Dossier: José Sbarra

Índice

1) “Acerca de Plástico Cruel“, por Florencia Nieto

2) Selección de poemas de Obsesión de Vivir (1975)

3) “Un idéntico resentimiento: acerca de Obsesión de vivirAleana“, por Leónidas Castillo

Datos curiosos de José Sbarra

Su faceta militante

16/4/1984. Fundación de la Comunidad Homosexual Argentina (CHA) en la clandestinidad del boliche “Contramano”. Entre los 150 asistentes, figura el escritor José Sbarra, pionero de los derechos LGBT en Argentina. En la foto es el tercero de derecha a izquierda. Con esa bandera participaron en una manifestación en la que también estaban SMATA y la UOM, que les abrieron paso entre sus columnas.

La nota que aparece salió en el N° 3 de la revista “El Periodista de Buenos Aires” (29 de septiembre al 5 de octubre de 1984).

Su humanidad

 “Años noventa. Desesperado, Enrique Symns llama por teléfono a Tom Lupo a las dos de la mañana: “José Sbarra tiene un arma y se quiere matar”. Como Lupo es psicólogo, Symns piensa que va a ayudarlo a solucionar la situación. Sin saber qué hacer, Lupo sale para el Marconetti, un edificio tomado ubicado frente al Parque Lezama. Cuando llega al lugar, se le ocurre persuadirlo con la anécdota de un suicida de la película Confidencias, de Visconti. Sbarra queda conmovido” (Fragmento de nota José Sbarra: en los márgenes, Revista Sudestada). 

Su lucha contra el HIV

José Sbarra es parte de este grupo de autores que ha enfermado de VIH: en algunos la huella de la enfermedad ha quedado en su obra, en otros en su biografía. Quizá la importancia de Sbarra fue que la reveló en el programa de Susana Giménez y de paso anunció que no tomaría la famosa AZT por considerarla veneno. (Fragmento de nota José Sbarra, el escritor argentino y el VIH, de Revista LT La Terceta). 

Poema inédito de El mal amor

Acerca de Plástico Cruel

Por Florencia Nieto

La obra Plástico cruel es un texto de los años 80´s tan difícil de clasificar que las dudas de cómo referirse a él en el acto de enunciar están presentes siempre.  Un poco teatral, pero sin didascalias ni descripciones claras, un poco narrativo pero absolutamente dialógico, también un poco poético: un poco, un poco, un poco. Hablar de Sbarra y de Plástico cruel es hablar de fragmentación, de hibridación, y sin embargo, también es hablar de tajantes posiciones frente al amor, la miseria, la realidad y la fantasía. 

 

Es un texto que mezcla armoniosamente la anarquía, el amor, la vida marginal y el deseo. Las voces textuales proliferan a lo largo de toda la prosa-poética-diálogos, los personajes dicen y expresan sin ningún tapujo toda su humanidad, e incluso una sección llamada “señales de tránsito” funciona como una especie de flujo de conciencia de distintos personajes:

Señales de tránsito

“¿Alguna vez dos seres se amaran del mismo modo y al mismo tiempo?” (p. 364). 

 

Es decir, todas las líneas narrativas se conectan, pero están dispersas en los distintos personajes que de manera igualmente fragmentada van dándole profundidad al devenir de sus vidas. El tono particularmente situado entre lo grotesco y lo filosófico retrotrae a la tradición literaria que complementa o combina lo alto y lo bajo, lo elevado y lo mundano. Esta característica resulta estructurante en varios niveles, en primer lugar, en el mismo tema de la obra; en segundo lugar, en el contacto de un conjunto de personajes que pertenecen a esferas sociales totalmente opuestas, y que,  sin embargo, encuentran puntos de conexión, que en oportunidades será el deseo y el placer, y en otras oportunidades será el dinero y lo material. Por otra parte, Sbarra compone un mundo marginal y queer con tal agudeza que te adentra rápidamente en un suburbio donde la mugre convive con los sentimientos y emociones más puras:

“-No entiendo, Axel, cómo conseguís ser tan tierno un día, y tan desagradable al otro.

-No es difícil conseguirlo, Linda, basta con ser espontáneamente humano

-Si seguís así vas a morir de soledad

-¿Quién te dice que necesita estar acompañado?

-¿Y entonces para qué me llamaste?

-Para cojer, Linda, para cojer” (p. 359). 

