Cuatro relatos sobre Buenos Aires, por Antonella Ibañez Vulcano

amanchándonos

Mírame a mitad de este puente contemplando peces voladores sobre un río sepia, rostros prehistóricos en las nubes que irremediablemente se ahogan, se confunden con la neblina de la ciudad…

Roberto Bolaño

antes de la medianoche Amuleto iba a tener una mancha de mate en alguna de sus páginas, estaba segura, la mancha llegó a las 18:50 de la tarde, y acá estoy, buscándole una forma concreta para poder definirla, pero no, no está funcionando, si usted estuviese acá estaría de acuerdo con mi desesperación, porque es experto en encontrarle forma a las cosas, mejor dicho, en deformar lo formal, en pisar mi alfombra con las zapatillas llenas de barro, y no es una queja, la alfombra está limpia hace tanto tiempo, qué lástima, qué tristeza, está cada día más azul, si estuviese acá usted estaría de acuerdo conmigo, porque es experto en azules y en cualquier color que le recuerde a pájaros vomitando, porque usted no escribe sobre perros, escribe sobre vómito de pájaros sobre mis pies, porque usted no escribe sobre desencuentros, escribe sobre el grito que se escucha todos los jueves abajo de mi cama, y eso es un poco desesperante a la media noche, hay que reconocerlo, porque usted no escribe sobre la lucha, escribe sobre la pérdida inevitable de su lapicera negra en la selva de mi habitación, y ahora estoy buscando locamente la página con la mancha de mate, me podrá imaginar, de cuclillas y con el pullover arremangado, no quiero ni pensar como me está imaginando, y no la encuentro, debe haber desaparecido, no es como aquella mancha con forma de insecto que se quedó a vivir en su libreta, ay, si usted estuviese acá… antes de la media noche Amuleto iba a tener una mancha de mate en alguna de sus páginas, sólo yo lo sabía, y pensándolo mejor esta situación puede rozar lo siniestro, pero ahora que usted también lo sabe nos vamos a reír, yo acá, usted allá, pero nos vamos a reír, porque usted siempre quiere pensar, mejor dicho, siempre quiere tener mis preguntas en sus manos y jugar con ellas, por eso no puedo ocultarle que cuando me decía que yo estaba enloqueciendo pensaba que lo decía por haber pasado toda la noche haciendo dibujitos con mis preguntas, y después de todo las preguntas no se perdieron gracias a usted, si hubiese sido por mí… antes de la media noche Amuleto iba a tener una mancha de mate en alguna de sus páginas, qué palabra iba a quedar tapada por la tinta verde, palabra… yo admiraba que usted conocía una palabra nueva y enseguida empezaba a usarla, sin temor al traicionero léxico ridículo de las manos húmedas como estrellas con los pies descalzos y brillando en las pequeñitas luces apagadas… bueno basta, basta, a veces me pierdo, muy seguido me pasa, como le decía, usted me repetía a cada rato que me estaba volviendo loca, se reía, pero era verdad, y yo lo sabía bien, no estaba asustada, sólo me miraba al espejo muy seguido, por el tema de las pupilas, que te cambian de forma y esas cosas, y no encontré la mancha de mate todavía, pero en el mantelito verde hay una marca de lapicera negra que me recuerda al bar, yo me sentaba y esperaba que sean menos diez para salir apurada hacia algún lugar que ya no recuerdo, pero que usted debe recordar, esperaba que sean menos diez, siempre, y no quedaba ahí nomás, quedaba lejos para salir menos 10, pero yo me sentaba y esperaba, nunca salía menos 11, ni menos 9, siempre menos diez, y eso estaba muy bien porque llegaba con el pulso acelerado y era como estar un poco más viva… y antes de la medianoche Amuleto iba a tener una mancha de mate en alguna de sus páginas, y su A me recuerda a que usted y yo saltábamos a veces sobre los laberintos de nuestro pelo, siempre con el cuidado alerta por si alguno de los dos tenía las zapatillas limpias, (terror), por cierto, las zapatillas llenas de barro me recuerdan al mantelito verde que usábamos de sábana, y otra cosa que es necesario mencionar, no sé si usted recuerda cuando escuchábamos Goyeneche hasta tener los dedos pálidos de frío, hasta temblar de sueño, no sé si lo recuerda, pero estábamos mareados por causa de todas nuestras melancolióticas coincidencias, vivíamos mareados… antes de la medianoche Amuleto iba a tener una mancha de mate en alguna de sus páginas, estaba segura, y acá estamos riéndonos, usted allá, yo acá, usted, el que siempre se anima a todo, no se asuste si cuando se levanta tiene marcas en el cuerpo y una voz desesperada le grita: cuántas miradas de espejo acumulamos en estos años de naufragio, quiero decir, no se asuste si una noche de estas el arte le patea la cara y su libro desaparece de la biblioteca y reaparece bajo el efecto siniestro de la yerba quemada, yo sé que usted no tiene miedo y se anima a todo por ver a los explotájaros vomitando flores y hojas de otoño en nuestros pies.

