Poemas de Alejandro Lastra

Fotografías de Melina Di Prinzio
Domingo a la mañana

El autódromo está lleno
mi papá y yo arriba de nuestro auto
escuchamos el ruido de los motores
rugiendo a lo lejos, en las pistas.
Una hora o más estacionando.
Después manejo un poco por el circuito;
veo otros autos con otras personas, creo
que son como mi papá y yo, aunque a veces
advierto que también hay parejas. Me pone nervioso
manejar en un lugar tan lleno. Aprieto el embrague
pongo primera y arranco. Es domingo
antes del mediodía, estoy contento. En casa
seguro me esperan con algo para comer. Todavía soy joven.
Todavía tengo a mis papas que me enseñan cosas.
Como por ejemplo a estacionar.

Sentimiento de un nene gordo

Barríamos las olas del verano
una tras otra cerca de la orilla
para que no nos ahogáramos
o para no hacer enojar a tu mamá
tomando sol en la playa
un verano que todavía
reverbera en mi recuerdo.
¿Te acordás esa tarde
que encontramos dos palos
tirados en el bosque
y golpeamos aquel árbol
hasta pelar la corteza
y quedó desnudo a la intemperie?
corrimos porque nos asustó
una camioneta de la policía
que pasaba a lo lejos.
A la mañana de aquel mismo día
mi primo salió del mar
yo miré su cuerpo esbelto
por algún regalo de la natura
ese verano me sentí prisionero
de mi propia biología.

Entre los arbustos

Decidimos jugar a las escondidas.
Hace como diez años que no jugamos
a nada. Ni a este juego ni a otro.
Parece un chiste pero ya pasaron diez años.
Algunos se refugian detrás de la parrilla
otros prefieren buscar lugar entre los escombros
de la casa en obra. Algo habrá pasado
durante todo este tiempo. Yo elijo
esconderme entre los arbustos del fondo
de la quinta. De vez en cuando miro hacia el cielo
pienso en esas luces que titilan y todos llaman
“estrellas” pero que otros adornan con el nombre
de alguna persona querida. Antes de que me atrapen
(o de salvarme) elijo con mucho cuidado, una
para cada uno de mis amigos. Parece
un acto de fe: luego me abro camino
hacia el terreno que me delata.

Muchacho

Vi el vídeo de Sandro
bailando al viento sobre el capitán
del delta. La guitarra al aire
rozando el abdomen de su intérprete
a medida que los gritos de los transeúntes
se amotinan sobre las barandas grises del río
y sus pies sonando sobre el silencio
su voz grave que recubre a los mortales
y la certeza de saberse invencible
perdido en la mirada que reposa
sobre la curvatura de su boca.
Sandro está muerto y los transeúntes
probablemente también. Es un chiste verlos
bailando ignorando la muerte
como un mensaje enviado
desde algún futuro remoto.
Si fuera Sandro
no podría estar abatido
sólo agarraría mi guitarra
miraría a la chica rubia
con la certeza
de que por lo menos
el rato que dure la canción
puedo vencer a la muerte.

Crecer

Conozco este lugar
como las huellas de mis manos
no es más que una hebra, ahora,
de cristal rompiéndose
al tocar mi recuerdo.
El sol, de fondo, se apaga
matizando la temperatura del cielo
desde el naranja veteado hasta la noche
esta es la casa donde crecí
un hogar contempló
en su armazón el peso de los años.
Sentado en la oscuridad de la terraza
alcanzo a ver todas esas cosas
que abandoné
cuando fue necesario.

A mis amigos

este mediodía
que nos juntamos a almorzar
me di cuenta, mientras esperábamos
el menú, que estamos creciendo;
hasta se lo dije a uno de ellos
pero pareció ignorarme.
Después fuimos a la plaza
tibia bajo el sol del otoño
mis papás a esta edad ya planificaban
su vida pero yo estoy en una plaza
tomando vino después del mediodía.
Mamá, Papá, perdón. No es fácil cargar
con este asunto de ser hijo único
tampoco lo voy a justificar, simplemente
quiero pasar el rato con mis amigos
reírnos de esas cosas que les importan
a chicos de veinte años. Por eso es que
estoy con ellos, me voy con ellos
a la plaza del barrio a tomar vino.
Y ya sé que todo esto va a terminar
yo también voy a perecer
frente a un espejo
pero la resignación es todavía
un hábito por cultivar. A veces creo
que estos encuentros tocan una fibra
algo sensible en mí. Me gusta pensar
que la felicidad dura el tiempo
de un mediodía de otoño
otras veces toma la forma
de mis amigos.

La ciénaga

Ha llegado el verano. Las hojas
cayeron desde los árboles
y el agua de la pileta, sucia
desde hace años. Aun así,
me sumerjo como si entrara
en el umbral de otro mundo.
Una madre hace lo que puede
aunque la tarde anuncie
en su aridez húmeda
un crujir de vidrios sobre el suelo
y el ritual del vino repetido
en la antigua casa.
Quizás sea yo
quien me vaya con el verano.
Mi destino es, por decir,
un escalón roto, naranjas desparramadas
en la mesa y mi cuerpo inerte, tendido
sobre las baldosas del patio.
Cuando era chico, fui
a donde se aparecía la Virgen
pero no vi nada.

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Alejandro Lastra nació el 6 de junio de 1995. Es estudiante de la carrera de Letras. Le gusta mirar películas y tocar la guitarra. Por las mañanas, trabaja en un colegio secundario como preceptor y profesor de informática. Participó de la antología del “Rayo Verde” 2017.