 

El argumento principal podría sintetizarse como la historia de un triángulo amoroso y amor no correspondido entre una travesti llamada Bombón, quien se define a sí misma como “poeta y puta”, y un chico de 17 años, Axel “el cerdo”, que llega a la ciudad desde el campo, que, a su vez, se enamora de una chica joven, citadina y adinerada llamada Linda Morris. Bombón es la primera voz a la que accedemos en la obra y retrata sus penas amorosas con Axel a partir de su diario íntimo, otra vez, reafirmando cierta hibridación de géneros a lo Puig, y fragmentando la comunicación entre canales escritos y orales, entre mensajes privados y públicos. Asimismo, este diario, sin fecha ni lugar especificado, se  presenta en fragmentos entrecruzados con diálogos, alucinaciones y señales de tránsito, como ya fui mencionando previamente. 

 

De cierta manera, todas estas características nombradas, esta narrativa de Sbarra hiper fragmentada,  pero que al mismo tiempo construye una linealidad de sucesos hacen que la lectura sea veloz y muy visual, casi como un montaje cinematográfico. Esta es una gran destreza por parte del autor, ya que mantiene una estética de un “desborde mesurado”, o en palabras más rioplatenses: un bardo inteligente, esto es, con un sentido claro.

 

Los vínculos disfuncionales entre Axel, Linda y Bombón van mutando parte a parte. Es así como el personaje de Axel termina planeando el autosecuestro de Linda con ayuda de sus dañados amigos, entre los que se cuenta Bombón, quien derrotada por sus sentimientos, colabora con el plan de su enemiga, Linda Morris. Todos los personajes logran ser poetas y delincuentes de algún modo, y de esa manera poetizan cada rincón del texto hasta alcanzar un estado textual en el que por encima de todo está el lenguaje poético: 

Bombón, poeta y puta”

Solo tengo el deseo y la poesía. “Y mi amistad, me dice Axel, Cuando lo que busco de un hombre es que me ame, su amistad es solo un consuelo, y nada me entristece tanto como un consuelo (…)” (p.337). 

 

Finalmente, el dinero y la anarquía es otra de las dualidades que se presentan en la obra como dos mundos extraños entre sí con ciertos momentos de coincidencia. Hay un conjunto de personajes que representan el sector más outsider, que constantemente combinan gestos de grandeza y erudición con los actos más primitivos posibles, y que emulan en el plano vincular, sexoafectivo y social la anarquía política como forma de vida. Simultáneamente, la familia Morris aparece bajo el signo del plástico como metáfora de lo hueco, lo banal, lo que carece de flexibilidad o suavidad -una metáfora que los millennials volveríamos a ver en distintos productos culturales, como en  Mean girls años más tarde- y que sintetiza fielmente los valores fuertemente mercantilistas, la lógica del intercambio, de lo desechable, e incluso de lo contaminante. En estos puntos constantes que construye Sbarra de esquinas en las que se juntan, por ejemplo, un padre ausente, fraudulento y materialista con un cocainómano que finge ser un detective, y que aún así puede darle lecciones de vida: 

“(…) -Frula, me gustaría saber si usted políticamente es de derecha o izquierda

-En política no hay izquierda y derecha, señor Morris, sólo hay arriba y abajo.” (p.390). 

 

Así, Sbarra nos compone este universo plastificado, cruel pero a la vez demasiado humano y hermoso como para desear que dure para siempre su lectura.

Selección de poemas de Obsesión de vivir (1975)

VIII

¿Por qué nos enseñaron a esperar sin darnos armas contra el cansancio, sin

advertirnos, sin avisarnos que en algún punto del camino acabarían las señales

y deberíamos continuar a tientas?  

X

¿No habrá nunca nadie que desee beber nuestras lágrimas?  

XVI

“No nos une el amor
sino el espanto”
L. Borges

No, naturalmente, no nos une el amor sobrevivimos

sin amarnos ¿Cómo podríamos amarnos? Nadie ama

a un desdichado salvo que se trate de un hermoso

príncipe de cuentos y su desdicha sea sólo

aburrimiento o hartazgo. Nos cansa pronto

escuchar un gemido y más aún cuando no proviene

de un bello infante abandonado en una cesta a

orillas de un lago de garzas y flamencos. No, los

desdichados estamos confinados a sobrevivir en la

soledad masticando nuestra humillación como un

veneno que nunca nos mata.

