. Esa foto fue mi condena ─ fue el alegato de Gallone durante el juicio. El 18 de julio de 2008 el Comisario Inspector fue condenado a prisión perpetua por el asesinato masivo en Pilar, junto a otros cómplices que aun viven, como el policía Juan Carlos Lapuyole. A los jefes que ordenaron o apañaron la masacre los benefició la muerte antes del juicio