Neike, neike

Yerba, verde, yerba en tu inmensidad quisiera perderme para descansar y en tus sombras frescas encontrar la miel que mitigue el surco del látigo cruel

Ramón Ayala

Cuando se cierra la puerta, la multitud se reúne detrás de ella para escuchar el suspiro de su asfixia, y después de esa ceremonia todas vuelven a sus puestos.
La puerta es un privilegio de los grandes, porque quien se refugia en su espalda puede respirar un instante al ver el mate y la yerba al alcance de sus manos. Cruzando esa frontera todo es distinto, el placer producido por el acto de succionar agua amarga y caliente es mal visto.
La silla giratoria y la cortina gris se iluminan con más fuerza a las 7 de mañana, el momento en el que la mujer estira sus brazos sobre el escritorio intentando llegar al otro lado de la puerta, para cruzar la ciudad y acariciarle el pelo a la chica de los ojos cansados. Media hora después suena el teléfono, los papeles salen vibrando del cajón, el frío del campo comienza a sentirse, y los dedos resquebrajados de la mujer sienten la presión de la abrochadora, de la tierra y la piel infiltrándose en la grieta de sus uñas. Le duelen los pies, algo los está presionando cruelmente, sospecha de sus zapatos Gucci, o del patrón que el día anterior se le rebeló dejándola de rodillas con la cabeza entre las piernas del yerbatal, entre las piernas del capataz.
Unos pasos firmes y escarchados se acercan a la puerta de la oficina, la mujer se ajusta la corbata y corre el mate a un costado, dejando un abismo entre la felicidad y la torre de hojas que sigue intacta en su escritorio. ¡¡Neike, neike!! grita la voz que se acerca, y pasando la frontera de la puerta marrón se queda parado en frente de la mesa. Ella lo mira, pero unos segundos después agacha la cabeza, le debe respeto, y sabe que la continuidad de su vida, su futuro y el de la mujer de los ojos cansados (que sólo tiene letras en la punta de la lengua para darle al mundo) están bajo esos zapatos puntiagudos que la miran sonriendo o burlándose de sus pies fríos y cansados. Está parado en frente de ella, la deja de rodillas, con la cabeza entre las piernas de la silla giratoria, le afloja la corbata, y entre edificios y papeles y pelos, ella se olvida de respirar.
Después de unos minutos asesinos la puerta vuelve a cerrarse, el pilón de hojas aumenta en altura y en incertidumbre y en odio. Sólo la ventana entreabierta puede calmar la asfixia mental, pero no, un edificio se interpone entre su vista y la utopisoteada libertad.
A las cuatro de la tarde, el ruido nervioso del tecleo, del impaciente resorte de la silla y del látigo cruel, dan a la mujer la esperanza de que falta menos; entre silencios, hojas, y fronteras imposibles, el tiempo salta sobre la palma de una mano fría, y finalmente: la oficina se oscurece.
La pobre Mensú cruza el campo callado, llega a su casa con sangre y tinta en las manos, se saca los zapatos y acaricia la mejilla de la mujer de ojos cansados que se quedó dormida en la silla esperándola. Ella abre los ojos -una letra se le cae de la lengua-.

Explotájaros

YO SÉ QUE EXISTO PORQUE TÚ ME IMAGINAS.
SOY ALTO PORQUE TÚ ME CREES ALTO,
Y LIMPIO PORQUE TÚ ME MIRAS CON BUENOS OJOS, CON MIRADA LIMPIA.
TU PENSAMIENTO ME HACE INTELIGENTE, Y EN TU SENCILLA TERNURA,
YO SOY TAMBIÉN SENCILLO Y BONDADOSO.
PERO SI TÚ ME OLVIDAS QUEDARÉ MUERTO SIN QUE NADIE LO SEPA.
VERÁN VIVA MI CARNE,
PERO SERÁ OTRO HOMBRE OSCURO, TORPE, MALO EL QUE LA HABITA.