No, naturalmente, no nos une el amor en todo caso, lo que nos une es un

idéntico resentimiento una misma rebelión una rebelión tan desmesurada que

acaba por volverse estéril. No es una rebelión genuinamente política ni

religiosa, es la rebelión de nuestro origen contra sí mismo de nuestra sangre

contra sí misma de nuestra nada contra la nada o de nuestro cielo contra el

cielo de los otros. Es la rebelión de los que sufrimos porque deseamos algo que

no existe.

No, naturalmente, no nos une el amor nos une el magnetismo de esta casa;

nos une este laboratorio del dolor; nos une este cuarto que nos aísla del

Insulto, del bostezo indiferente de la calle, de las lluvias heladas del invierno,

del sol ardiente del verano; nos une este lugar en el que somos contenidos y

este tiempo que nos mide.

No, naturalmente, no nos une el amor nos une la misma búsqueda

(o la misma fuga) Nos unen, en definitiva, los mismos

interrogantes, las mismas ignorancias y el mismo deseo

(una bruta ansiedad) por conocer al menos el porqué de

nuestro sufrimiento.

No, naturalmente, no nos une el amor nos une, en el mejor de los casos, el

terror a la soledad completa, la incapacidad de amar a otro ser sin sentirnos

inferiores y humillados. Nos une un orgullo que se alza cuando más

desmoronados estamos. Nos une la incredulidad de que alguien diferente

pueda amarnos.

No nos une el amor nos une la vergüenza. Nos une el pudor de saber tan

íntimamente cómo es el otro y de no saber con la misma intimidad quién es el

otro. Nos une un raro temor, algo así como una envidia anticipada por si uno

de los dos ingresa al mundo de los seres dichosos.

Nos unen todas las bajezas visibles y las previsibles.

Nos une el fracaso como un pacto de niños, firmado

con sangre y alfileres.

No, no nos une el amor ni la esperanza de alguna vez

amamos nos une nuestro empecinamiento contra

las insalvables distancias que nos separan. Nos une

la inercia de dos esculturas que, comparten una

plaza: cada una sobre su piedra sin poder alejarse

un solo paso, pero también sin poder acercarse un

solo paso. Nos une ese acercamiento incompleto

ese mirarnos cada uno desde su altura (o desde su

miseria) Nos une un largo silencio cargado de

palabras que pesan demasiado para decirlas así

porque sí, sin garantías de que no estallen en los

labios al pronunciarlas. No, no nos une el amor que

es un puente lo que nos une es un abismo. Nos une

este lamento que trazamos las tardes de lluvia como

dos gatos arrinconados por niños armados con

piedras. Nos une este lamento como una esperanza

involuntaria, inconsciente, de que él nos salve. No,

no nos une el amor quizá sea el infortunio el que nos

obliga a aferramos con tanta vehemencia, quizá sea

este viento por el que nos dejamos arrastrar o quizá

sea esta penumbra que nos desdibuja. No, no nos

une el amor nos une el acicate de una soledad

idéntica y diferente y no es únicamente el temor a

la soledad presente es también la premonición de

encontrarnos solos en el futuro.

Cuando ya nuestros físicos no despierten atracción

ninguna. Esa desolación futura que sabemos que

nos espera con su ávida crueldad, en alguna punta

del camino, nos hace temblar más que la desnudez

de este instante.

No, no nos une el amor nos une el no saber vivir.

Nos une este salvaje empecinamiento de sumarle a

la desdicha actual el pavoroso temor a la

incertidumbre (o a la certidumbre de tragedia

inevitable) del porvenir.

No, no nos une el amor nos une la necesidad de duplicar

nuestra voz para intentar el derrumbe de los oídos que

son murallas contra la sinceridad. Nos une la evidencia

de que al mundo le estorba nuestra aflicción. Nos une

este sobrevivir por un anhelo insensato que quizás sea

el germen deforme de una fe desarrollándose sin

nuestra colaboración, sin nuestro consentimiento.

No, naturalmente, no nos une el amor

nos une este lamento que lanzamos

como una flor y un insulto como un

reproche y una súplica a todos y a nadie.

Nos une este lamento porque el hecho

mismo de haber podido construirlo se

asemeja a la esperanza. Pero no nos

engañemos, al final de cuentas, lo que

nos une no es el puente sino el abismo.

XXXIX

Llegará el día en que estés bien.

XL

Yo beberé tus lágrimas.

