Dos atardeceres en Catán

Ilustración: Gabriel Carpita

Por Gastón Silbert

Lo siento reina, pero vos sabes cómo es esto.

Anónimo

La primera vez que escuché hablar de González Catán estaba en el hipódromo de San Isidro. Trabajaba desde hace un año como profesor en escuelas del conurbano y para hacer tiempo entre las clases iba a ver las carreras de caballos.


Esa tarde en el bar del hipódromo tres hombres charlaban en la única mesa ocupada, otros deambulaban de traje con la mirada perdida y se amontonaban en la única ventanilla de apuestas abierta. Una máquina de cigarrillos vieja que todavía funcionaba con monedas te regalaba una cajita de fósforos con la compra de un paquete. Metí las monedas de a una y cuando terminé vi un cartel que decía en letras gastadas que la
máquina no andaba. Los hombres de la mesa se rieron por lo bajo y me saludaron con sus vasos de cerveza. Caminé hacia los establos oliendo el pasto recién cortado. Los cuidadores masajeaban a los caballos con aceites importados, los peinaban con cepillos gigantes y les acomodaban las riendas de cuero fino alrededor de los cogotes brillantes. Fui hasta el Padock y me senté en la tribuna semivacía. Desde lo alto, empezó a caer agua por las escaleras entre los asientos. Un grupo de borrachos había abierto una canilla o roto un caño, gritaban y se reían, Las cataratas del Niagara, Las cataratas del Niagara.


Un hombre de pelo largo con un maletín de cuero negro, miraba la carrera y me acerque a pedirle fuego. Nos quedamos charlando un rato y me recomendó una yegua de González Catán llamada Tanta suerte. Fui hasta la ventanilla y aposté mil pesos a ganador.


Cuando empezó la carrera me acerqué a la baranda de la pista y me apoyé para sentir el temblor de quince caballos pasando al galope. Los caballos encararon la recta final a setenta kilómetros por hora como máquinas enceguecidas. No llegué a ver a Tanta suerte que se había quedado rezagada; hasta que una yegua sin jinete cruzó primera el disco. Más tarde me enteré que cuando un caballo gana sin el jockey, no se cobran las apuestas.


Dos años más tarde tomé algunas horas como profesor de Literatura en el turno noche de una escuela rural. En el camino a la escuela me agarró la lluvia y tuve que refugiarme en un circo.


El circo de González Catán se sacudía con el viento de una tormenta negra, como una noche adentro de otra. El Arroyo las Víboras se había desbordado y en el agua flotaba un caballo y un mantel de flores azules. Un auto dado vuelta al costado de la ruta, me hizo pensar en una frontera.


Los campos en Catán parecen extensiones marítimas. En alguno de esos campos infinitos se crían los caballos más rápidos de Buenos Aires. Uno de los más famosos criaderos de la zona es el de los Herralde, gente de pocas palabras, herederos de una fortuna cuyos orígenes son desconocidos.


Mis alumnos, unos cuantos pibes y pibas de tercer año se juntaban a fumar y tomar en la placita antes de entrar a la escuela. A las siete entraban casi todos a mi clase de Literatura. Digo casi todos porque siempre se quedaban en la placita Alan y Yoni, dos pibes de Pontevedra.


Se quedaron solos en la plaza y contemplaron el atardecer que bajaba como desde otra dimensión, una más feliz, una dimensión hecha de fuego. Nadie lo sabía pero esa noche iban a robar dos caballos de carrera del campo de los Herralde. Después los iban a intentar vender al gitano Moti, un cuarteador de Pontevedra que le compra caballos a los cuatreros de la zona.
En algún momento de esa tarde, Alan saltó de su hamaca y frenó la de Yoni que se hamacaba con los ojos cerrados. Cuando Yoni quiso darse cuenta ya lo tenía tan cerca a su amigo que solo llegó a abrir la boca para decir algo que nunca dijo. Alan lo besó y no encontró resistencia. Se tocaron con las lenguas y sintieron que alguien los estaba mirando. Pararon asustados y se fueron caminando en direcciones opuestas.


Yo me enteré por Mica, la novia de Alan, que apenas me vio pasar por la placita, vino llorando a contarme que los había visto darse un beso en las hamacas. No paraba de llorar y repetía fuera de sí; es puto profe, es puto y fueron a robar profe, cuatreros de mierda. Así me dijo, fueron a robar dos yeguas de carrera profe.


Cuando llegué a la escuela había un grupo de familiares en la puerta. Ahí escuché que lo habían matado a Yoni con un tiro de escopeta. Una de las señoras, mientras lloraba desconsolada, repetía sin parar que había visto pasar a una yegua corriendo sin rumbo en la madrugada.

__________________________________

Gaston Roberto Silbert nació en el barrio del once en 1978, vive en Buenos Aires y es algo así como  profesor de Literatura en escuelas públicas. A veces escribe relatos y guiones para cortometrajes y comics. Ama el cine y la música y comparte sus días con un gato negro. En varias oportunidades hizo dedo en la ruta hacia rumbos desconocidos. Se buscó a si mismo en un viaje por el Amazonas en 2007 y no se encontró.