Ángel González

La mañana del jueves 16, después de leer unas fotocopias sobre lingüística funcional, de las cuales no recordaba más que: “Sólo así puede hablarse de comunicación animal”, repetí “animal” en voz alta para ver si mi perro se daba cuenta y me miraba, pero no, probablemente no sabía que era un animal. Alguien me había dicho un día que yo era humano y me miraba las manos todas las mañanas para confirmarlo. Además sospechaba de mi humanidad por algunas características que había descubierto de mí mismo en los últimos dos años. Una de ellas era mi variedad de risas, por ejemplo: tenía una bastante sonora y entrecortada cuando me contaban anécdotas graciosas de alguien que ya estaba muerto, y otra más vibrante y sorda para cuando me hablaban de personas vivas.
Dejé las fotocopias en la mesa, me levanté del sillón y me sonaron las rodillas opacando el silbido de la pava hirviendo; podía calcular el tiempo que me pasaba sentado dependiendo del ruido que hacían mis piernas al levantarme. Decidí que había estado sentado aproximadamente una hora.
Miré el reloj y supe que era la hora de salir, pero cuando intenté dar un paso hacia la puerta sentí los pájaros que aleteaban en mi estómago, dolía, dolía como un demonio, no era como me lo habían contado. Cerré los ojos con mucha fuerza para no sentir. Todo lo que veía estaba empapado de asfixia y de pequeños golpecitos parecidos a una ausencia. Los pájaros subían a mi cabeza intentando salir, pero yo había cerrado los ojos con tanta fuerza que ya no podía abrirlos ni con todo el empuje de mi alma humana, y los pájaros no entendían, porque no sabían en dónde estaban, quiénes eran, ni del daño que me hacían; ellos sólo conocían las ventanas con las que se chocaban, y todo era tan trágico y lleno de colores, como el caos, tan lleno de nada, como las manos de los desalojados del barril, y dolía como un demonio, no era como me lo habían contado.
Pasaban los sonidos y mis ojos seguían sellados, los pájaros se habían dormido por un momento, lo que me permitió pensar seriamente, ¿qué habrá sido de la vida de Pablo y Míriam? Él le había dicho que la quería, lo había escrito en la ventana del tren Urquiza. Qué habrá sido del amor de Pablo y Míriam, qué habrá sido de su amor mor morrrrrr, qué, qué, qué ¿quiénes son Pablo y Míriam? Qué… Uno de los pájaros se había despertado. Me acordé de que tenía que respirar, y tuve un segundo de lucidez en el que puede ver mis piernas acortarse y mis manos chorreando un líquido negro parecido a las lagrimas de la mujer que había llorado la ciudad una noche, esperando el tren en la estación de Hurlingham. Me estiré buscando la perilla de la luz, pensando que eso ayudaría a despertar a los demás pájaros, pero no pude encontrarla. Sentí un escalofrío aterrador en los pies, de esos que se sienten cuando el tren frena antes de llegar a la estación (ella espera en la estación) y supe que no era tan alto como creía.
Sentado nuevamente en el sillón flaco, cansado de esperar y reteniendo las lagrimas y las aves adentro del cuerpo, odié al nene rubiecito con el dedo en la nariz que había visto desde la ventana del tren, me sentí malo, muy malo y oscuro. “Ojalá Pablo y Míriam ya no estén juntos, ojalá todo haya sido un sueño, una mentira”, alcancé a susurrar antes de que mis ojos empezaran a abrirse lentamente. Los pájaros comenzaron a cantar adentro de mi cuerpo, y el dolor fue melodioso y triste y hermoso, fue como el despertador dormido en el cajón de mi infancia.
Ya había pasado mucho tiempo, sospechaba, y entre el delirio y la formalidad del mediodía o del atardecer, recordé la frase: “Sólo así puede hablarse de comunicación animal” y me pregunté silenciosamente desesperado, ¿qué significa eso?, ¿qué es comunicación?, ¿qué comen los animales? ¿No era yo un hombre inteligente experto en lingüística y sintaxis? No importaba, mis ojos estaban abiertos completamente. El canto se fue muriendo vibración por vibración, la luz se prendió, los pájaros empezaron a empujar con furia, como una tormenta de alas y pies, no soportaban habitar dentro de un hombre oscuro, torpe, y malo. Silencio.
Esperé unos segundos para recuperar la fuerza en las piernas y me paré en frente de la puerta, supe que estaba vivo. Miré mis manos sucias, recordé que era humano, salí a la calle sin pájaros en mi estómago. Mi perro vio desde la ventana cómo me alejaba.
Ella había dejado de escribirme.