Un idéntico resentimiento: acerca de Obsesión de vivir y Aleana

Por Léonidas Castillo

José Sbarra nació el 15 de julio de 1950 en Buenos Aires en el seno de una familia humilde y disfuncional. Fue maestro, periodista, escritor, trabajador sexual, y guionista de televisión. Murió el 23 de agosto de 1996, con VIH. Sus cenizas fueron esparcidas, junto a las de Gustavo, su pareja, en el lugar en el que se conocieron, el muelle de Necochea. Como escritor, si bien comenzó escribiendo literatura infantil y juvenil, se destacó con literatura para adultxs. Escribió poesía y narrativa: entre sus obras se encuentran Obsesión de vivir (1975), Aleana (1979), Plástico cruel (1993) e Informe sobre Moscú (1996), entre otras.

La literatura de José Sbarra es incómoda, verborrágica, marginal, tanto desde la escritura como desde los temas y personajes que representa. Sus personajes son travestis, drogadictxs, locxs, pobres, es decir, gente que por un motivo u otro no encaja dentro de los cánones de lo socialmente aceptado. Quizás sea por esto que uno de los grandes temas en la literatura de Sbarra es la soledad: ¿cómo son las vidas de quienes se fugan -ya sea por decisión o por su mera existencia- de las normas impuestas por una sociedad?

Si pensamos en la tradición literaria argentina, podríamos decir que hay en la literatura de Sbarra un dislocamiento de la oposición civilización-barbarie, ya que estos personajes marginales -que son lxs que vienen a romper, aunque sea involuntariamente, el orden social- son quienes se muestran de manera más humanizada, lxs que sufren y denuncian las injusticias represivas, violentas y abandónicas de un estado y de una sociedad bárbara que lxs condena. En este sentido, podríamos decir que la obra de Sbarra se acerca a la que en ese mismo tiempo estaban escribiendo otros autores argentinos como Néstor Perlongher -con su poema “Cadáveres”- u Osvaldo Lamborghini -con el cuento “El niño proletario”-, por ejemplo, donde vemos que se denuncian las violencias y crímenes ejecutados y avalados por el estado y la sociedad de entonces. Sin embargo, habiendo en la literatura de Sbarra en general y en Obsesión de vivir y Aleana en particular un anclaje espaciotemporal concreto, las problemáticas abarcadas en sus textos no dejan de ser, en muchos sentidos, transpolables a otros contextos, e incluso actuales.

Es así que podemos ver personajes como Aleana -que aparece tanto en Obsesión de vivir (1975) como en la nouvelle Aleana (1979)-, una mujer que está casi completamente sola en el mundo, que sufre su soledad pero al mismo tiempo aborrece la hipocresía de la sociedad que la margina por ser una persona con una enfermedad mental. En la nouvelle observamos como Aleana aligera sus padecimientos mentales y emocionales cuando conoce a Valerio y Patricio, una pareja de jóvenes gays con los que genera una amistad: “Gracias a Valerio y a Patricio mi vida se está organizando; ahora me dan ganas de despertarme temprano por las mañanas, de limpiar el caserón y de ponerme elegante para esperarlos por las tardes.” De la misma manera, Valerio y Patricio encuentran un lugar en el cual no son juzgados ni violentados por no encajar en el régimen heterosexual, como sí les pasa en sus casas y en las calles. Su amistad se ve truncada cuando deciden hacer una fiesta que desencadena una serie de eventos trágicos:

-Vamos a tener la fiesta más divertida que jamás haya tenido la gente…

-“Gay”, Aleana.

-… La gente gay de todo el mundo.

Aleana (1979)

Luego de esta fiesta, terminan todxs detenidxs por una denuncia -recordemos que en los años de la última dictadura cívico-militar argentina, donde se sitúa el texto, la comunidad LGBT+ fue perseguida y desaparecida a través del uso de los Edictos Policiales, especialmente del Edicto 2H sobre “Escándalo público”- y a raíz de esto, el padre de Valerio se entera de que su hijo es gay y lo asesina. Es entonces que Patricio se despide de Aleana, advirtiendo el peligro, por la persecución y penalización tanto estatal como social, de la mera amistad, alianza o compañía entre personas marginadas: 

-No creo que podamos encontrarnos otra vez, ni mucho menos tratar de componer ese mundo fantástico que vivimos los tres juntos en esta casa. No, Aleana, no me dejarían. Somos marginados, ¿te acordás que habíamos charlado sobre eso?, y como si no fuera suficiente castigo vivir al costado del mundo, también nos condenan a la soledad. Nos permiten sobrevivir a cambio de que nos convirtamos en vagabundos aislados, no sé si es porque temen que intentemos corromperlos o porque les fastidia que podamos ser felices sin renunciar a nuestros defectos capitales. 

