Cinco poemas de Gustavo Lupano

Teenage Kicks

Después de tres sacramentos: Agua, pan y perdón;
encontré la salvación.
El Frente Agnóstico, los vagabundos del Dharma
y las Mentes abiertas en cassettes piratas
me ayudaron a torcer la eucaristía.
De la mañana descascarada donde crecí,
solo algunos recuerdos
como un vaso de agua turbia
en manos de un viejo con Parkinson.
Los primeros hermosos años de la niñez
pasaron entre asesinos.
Mis nodrizas de la adolescencia
punk rock, poesía y anarquismo
llegaron con la muerte de mi padre.
Así crecido, como los ríos tras los deshielos,
entumecido para el amor
siempre apurado y arrasador.
Ojos marrones como el montón
ladrido eterno de trovador.
Obra mestiza,
un poco beat y un poco fuego.
Ya no hay jardines.
Ya no está el niño que contaba los retoños
y no hay fanzines.
Ya no está el joven que escribía a máquina
y se perdía entre collages.
Ya no quedan baldíos donde jugar,
todo ha sido urbanizado.
La barda herida por carreteras,
apenas unos senderos curados de espanto.
El amor y sus crías en extinción,
la huella borrosa de ese encanto.
Las canciones y las cenizas de los días de luz,
un polvillo en la memoria.

A propósito de mi primer libro de poesía

Un poema es un auto incendiado
dentro de la chatarrería de la cabeza.
Piezas por piezas amontonadas
esperando el desguace y la venta de las partes
para reconstruir la mecánica de la vida.
Un poemario es un desarmadero extenso,
una chacarita de los días y las noches
lleno de esqueletos, cacharros y desastrados.
Algunos fueron amores
otros miedos, angustias y sueños.
Todos oxidados, cortantes, casi inservibles,
irreconocibles por el paso del tiempo.
La tristeza, sin embargo, sigue ahí reluciendo
bajo un sol más roto que los dos.
Resplandeciendo como los huesos en el desierto.
Como el oro en la piedra que nunca va a desprenderse.

Las horas como bestias

Recuerdo a la liebre escapando de los perros.
Su corrida desquiciada,
la velocidad que nunca tuve.
En sus ojos y tendones
como reja mal cerrada el miedo.
Lo que pertenece a la mente,
los tribunales terapéuticos lo deformarán
y el banquero del alma hipotecará.
La alegría de lo que se creía una broma
será furia en la estafa reconocida.
La intemperie terrible nos aguardará
y el viento terminará por enloquecernos.
En las billeteras solo hay fotografías del mito
y algunos billetes para no morir de angustia.
El hombre violento es una marca,
jornalero narcisista
en las hendijas de la psiquiatría y la religión.
Portador sano de las coordenadas precisas
para hundir la vida.
La herida es un nido
y el nido un montón de gomas incendiadas.
Del humo negro leche hervida.
Del tizne piquetero la espera…
Nadie termina de caer en un sueño.

Linchar:


Castigar o matar una muchedumbre incontrolada y enfurecida a un acusado, sin haber sido procesado previamente.

La gente se está apagando
aceptando males equivocados.
Cada uno ve los fantasmas que necesita
y cada uno libera sus monstruos.
Tan jueces en la mirada.
Tan médicos en el abrazo.
Tan policías en el deseo.
No alcanza el espanto.
No alcanza el hambre.
No alcanza la reja.
Ningún dios en la casa de los dioses.
En ese pasaje fronterizo de la náusea al vómito,
donde el miedo constitutivo de nuestra especie
reina patrón, abdicó al método.
La retransmisión se agiganta cegadora y perversa.
Llega siempre nutricia.
El discurso patada.
El discurso egoísta
sobre los cuerpos impactados
de pequeñas realidades escenificadas.
Cada uno será un asesino antes que una barricada.
Con el mínimo interés
las violencias se ofertan
para dormir la vida
sedada en fármacos químicos, digitales
y de reproducción masiva.
La enfermedad reclama sus trozos.
Numeritos de la economía de mercado
brotados de miedo.
Listos para el linchamiento
antes que para el abrazo.
Olvidaron la dicha,
olvidaron lo lúdico,
olvidaron la rebeldía.
Despojados de toda humanidad,
erramos en ladrar cuidando al amo.
Erramos en reinventarnos victimarios,
bajo bandera de la histeria colectiva.
Hace tiempo que he perdido de vista las orillas
ocupado en el viaje, el cuerpo y la palabra,
alejado de ese entramado vincular
que vuelve a existir en el rencor,
regocijado y convertido en turba.
Ni esta, ni ninguna de las próximas noches,
elegiré el miedo.
No celebraré con mis vecinos
vestidos de verdugos y gerentes.
Por el lado de la vida maltratada,
por el lado de la vida violentada,
por el lado más bestia de la vida,
todavía busco un poco de amor.

La gente se está apagando.
Elijo ser una barricada y no un asesino.

Ahab

Mis ojos en compota se cierran.
Bostezo mientras armo un playlist.
La noche, brillante ballena andrógina,
se me escapa a toda velocidad.
Hay un compás cojo:
un sonido seco de palo al caminar.
El dolor peatón de los cansados
en el opulento psicodrama mendicante,
es un vinagre más en los olores de las veredas.
La enfermiza necesidad de un poco de atención.
Los recetarios heredados.
Y la nada practica ley siempre deseosa de sanción.
La humedad recordándonos los años.
Hubo una música que nos hizo libres una vez
y pagamos el conflicto emocional.
La vida ha girado a estribor.
Hoy, religiosamente,
todo se reduce a ponerse precio con la mirada.
Como vos, yo también soñaba con un hogar
lleno de cosas inútiles y hermosas.

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Gustavo Lupano , más conocido como “EL Rulo”, nació en en un barrio obrero de Neuquén hace 40 años. Publico libritos, fanzines y discos punk desde la adolescencia hasta acá. Es psicólogo social, docente, creador de espacios artísticos inclusivos como Artepidol/DomingoTerciopelo, experiencia que ha contribuido a desmitificar y romper los estereotipos de la locura en el Alto Valle Patagónico. Hace más de 15 años que se dedica trabajar en contextos de miseria: Cárceles, adolescentes judicializados, discapacidad, consumos problemáticos y salud mental; siempre utilizando los lenguajes creativos, para hacer más habitable la locura. Todo eso está presente en sus poesías que hoy comparte en su primer poemario oficial.