El oficio de poeta sonriente

Estaban muertos desde un principio

Gonzalo Arango

Empecemos por cuando usted imaginaba que la luna era una mirada y que estábamos siendo observados (‘escritos’, a mi gusto). Aunque sinceramente a esta altura de nuestra escritura tenemos que empezar a sospechar de todo (la literatura es una sospecha): de lo bonito, del escalofrío, del aumento de sus lentes y de mi cara de sospecha.
Buscamos nuevas formas de decir, nos desesperamos, nos morimos de frío, nos llenamos de humo, nos mojamos el pelo y seguimos buscando. Quizá en medio del humo estén todas las respuestas. Y desde ya le pido disculpas, usted sabe bien que me fascina la catarata de palabras, el arrebatamiento, no puedo evitarlo. Y no va a encontrar calma acá, no va a tener tiempo de acariciar letras sumisas y suaves -ya no existen, el humo y la humedad las despierta-. Ya se lo voy a explicar mejor, y ojala no suene perverso (¡que suene!), pero: lo voy a matar a palabras.
¿Para qué correr a buscarlo si puedo escribirlo? No como destinatario, claro (nunca va a ser el destino de algo que tenga que ver conmigo), sino como papel. Lo voy a escribir como a las hojas blancas sin renglones. Y no piense que acabo de encontrar esa nueva forma de escritura, es sólo una excusa para decirle que no tengo tiempo de extrañarlo porque las letras me están ahogando, buscan mi intervención, son dependientes y estúpidas sin mis manos -que más torpemente intentan guiarlas-. Pero de todos modos, deme la oportunidad de extrañarlo en este mundo de plástico. Escribámonos cada una década (sería muy egoísta borrar una historia que le pertenece al único mundo que conocemos), así muere todo, así muere todo, así muere todo menos la poesía. Y por si la muerte de todo se toma revancha, le confieso que supe de su terrorífico oficio el día que le pregunté algo sobre el tiempo y usted me dijo que le dolía la cabeza de sólo pensarlo ¡Y sí hombre, hasta que no explote su mente y manche las paredes con barro pisoteado por Arlt, no paramos! En fin. Empecemos por cuando usted se imaginaba que su cara era una vidriera, y le empezó a sonreír a Darío y a Macedonio como le sonreía al bancario a las 9 de la mañana.
Buscamos nuevas formas de decir, y mientras tanto usted practica en el espejo la mirada que le combina mejor con sus zapatos marrones. Me explico mejor, para que se saque el sombrero y me mire como miró una tarde el disco sucio de Goyeneche, cuando usted todavía escondía la sonrisa y apreciaba el perfume del café que no vamos a tomar por la mañana. Le estoy proponiendo algo: basta de frío, borrémonos por completo, como usted no se anima a borrar la poesía que escribe por la mañana en la fila del banco o en la tertulia bancaria de los poetas sonrientes. Que no nos quede ni el límite del lenguaje, que no tengamos en dónde encontrarnos más que en la vereda de su casa o la mía, como cuando la vida no tenía música, pero tampoco ecos, quedémonos sin un lugar a donde correr cuando el mundo esté por explotar, que no haya un sitio en donde decirnos questo o quelotro, que su sonrisa con moño agridulce se pasee por toda la ciudad buscando una rima que ya existió y murió por banal y plástica.
¿Y para qué correr a buscarlo si puedo escribirlo? Usted nunca va a dejar de irse, es algo así como su destino, irse, siempre irse, tarde o temprano, siempre o a veces, en silencio, con el grito del portazo, siempre se va pero se queda; porque es su oficio (porque si no se tiene oficio ni profesión, de nada sirve sonreír al bancario y a Darío, ¿no?). Y de repente todo el mundo amaba su sonrisa empaquetada con azúcar impalpable. Mientras tanto yo escuchaba la gota de agua pegándole a la biblioteca vieja, y detrás del telón seguía soñando con un poeta callado y sonriente, tan sonriente que daba ganas de despertar al sueño de una cachetada.
Empecemos por cuando usted se imaginaba que nos escribíamos la espalda, y espero no suene cruel (¡que suene!), pero, lo voy a matar a versos incompletos. Me explico mejor: ver su nombre en alguna pared de Buenos Aires es mareo y nausea de tardecita (y no me mire como miró una tarde el viejo libro de antónimos, nadie se muere por encontrar un orden estratégico y asesino en un grupo de letras), pero no juguemos con la literatura, (usted sabe): sospechemos. Y por última vez, disculpe, pero no tengo tiempo de extrañarlo. Alguien me necesita más. Alguien me necesita más que yo a usted. Las letras están confundidas, necesitan mi aterradora inspiración para ser, y entre extrañarlo y dar vida, me quedo con el insomnio. Y tal vez lo extraño. Y ojalá no suene perverso (¡que suene!), pero lo voy a matar a letras. Así es como se mata el sueño y el amor. Así se mata poetas sonrientes, así se mata hombres de papel.

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