Aleana (1979)

Obsesión de vivir (1975), por otra parte, es un poemario que se presenta como “Diario íntimo de dos hermanos, Alcides y Aleana”, dos outsiders con una vida cargada de padecimientos y soledad. En los epígrafes leemos sus voces que nos adelantan el tono del libro: “‘De esto estoy seguro: no quiero morir.’ Alcides”. En esta voz ya aparece un enlace con el título: Alcides, contra todo pronóstico y a pesar de sus penurias, no quiere morir, esa es su resistencia frente a un mundo que probablemente lo prefiere muerto. Tanto Alcides como Aleana, y la mayoría de los personajes de Sbarra, abrazan la vida casi podría decirse de manera obsesiva, a pesar de ser marginadxs, perseguidxs, solitarixs. Quizás de la misma manera que el mismo José Sbarra, según cuenta su hermana Pipi en una entrevista que se puede encontrar en Youtube, vivía para escribir, obsesivamente, al mismo tiempo que sufría de una sensibilidad exacerbada ante las injusticias del mundo.

En el epígrafe siguiente, leemos a Aleana: “Yo soy de otra época. De una época que nunca existió.” Es así que en este comienzo ya observamos la matriz desgarradora que estructurará el poemario en particular y la literatura de Sbarra en general: Aleana, como Alcides, es una mujer que sufre por no pertenecer a un entorno, a una sociedad que desprecia casi tanto como la desprecia a ella. 

¿Y qué es esta “obsesión de vivir”? Quizás una vitalidad urgente, una rebeldía en resistir, una fe humanitaria en hacer del mundo un lugar menos injusto o menos solitario a través de la literatura. ¿Para quién escribe Sbarra sino para todxs lxs marginadxs del mundo? ¿Y qué es la literatura sino una forma de conectarse con unx otrx, una forma de comunicación, de diálogo? ¿Es la literatura lo contrario de la soledad? Quien es visto socialmente como locx, para Sbarra, simplemente es alguien que está solx: 

Alcides, que recitó sus poesías desnudo en plena avenida

Corrientes, hasta que llegó la policía y lo golpeó. El tropel

de curiosos gritaba: “¡está loco! ¡está loco!”. Alcides,

cuando pudo hablar, murmuró apenas: “No, no estoy loco,

estoy solo”.  

Obsesión de vivir (1975)

Es por esto que Aleana (en la nouvelle) limpia su casa, se levanta temprano y está de buen humor cuando se hace amiga de Patricio y Valerio, porque la alianza de la amistad le da un motivo para seguir viviendo, al mismo tiempo que la ancla aunque sea por un momento con la realidad, se sale de sí misma a través del contacto con unx otrx. Sbarra pareciera querer acompañar a través de su literatura a todxs aquellxs que son expulsadxs de la sociedad cruel e hipócrita en la que vivimos, a lxs que están solxs, a lxs locxs, lxs pobres, lxs maricas, lxs travestis, lxs drogadictxs, lxs suicidas. Tal como cuenta Pipi Sbarra en la entrevista que mencionamos anteriormente, lo que quería José era que su literatura sea accesible para cualquiera, por eso, ella fomenta la circulación de sus textos en formato online de manera libre y gratuita. La obra de Sbarra, podríamos decir, es un llamado a aliarse, un llamado a descubrir la potencia de la interseccionalidad, un llamado vital a la resistencia, a la fuga:

No, naturalmente, no nos une el amor nos une la misma búsqueda

(o la misma fuga) Nos unen, en definitiva, los mismos

interrogantes, las mismas ignorancias y el mismo deseo

(una bruta ansiedad) por conocer al menos el porqué de

nuestro sufrimiento.

No, naturalmente, no nos une el amor nos une, en el mejor de los casos, el

terror a la soledad completa, la incapacidad de amar a otro ser sin sentirnos

inferiores y humillados. Nos une un orgullo que se alza cuando más

desmoronados estamos. Nos une la incredulidad de que alguien diferente

pueda amarnos.  

Obsesión de vivir (1975)